Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.
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Capítulo 11
Capítulo 11. Quiero que ella me pida perdón
Aquella acusación absurda enfureció a Elena incluso más que la bofetada.
Miró a Isabel sin ocultar su rabia.
—¿Está diciendo que puedo ver el futuro? ¿Que sabía que doña Mercedes iba a sufrir hoy esa arritmia en particular y por eso compré el medicamento de antemano?
—¡Exactamente! Si tu abuela murió de esa arritmia, sabes perfectamente que puede desencadenarse con una emoción fuerte. ¡La provocaste a propósito para que le diera un ataque! Luego sacaste el medicamento que ya tenías preparado y la salvaste para cobrarnos el favor y meterte en esta familia. ¡Eres una víbora!
Isabel había dado tal vuelta a la verdad que Elena soltó una risa de pura rabia.
Desde que había conocido a doña Mercedes hasta que la anciana se desplomó, ¡no había conseguido decir ni una frase! ¿Cómo se suponía que la había provocado a propósito?
Antes de que pudiera responder, Isabel se volvió rápidamente hacia Galván.
—Doctor, un medicamento comercial no es igual que una mezcla preparada por cualquiera, ¿verdad?
El médico se ajustó los lentes y respondió con rigor:
—Son cosas completamente distintas. El que se comercializa es un producto industrial estandarizado. Uno desarrollado por una persona por su cuenta... solo podría considerarse un prototipo experimental rudimentario.
—¿Oíste? ¿A quién crees que engañas con ese numerito?
Isabel le tendió la mano.
—Dámela.
—¿Qué cosa?
—¡La otra dosis que llevas en esa caja, por supuesto!
Sin esperar a terminar, le arrancó la mochila del hombro. El cierre se abrió con un tirón áspero.
La puso boca abajo y la sacudió con fuerza.
Todo su contenido cayó al suelo en un estrépito.
Elena solo llevaba algunos objetos sueltos: un diario, un estuche, pañuelos de papel, un frasquito de crema y un paquete de toallas sanitarias sin abrir.
Las cosas quedaron esparcidas por el piso. El paquete fue a caer justo al lado de los zapatos relucientes de Alejandro.
Elena sintió vergüenza y furia a la vez. Cuando vio que Isabel se agachaba para recoger la caja metálica, intentó recuperarla. La mujer la apartó de un empujón brutal.
Elena retrocedió a trompicones. Apenas recuperaba el equilibrio cuando la voz chillona de Isabel le golpeó la cara.
—¿Querías destruir las pruebas? ¡Ni lo sueñes!
—Se está pasando de la raya.
Elena apretó los puños a ambos lados del cuerpo hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¡Si no lo hubiera hecho, ya habrías destruido el medicamento!
Isabel levantó la caja como un general victorioso. Después se la entregó a Galván.
—Se lo encargo, doctor.
Él la recibió y la examinó con cuidado.
—Habrá que analizar la composición. Lo más pronto que podré tener los resultados es mañana por la mañana.
—¿Mañana?
Isabel frunció el ceño. No había esperado tener que aguardar tanto.
—¡Por favor, avísenos en cuanto los tenga!
—Por supuesto.
El médico miró a Alejandro.
—Señor Montenegro, me retiro.
Alejandro asintió apenas. El mayordomo ya se había acercado para acompañarlo.
—Por aquí, doctor.
En cuanto ambos salieron, todas las miradas se clavaron en Elena como sondas heladas.
Todavía no había resultados, pero ellos ya habían dictado sentencia. Asco, burla, desprecio, escarnio. Lo mostraban sin el menor disimulo.
La miraban como si fuera igual que aquel paquete de toallas sanitarias junto a los pies de Alejandro: algo barato, fuera de lugar, demasiado vulgar para exhibirlo en una casa como aquella.
Elena mantuvo el rostro sereno. Los puños le temblaban ligeramente. De rabia, no de miedo.
Enderezó la espalda y sostuvo aquellas miradas. Recorrió uno por uno sus rostros mezquinos.
Ríanse. Desprécienme todo lo que quieran. Ya veremos si mañana, cuando lleguen los resultados, todavía les quedan ganas de reír.
—Se queda aquí hasta que tengamos los resultados.
La voz de Alejandro atrajo de inmediato la atención de todos.
Se volvieron hacia él. Alejandro miraba a Elena.
—Ven conmigo.
Iba a llevársela cuando la anciana lo detuvo.
—Espera.
Doña Mercedes seguía débil, pero no había perdido su autoridad. Miró a su nieto.
—Si los resultados demuestran que mintió, te divorcias de ella de inmediato.
Todos pensaron que Alejandro se negaría. Acababa de mostrarse dispuesto a renunciar a dirigir la familia por Elena.
Contra todo pronóstico, respondió sin vacilar:
—De acuerdo.
Todos se quedaron desconcertados. Elena también.
Mientras fruncía el ceño, intentando entenderlo, él volvió a hablar:
—Si no mintió, seguirá siendo mi esposa legítima y la mujer que te salvó la vida. Entonces nadie tendrá derecho a echarla.
Quienes habían dado por hecho que Elena mentía empezaron a sentir dudas al escucharlo.
Solo Isabel mantuvo su certeza.
—Alejandro, ¿de verdad crees que ella puede desarrollar un medicamento? —se burló.
Él la ignoró. Solo miró a la anciana.
—Abuela, ¿aceptas?
A Isabel se le desencajó el rostro al verse ignorada. Al notar que doña Mercedes vacilaba, se apresuró a intervenir:
—Mamá, acabas de verla. ¡Se vio acorralada e intentó destruir las pruebas! Es imposible que haya desarrollado nada. ¡También tiene engañado a Alejandro!
La seguridad tajante de Isabel disipó las dudas de la anciana.
—¡Está bien! ¡Acepto! —respondió doña Mercedes, alzando la voz.
—Yo tengo algo que decir.
Al oír a Elena, todos mostraron desprecio, como si allí ella no tuviera derecho a abrir la boca.
—¿Qué quieres decir? —preguntó la anciana con frialdad.
—Si el análisis confirma que yo desarrollé ese medicamento, quiero que ella...
Elena levantó la mano y señaló a Isabel.
—¡Me pida perdón delante de todos!