Serena es obligada a convertirse en la segunda esposa del hombre que la odia, creyéndola la asesina de su hermano. En ese infierno de desprecio y bajo la atenta y furiosa mirada de la esposa por herencia del Alfa—quien ahora tiene que verla todos los días bajo el mismo techo—, el lazo de la luna comienza a arder entre el Alfa y su segunda esposa en contra de su voluntad. Atados por la ley de la sangre y la traición, la verdad está a punto de salir a la luz... y la venganza será implacable.
NovelToon tiene autorización de Dalia Hache para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19
El sonido del cerrojo al abrirse resonó como un trueno en la penumbra del calabozo. Serena dio un paso involuntario hacia atrás, con el corazón latiéndole desbocado contra las costillas, mientras el guardia se apartaba a un lado.
El padre de Serena, al ver la puerta abierta y la presencia imponente del Alfa supremo, se precipitó con torpeza hacia los barrotes de su propia celda, estirando las manos con desesperación.
—¡No se la lleven! —suplicó el anciano con la voz rota, golpeando suavemente el metal—. ¡Máteme a mí si quiere castigar a alguien, pero déjela ir! ¡Ella no hizo nada, se lo ruego!
James ni siquiera giró la vista hacia el padre. Sus fríos ojos dorados estaban clavados exclusivamente en Serena, quien lo observaba con una mezcla de terror y desconcierto, aferrándose al retazo de tela sucia de su vestido marfil.
—Sal —ordenó James con un tono tan bajo, cortante y absoluto que no admitía réplica.
—¿A... a dónde? —balbuceó Serena, con los ojos anegados en lágrimas de pura angustia, negando con la cabeza mientras daba otro paso hacia atrás—. Prefiero morir aquí abajo... No voy a salir a ninguna parte con usted.
—No tienes opción, Serena —replicó James, dando un paso al frente e invadiendo el espacio de la celda.
Antes de que la chica pudiera reaccionar o retroceder más, los dedos firmes y callosos de James se cerraron con fuerza alrededor de su muñeca. La levantó con una facilidad implacable, arrastrándola fuera de la celda fría y húmeda hacia el pasillo de piedra.
—¡Suéltame! ¡Me lastimas! ¡Papá! —gritó Serena desesperada, forcejeando con lo poco que le quedaba de fuerza y estirando una mano hacia atrás en dirección a su padre, quien golpeaba los barrotes de su celda con gritos desgarradores que se ahogaban en el eco del subterráneo.
—¡Llévense al anciano a una habitación en el ala de servicio! —ordenó James al guardia de guardia, sin detener su marcha ni aflojar el agarre sobre la muñeca de Serena—. Y que le den asistencia médica.
—¡No! ¡Déjalo en paz! ¡¿A dónde me llevas?! —seguía suplicando Serena, tropezando con sus propios pies mientras subía a rastras los escalones de piedra, con el vestido ensangrentado y el cabello revuelto pegado a las mejillas por el sudor y las lágrimas.
James no respondió. Su rostro era una máscara de piedra, un muro impenetrable que ocultaba el torbellino oscuro de su venganza. Cruzó los pasillos oscuros del sótano hasta llegar al ala principal de la mansión, ignorando las miradas furtivas de algunos sirvientes que se apartaban a su paso con temor reverente.
La arrastró por las escaleras de mármol, directo hacia los lujosos aposentos privados del Alfa. Al entrar, empujó la pesada puerta de roble y la soltó de golpe, haciendo que Serena cayera de rodillas sobre la fina alfombra persa.
Serena respiraba con dificultad, temblando de pies a cabeza mientras levantaba la vista con los ojos abiertos de par en par por el pánico.
James cerró la puerta con llave, dio media vuelta y se cruzó de brazos frente a ella, mirándola desde arriba con una expresión que helaba la sangre.
—Se acabó el calabozo, Serena —sentenció James con voz gélida y deliberada—. A partir de hoy, este será tu lugar.
Serena lo miró, incrédula, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones.
—¿Qué... qué clase de juego cruel es este? —susurró ella con la voz rota—. ¿Por qué me traes aquí?
—No es ningún juego —respondió James, acercándose lentamente hasta detenerse justo frente a ella, agachándose para sostenerle el mentón con los dedos con una fuerza fría y posesiva—. El consejo exigió una Kuma para asegurar el linaje de los Smith. Y yo he elegido a su asesina para que lleve a mi hijo en las entrañas. Vas a vivir bajo mi mismo techo, vas a ser mi esposa ante la ley de la manada, y vas a dar a luz al heredero que le quitará la vida a tu propia sangre el día que nazca. Disfruta tu nuevo hogar.