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Nunca fui tu esposa

Nunca fui tu esposa

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Juego de roles / Riqueza en una noche / Mujer despreciada / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.

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Capítulo 3

Capítulo 3. ¿Ella era la heredera de los Montenegro?

Cuando Camila estaba por subir al auto, Daniel salió detrás de ella con una sonrisa cuidadosamente compuesta.

A esa hora siempre iban juntos a la oficina.

—Pídele a tu asistente que te lleve —dijo ella—. Quedé con el agente inmobiliario. Voy a ver la casa.

—Pero hoy tenemos una reunión importante...

—Hay más compradores interesados. Si no voy, podría perderla. Además, tú siempre dices que el trabajo nunca se acaba y que debo darme mis gustos.

Hablaba con calma y sonreía. Aun así, Daniel sintió una incomodidad que no supo explicar.

—Entonces hoy tampoco iré a la oficina. Te acompaño.

—No hace falta.

Camila se volvió hacia él y le tocó el pecho con un dedo.

—Quiero elegirla sola. Cuando esté lista, te invito a verla.

Sabía que no pretendía acompañarla: quería supervisar la compra. Si lograba poner su propio nombre en la escritura, Beatriz también acabaría beneficiándose de aquella casa.

Daniel le sujetó la muñeca, atraído por aquel gesto juguetón.

—¿Me estás preparando una sorpresa?

—Exacto.

La sonrisa de Camila vaciló. Retiró la mano enseguida.

—Está bien. Como tú quieras.

Él la rodeó por los hombros. Camila no pudo apartarse sin levantar sospechas y soportó el abrazo hasta que la soltó.

Cuando el auto se alejó, Daniel dejó de sonreír.

Camila estaba distinta. ¿O solo eran imaginaciones suyas? Tal vez le daban celos él y Beatriz.

Se aflojó la corbata, irritado consigo mismo.

No tenía sentido darle tantas vueltas. Camila podía ser hermosa, capaz y estar profundamente enamorada de él.

Su única esposa seguiría siendo Beatriz.

Una hora después, Camila contemplaba el distrito financiero desde los ventanales de la casa que quería comprar.

Era un departamento de lujo de más de trescientos metros cuadrados, con acabados elegantes y un sistema automatizado para controlar luces, temperatura y seguridad. La decoración era sencilla y de muy buen gusto.

No era la propiedad más grande del conjunto, pero sí la mejor ubicada. Desde allí se veía el agua y buena parte del distrito financiero. Camila imaginó la vista cuando se encendieran las luces de la ciudad.

—Me quedo con esta. Preparen los documentos. La escritura irá solo a mi nombre.

Podía mudarse de inmediato. Podía salir de aquella casa donde ya no soportaba respirar.

—Por supuesto —respondió el gerente, encantado.

Había pensado que la joven solo iba de visita.

La llevó al salón de atención preferente, pidió que le sirvieran algo de comer y fue a buscar el contrato. Después del pago y la firma, su equipo se ocuparía del resto.

Camila estaba esperando cuando una voz cortó la tranquilidad.

—¿Tú eres la que quiere quitarme mi casa?

Una joven vestida con un conjunto de diseñador avanzó hacia ella. La seguían dos guardaespaldas y otra gerente de ventas.

—¿Me hablas a mí? —preguntó Camila.

—¿A quién más? Yo vi primero la casa A. ¡Esa es la que voy a comprar!

La desconocida se quitó los lentes oscuros y la miró con arrogancia.

—Nadie me dijo que estuviera apartada. Si no dejaste un anticipo y yo pago primero, me corresponde a mí.

Camila se levantó para buscar otro asiento. No tenía ganas de discutir.

La joven dio un par de golpes contra el suelo con el tacón.

—No vine a pedirte permiso. Tengo prioridad. Vas a dejarme la casa, quieras o no.

—¿Prioridad?

La gerente que la acompañaba intervino sin mirar siquiera a Camila.

—Nuestros compradores con mayor patrimonio tienen prioridad. Es la política de esta inmobiliaria. El orden de llegada no importa.

—Vaya regla —murmuró Camila, frunciendo el ceño.

Su gerente regresó en ese momento con una expresión de disculpa.

—Lo siento mucho. La señorita es de la familia Cárdenas. Son los dueños de Juguetes Cárdenas.

Camila reconoció el nombre. Había revisado información sobre las principales empresas de Puerto Claro después de recibir la herencia. Los Cárdenas ocupaban el quinto lugar entre las fortunas de la ciudad.

Eso explicaba la seguridad con que la joven daba órdenes.

—Entiendo que le moleste, pero son nuestras reglas —añadió la otra gerente.

—Me parecen injustas, aunque, si vamos a seguirlas, entonces yo tengo prioridad sobre ella. Voy a comprar esa casa.

Camila se volvió hacia el hombre que la atendía.

—¿Puede continuar con el trámite? Tengo prisa.

La joven y su acompañante la miraron, desconcertadas.

—¿Dice que tiene más dinero que yo? —preguntó la señorita Cárdenas.

La gerente revisó sus registros. Si hubiera llegado alguien con más patrimonio que aquella clienta, les habrían avisado de antemano. Hasta el director habría salido a recibirla.

Camila iba vestida con discreción. ¿Cómo podía pertenecer a una familia más rica?

