Sinopsis: Enamorado de la mejor amiga de mi mamá
Kaleth Giraldo nunca imaginó que terminaría enamorándose de Estefanía Holguín, la mejor amiga de su mamá. Desde que era pequeño, la conocía como tía Estefanía, una mujer especial que siempre había estado presente en su vida. Sin embargo, los años pasaron y sus sentimientos comenzaron a cambiar, convirtiéndose en un amor que jamás pensó experimentar. Ahora, Kaleth tendrá que encontrar el valor para confesarle lo que siente, arriesgándose a cambiar la relación entre sus familias. Estefanía nunca imaginó que aquel niño que la llamaba tía crecería y la miraría con otros ojos. ¿Podrá el amor superar los prejuicios, las dudas y los secretos que amenazan con separarlos para siempre?
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Capítulo 16: «Te amo, mi reina»
Narrado por Kaleth Giraldo
Al otro día me desperté a las siete y media de la mañana. ¡Juepucha, parce, casi me quedo dormido! Tenía educación física y, si llegaba tarde otra vez, el profesor me iba a poner una anotación.
Me levanté de una, me bañé, me cepillé los dientes y me puse el uniforme de educación física. Mientras me arreglaba, no podía dejar de pensar en Estefanía.
La noche anterior nos habíamos acostado peleados y, la verdad, esa vaina me tenía vuelto nada. Yo seguía recordando lo que le había dicho en la cocina: «¡No sos mi mamá!». Qué embarrada, ve. Ella solo se preocupaba por mí y yo le había contestado de la peor manera.
Agarré el morral, revisé que tuviera los cuadernos y bajé las escaleras.
Cuando llegué a la cocina, la encontré preparando el desayuno. Estaba concentrada en lo que hacía y ni siquiera volteó cuando me escuchó llegar.
—Buenos días —murmuré.
—Buenos días, Kaleth —respondió sin mirarme.
Ese tono tan serio me dolió más que cualquier regaño.
Me acerqué despacito y, sin pensarlo demasiado, la abracé por detrás, rodeándole la cintura con los brazos.
Ella se quedó quieta un instante.
—Suéltame, Kaleth.
Cerré los ojos y apoyé la frente suavemente contra su hombro.
—Como quieras, pero podemos hablar.
—Ahora no quiero hablar.
—Porfa, mi reina. No me mandés así al colegio. No quiero que sigamos peleados.
Estefanía dejó lo que tenía en las manos y se apartó de mí. Yo la solté inmediatamente, aunque me dieron ganas de volver a abrazarla.
—¿Y entonces qué querés que hablemos? —preguntó—. ¿De lo mismo de ayer? ¿De cómo te dije que me preocupabas y terminaste gritándome que no era tu mamá?
Agaché la cabeza.
—Sé que la embarré.
—Kaleth, yo no te estoy pidiendo que hagás todo lo que yo diga. Vos tenés tu propia cabeza y podés tomar tus decisiones. Pero no podés hacer algo solo porque tus amigos se burlan de vos.
—Ya sé, Estefi.
—No, mi amor, necesitás entenderlo. ¿Qué va a pasar la próxima vez que Santiago te diga que hagás algo que no querés? ¿Vas a volver a fumar para demostrarle que sos hombre?
—No. Te lo prometo.
Ella suspiró.
—No quiero promesas que después se quedan en palabras. Quiero que aprendás a decir que no, aunque los demás se burlen.
Me acerqué un poquito, manteniendo la distancia para que ella pudiera decidir si quería seguir hablando conmigo.
—Tenés razón, mi reina. Me dio rabia que se burlaran de mí y terminé haciendo una estupidez. Pero eso no es culpa de Santiago. Yo fui el que aceptó fumar.
Estefanía me miró con atención.
—¿Y por qué me gritaste?
—Porque me dio vergüenza reconocer que había hecho algo mal. Me puse a la defensiva y terminé desquitándome con vos, cuando sos la persona que más me apoya.
Se me quebró un poquito la voz.
—Perdóname, Estefi. No debí hablarte así. Vos no tenés la culpa de mis embarradas.
Ella bajó la mirada y se quedó callada unos segundos. Yo no sabía si iba a perdonarme o si todavía necesitaba tiempo.
—A mí también me dolió que me hablaras de esa manera —dijo finalmente—. Yo te amo, Kaleth, pero no quiero que confundás mi preocupación con ganas de controlarte.
—Nunca más, mi reina. Voy a aprender a manejar esas cosas sin desquitarme con vos.
—Eso espero.
Me quedé mirándola, sintiendo que por fin podía respirar un poquito mejor.
—¿Entonces ya no estás brava conmigo? —pregunté con una sonrisita tímida.
Estefanía intentó mantener la seriedad, pero terminó soltando una pequeña risa.
—Ay, vos sí sos mucho, ¿sabés?
—¿Eso es un sí o un no, pues?
—Es un «dejá de preguntar bobadas y vení acá».
No necesité que me lo repitiera. Me acerqué y la abracé con cuidado. Esta vez fue ella quien me rodeó con los brazos y apoyó la cabeza contra mi pecho.
—Perdóname por ponerme tan fría ayer —murmuró—. Necesitaba calmarme.
—No tenés que pedirme perdón por estar dolida, mi amor. Yo fui el que se equivocó.
Nos separamos un poquito para mirarnos. Estefanía me acarició la mejilla y me dio un beso en los labios, suave y cortico.
Yo sonreí como un bobo enamorado.
—Te amo —le dije—. Te amo muchísimo, mi reina.
—Yo también te amo, Kaleth.
Le di otro besito en los labios y la abracé una vez más.
—Bueno, ahora sí desayuná, que vas a llegar tarde al colegio —me dijo, señalando mi morral.
—¡Uy, juepucha! ¡La educación física!
Ella se echó a reír mientras yo agarraba una tostada a la carrera.
—¡Nos vemos después, mi vida!
—¡Y nada de fumar, jovencito!
—¡Nada de fumar, lo prometo!
Salí de la casa con una sonrisa enorme. No porque creyera que todo se arreglaba con un beso, sino porque habíamos hablado, reconocido nuestros errores y decidido tratarnos mejor.
Y mientras caminaba hacia el colegio, pensé que quería aprender a ser un mejor novio para Estefanía, pero también una mejor persona para mí mismo.