Ethan Ashford tiene veinte años, un tío empeñado en casarlo cuanto antes y una lista interminable de pretendientes ricos, educados… e insoportables.
Para librarse de la presión, se le ocurre una broma: inventar a un prometido imposible de investigar. Un alfa extranjero. Un capitán de la Fuerza Aérea de Corea del Sur. Un tal Kang Min-Jae que jamás podría presentarse en Ravenshire.
Una noche, sin pensarlo, Ethan le escribe una carta. Cuatro páginas de confesiones, quejas y sueños que nunca le ha contado a nadie. Y, por capricho, la envía.
Lo que Ethan no sabe es que, en una base aérea de Seúl, existe un hombre llamado Kang Min-Jae. Que la carta llegó a sus manos. Y que no puede dejar de leerla.
Carta tras carta, entre el humor, la soledad y una sinceridad que no se atreve a mostrar de frente, Ethan se enamora de alguien que cree que no existe. Y Min-Jae, que lleva meses guardando cada sobre en un cajón, se enamora de un desconocido al que no sabe cómo responder.
Hasta que una misión militar lo trae a la ciudad de las cartas, a pocas calles de una florería.
¿Qué pasa cuando el destinatario imaginario resulta ser real? ¿Y cuando la verdad hiere más que cualquier mentira?
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Capítulo 21 — La florería de las cartas
El primer día oficial de la misión comenzó temprano.
Muy temprano.
Kang Min-Jae ya estaba de uniforme cuando el sol empezó a asomar en el horizonte.
El equipo coreano tenía reuniones, presentaciones y entrenamientos programados para casi todo el día.
Era justo el tipo de rutina que normalmente lo ayudaba a mantener la mente enfocada.
Pero no esa vez.
Porque, por primera vez en meses, Ethan Ashford estaba en la misma ciudad que él.
Solo eso bastaba para destruir cualquier intento de concentración.
—Estás mirando por la ventana otra vez.
Ji-Ho apareció a su lado durante el desayuno.
—Estoy observando la ciudad.
—Claro.
—Hablo en serio.
—Yo también.
Min-Jae ignoró la sonrisa burlona de su amigo.
—Tenemos trabajo.
—Tenemos.
—Mucho que hacer.
—Sí.
—No estoy pensando en Ethan.
Ji-Ho casi se atraganta con el café.
—Yo ni siquiera mencioné su nombre.
Silencio.
—Exacto.
Min-Jae cerró los ojos.
A veces era imposible ganar aquella batalla.
Las actividades terminaron recién a media tarde.
Cuando por fin le dieron unas horas libres, Min-Jae decidió caminar por la ciudad.
Solo.
Al menos esa era la intención.
—No.
Ji-Ho apareció a su lado.
—¿Cómo haces eso?
—¿Hago qué?
—Apareces de la nada.
—Es un talento.
—Vete.
—No.
Min-Jae se rindió.
Como siempre.
Las calles de Ravenshire eran exactamente como Ethan las había descrito.
Casas antiguas.
Cafeterías pequeñas.
Tiendas familiares.
Jardines llenos de color.
Era como caminar dentro de las cartas.
Y cada paso lo hacía todo más real.
Más cercano.
Más peligroso.
Porque ahora Ethan dejaba de ser solo una voz en el papel.
Existía.
Ahí.
En algún lugar.
Fue Ji-Ho quien se detuvo de repente.
—Creo que lo encontramos.
El corazón de Min-Jae se disparó.
—¿Qué encontramos?
Ji-Ho señaló hacia el otro lado de la calle.
Un pequeño letrero de madera se mecía con el viento.
Ashford Flores y Jardines.
Por un instante, Min-Jae olvidó cómo respirar.
La florería.
La florería.
Después de tantos meses.
Después de tantas cartas.
Estaba ahí.
Real.
Cruzaron la calle despacio.
A Min-Jae le latía el corazón tan fuerte que estaba seguro de que cualquiera podría oírlo.
El vitrina era hermoso.
Lleno de flores de colores.
Exactamente como Ethan lo había descrito.
Rosas.
Lirios.
Tulipanes.
Lavandas.
Era como entrar en una de sus historias.
Pero había algo más.
Algo que hizo que Min-Jae se detuviera por completo.
Una fotografía.
Pequeña.
Sobre el mostrador.
Mostraba a un joven sonriente que sostenía un enorme florero.
Cabello castaño.
Ojos claros.
Una sonrisa amable.
Min-Jae lo reconoció de inmediato.
Aunque nunca antes había visto una fotografía suya.
Porque aquel solo podía ser Ethan.
—Vaya.
Ji-Ho observó la foto.
—Así que es él.
Min-Jae no respondió.
No podía.
Porque estaba mirando el rostro que había imaginado durante meses.
Ethan parecía...
Real.
Más real que cualquier fantasía.
Más real que cualquier sueño.
Y eso lo asustó.
—¿Capitán?
Una voz femenina interrumpió sus pensamientos.
Una empleada de la tienda se acercó.
Era Clara.
—¿Puedo ayudarlos?
Min-Jae tardó un segundo en responder.
—Solo estamos mirando.
—¿Son turistas?
Ji-Ho respondió antes que él.
—Algo así.
Clara sonrió.
—Si necesitan ayuda, no duden en llamarme.
Volvió a su trabajo.
Sin imaginar quiénes eran aquellos dos hombres.
Ni la historia que los unía al dueño de la florería.
—¿Dónde está Ethan?
Preguntó Ji-Ho en voz baja.
—No sé.
—Tal vez salió.
—Tal vez.
Min-Jae observó el interior de la tienda.
Con una mezcla de alivio y decepción.
Una parte de él quería encontrarlo de inmediato.
Otra no estaba preparada.
Para nada preparada.
En ese mismo instante, Ethan estaba al otro lado de la ciudad.
Arthur lo había enviado a resolver unos asuntos relacionados con la propiedad de la familia.
Una tarea sencilla.
Pero que le había consumido toda la tarde.
—Menos mal que ya terminé.
Murmuró mientras caminaba por la calle.
El viento frío le revolvía el cabello.
Y aquella sensación extraña seguía ahí.
La misma inquietud de los últimos días.
Como si algo estuviera ocurriendo sin que él lo notara.
Cuando por fin regresó a la florería, Clara lo recibió con una sonrisa curiosa.
—Te perdiste unas visitas interesantes.
—¿Interesantes?
—Dos militares extranjeros.
Ethan arqueó una ceja.
—¿Militares?
—Sí.
—¿Y por qué eso es interesante?
—Uno de ellos se quedó mirando tu fotografía.
Ethan casi dejó caer la carpeta que llevaba.
—¿Qué?
—Fue raro.
—Clara.
—Hablo en serio.
—Tal vez estaba mirando las flores.
—No lo parecía.
Ethan sintió un escalofrío inesperado.
Una sensación extraña.
Inexplicable.
Como si una pieza invisible del destino acabara de moverse.
—Estás imaginando cosas.
—Quizá.
Pero Clara no parecía convencida.
Esa noche, mientras Ethan escribía otra carta, Kang Min-Jae observaba la fotografía que había comprado con discreción en la florería.
Una pequeña copia de una imagen promocional de la tienda.
La primera fotografía de Ethan que tenía.
El primer rostro.
La primera sonrisa.
La primera mirada.
Y por primera vez desde que llegó a Britania, se dio cuenta de algo importante.
Encontrar a Ethan ya no sería la parte difícil.
La parte difícil sería encontrar el valor para contarle la verdad.
Porque el hombre de las cartas.
El capitán imaginario.
Por fin estaba a solo unos pasos de distancia.