—Señorita, creo que no me entendió. Estamos hablando de su patrimonio total...

—Entonces verifíquelo.

Camila volvió a entregar su identificación.

El gerente dudó, pero se la llevó para hacer la consulta.

En el salón privado del segundo piso se movió una cortina. Un hombre alto se levantó de su asiento.

La persona que estaba con él recibió su indicación y llamó a un empleado.

—El señor Alcázar dice que no hace falta verificar nada. La joven es la heredera de los Montenegro. Avise abajo.

En Puerto Claro, aquel apellido solo podía referirse a la familia más rica de la ciudad. Pero nadie sabía que los Montenegro tuvieran una hija.

Camila volvió a sentarse.

La gerente perdió la paciencia.

—Deje de darse tanta importancia. Puede que tenga algo de dinero, pero comprar una sola casa aquí ya debe de ser todo lo que puede pagar. No le haga perder más tiempo a la señorita Cárdenas. Si insiste, haré que seguridad la saque.

La señorita Cárdenas la apartó con una mano.

—No. Yo espero. Quiero ver de dónde sale esa supuesta prioridad.

Sonrió con desprecio.

—Pero vamos a dejar algo claro: si resulta que mentiste, vas a pedirme perdón de rodillas. Mi tiempo cuesta.

Tendría poco más de veinte años. Camila la miró como a una niña acostumbrada a salirse siempre con la suya.

—De acuerdo. Y si tengo razón, ¿te arrodillas tú?

—¡Tú...!

Un hombre de traje llegó casi corriendo, secándose el sudor de la frente.

—¡Le ofrecemos una disculpa! Tiene usted toda la prioridad. Lamento muchísimo cómo la hemos tratado.

El gerente que atendía a Camila iba detrás, todavía asombrado. Antes de terminar la consulta le habían avisado que aquella joven poseía más de cien mil millones de pesos y era la hija recién encontrada de Alejandro Montenegro.

Alguien se acercó a la otra gerente y le susurró la noticia.

Las piernas le fallaron. Cayó de rodillas y empezó a disculparse incluso antes de intentar levantarse.

—Perdón, señorita Rivas. No sabía quién era. Por favor, no tome en cuenta lo que dije...

La señorita Cárdenas se quedó sin habla.

¿Los Montenegro? ¿Aquellos Montenegro que podían poner de cabeza las finanzas de toda la ciudad?

—Terminen el trámite, por favor —pidió Camila—. Tengo otras cosas que hacer.

Le sorprendía la rapidez con que habían confirmado su identidad, pero no quiso detenerse a discutir.

Firmó el contrato y el gerente se apresuró a organizar los trámites.

La joven seguía mirándola.

—¿Eres hija de los Montenegro? ¿Por qué nunca te había visto?

Conocía a los integrantes de su generación. A Camila, no.

—¡Esto debe ser una mentira!

Convencida de que todos se habían puesto de acuerdo para engañarla, hizo una seña a sus guardaespaldas.

Antes de que se acercaran, un grupo de hombres de traje negro entró al salón y les cerró el paso.

Al frente iba un hombre de mediana edad, con el cabello entrecano, lentes de montura dorada y guantes blancos. Su aspecto era impecable; sus modales, tranquilos.

—Señorita Cárdenas, ya nos conocemos. Soy Rafael, el administrador de la casa Montenegro.

Camila también se sorprendió. ¿Por qué había ido a buscarla la gente de su padre?

La joven perdió de inmediato toda su arrogancia.

—Rafael... ¿De verdad es hija de los Montenegro?

Sabía que la esposa de Alejandro no había podido tener hijos y que habían adoptado a un varón. ¿De dónde salía ahora una hija biológica?

¿Había nacido fuera del matrimonio?

—Así es. La señorita es hija de don Alejandro y la única heredera de su patrimonio.

Rafael pasó junto a ella y se detuvo frente a Camila. La saludó con una respetuosa inclinación de cabeza.

—Es un honor conocerla, señorita.

Los hombres que lo acompañaban la saludaron también.

Camila no supo qué decir ante aquella solemnidad.

La señorita Cárdenas apretó su bolso e intentó marcharse, pero los guardaespaldas seguían cerrándole el paso.

—Me dijeron que tuvo un problema con esta joven —comentó Rafael, sin volverse—. ¿Desea que lo resolvamos antes de irnos?

La muchacha palideció. Recordó lo de pedir perdón de rodillas. Si aquello se sabía, sería la burla de todos sus conocidos.

Camila tardó unos segundos en contestar.

—Déjelo. Al final no perdí nada.

—Entonces bastará con una disculpa. Así evitaremos un conflicto entre las dos familias.

Rafael sonreía, pero la señorita Cárdenas entendió que no estaba haciéndole una sugerencia.

Tragó saliva.

—Perdón.

Los guardaespaldas se apartaron. Ella salió con el rostro rojo y sus acompañantes detrás.

Con otra señal de Rafael, un empleado se llevó a la gerente de ventas fuera del salón.

Camila iba a decir algo cuando él le indicó la salida con un gesto cortés.

—Nosotros nos ocuparemos de lo que falta. El auto la está esperando.

Ella lo observó. La sorpresa inicial había dejado paso a la cautela.

—¿Y adónde vamos?

Rafael sonrió.

—A casa de los Montenegro, por supuesto.

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