La vida despreocupada de fiestas y alcohol del universitario Esteban Anderson da un vuelco total cuando una mañana encuentra una bebé en su porche con una nota de despedida. Tras confirmar por ADN que es su hija y comprobar que la madre nunca volverá, Esteban deja atrás los excesos para criarla solo. Entre trabajos de madrugada, clases universitarias y un amor incondicional, bautiza a la pequeña Isabella y descubre que el propósito más grande de su vida era convertirse en su padre.
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Capitulo 5
El frío del pasillo de la clínica privada me calaba hasta los huesos, aunque traía puesta mi chaqueta más gruesa. Mi papá había tomado el control del asunto esa misma mañana de sábado, obligándonos a subir al coche sin dar tiempo para discusiones. No podíamos llevar a la pequeña a un hospital público para evitar el papeleo infinito o que la policía interfiriera antes de saber la verdad. Roberto llamó a un conocido en un laboratorio privado para pagar un examen de ADN de urgencia, de esos que prometen entregarte el resultado en un par de días si pagas una suma ridículamente alta de dinero.
Aún recuerdo el momento exacto en que la enfermera tomó el hisopo de algodón para frotar el interior de la mejilla de la criatura. La bebé, a quien mi mamá había alimentado a duras penas con una fórmula especial comprada en la farmacia de turno, apenas soltó un gimoteo suave antes de volverse a quedar dormida en sus brazos. Luego fue mi turno. La mujer me miró con una mezcla de lástima y reproche silencioso mientras pasaba el segundo hisopo por mi boca. Yo no fui capaz de sostenerle la mirada. Sentía que en mi frente llevaba dibujada una palabra gigante que decía «irresponsable».
Los tres días siguientes fueron, sin duda alguna, los más largos, oscuros y angustiantes de toda mi vida. El tiempo parecía haberse congelado en una especie de pesadilla en pausa.
No fui a la universidad en todo el inicio de la semana. Mi teléfono no paraba de sonar con mensajes de Lucas invitándome a comer o preguntándome por qué demonios no había ido a clases, pero simplemente fui incapaz de responderle. ¿Qué se supone que debía decirle? ¿«Oye, hermano, no puedo ir porque hay una bebé durmiendo en la cuna de viaje en la sala de mi casa y estoy esperando a saber si arruiné mi vida para siempre»? No, no podía. Apagué el celular y me encerré en mi habitación.
Durante esa espera infinita, mi mente se convirtió en una montaña rusa de emociones contradictorias. Por un lado, el pánico absoluto me devoraba por dentro. Pensaba en mi futuro, o en lo poco que quedaba de él. Pensaba en mis materias reprobadas, en las noches de fiesta con mis amigos que jamás se repetirían, en la libertad que estaba a punto de perder para siempre a los veintidós años. Tenía pavor de pensar en pañales, en llantos de madrugada y en el dinero que no tenía para mantener a un ser humano. Le rogaba al universo, a cualquier fuerza superior, que los resultados salieran negativos. Me repetía a mí mismo que debía ser un error, una confusión estúpida de una chica desesperada que buscaba a quien culpar.
Pero, por otro lado, ocurría algo completamente extraño e inexplicable que me asustaba aún más. Una curiosidad profunda y silenciosa empezaba a nacer dentro de mi pecho.
A mitad de la noche, cuando toda la casa estaba a oscuras y en completo silencio, me levantaba de la cama a regañadientes y bajaba a la sala a pasos de gato. Me acercaba a la pequeña cuna improvisada que mi mamá había preparado junto al sofá y me quedaba de pie, mirando a la bebé durante largos minutos. Observaba cómo se movía su pechito al respirar, la forma en que apretaba sus puños diminutos y esos mechones oscuros de cabello que se le pegaban a la frente. Me descubría a mí mismo buscando algún rasgo mío en su cara pequeña. ¿Tenía la forma de mis pestañas? ¿La boca de mi familia? Esos pensamientos me provocaban un escalofrío helado, pero no podía evitar hacérmelos.
El martes por la tarde, el momento del veredicto final llegó sin previo aviso.
Escuché el motor del auto de mi papá estacionarse en la entrada de la casa. El sonido de la puerta principal al abrirse tuvo un eco seco que me hizo dar un brinco en el sillón de la sala. Mi mamá salió de la cocina secándose las manos con un trapo, con el rostro pálido y la mirada cargada de una tensión insoportable. Mi papá caminó despacio hacia el centro de la habitación, sosteniendo en su mano derecha un sobre blanco de papel grueso, sellado con un adhesivo azul del laboratorio clínico.
Nadie dijo una sola palabra durante varios segundos. El silencio en la sala era tan pesado que el tic-tac del reloj de la pared sonaba como un martillazo en mis oídos.
—Llegó el sobre —dijo mi papá con una voz extrañamente tranquila, dura pero rota por el cansancio—. El doctor me lo entregó en persona hace veinte minutos.
Mi mamá se llevó las manos a la boca, soltando un sollozo ahogado. Yo me puse de pie despacio, sintiendo que las piernas me temblaban tanto que en cualquier momento me iría de cabeza contra el suelo. El corazón me latía a mil por hora, golpeando dentro de mi garganta como si quisiera escaparse de mi cuerpo.
—Abre el sobre, Roberto. Por favor —murmuró mi mamá con los ojos empañados en lágrimas.
Mi papá no dudó. Deslizó el dedo por el borde superior del paquete de papel, rompiendo el sello de seguridad con un ruido rasgado que me hizo cerrar los ojos por un segundo de puro pánico. Sacó una hoja de papel membretada, llena de tablas con términos médicos complejos, números porcentuales y sellos oficiales que no entendíamos a simple vista. Desplegó la hoja y bajó la mirada para leer el último párrafo, el que contenía la conclusión definitiva del examen.
Los segundos en los que mi papá leyó esa página se sintieron como horas enteras. Vi cómo sus párpados temblaban ligeramente y cómo la mandíbula se le apretaba con una fuerza increíble. Levantó la mirada muy despacio y me fijó los ojos, con una mezcla de tristeza absoluta y resignación moral.
—Es tu hija, Esteban —dijo mi papá con un hilo de voz que resonó en cada rincón de la sala—. La probabilidad de paternidad es del 99.9%. El examen es totalmente positivo.
La hoja de papel quedó temblando entre sus dedos. Mi mamá soltó un llanto desgarrador, cubriéndose la cara con ambas manos mientras se dejaba caer sobre el sofá.
Yo me quedé congelado en el centro de la sala, como si una descarga eléctrica de mil voltios me hubiera atravesado el cuerpo de pies a cabeza. El aire se me escapó de los pulmones por completo. El 99.9%. Ya no había dudas. Ya no había teorías consoladoras, ni margen de error, ni escapatorias milagrosas. No había a quién echarle la culpa ni cómo dar marcha atrás en el tiempo. Aquella pequeña criatura inocente que dormía plácidamente en la habitación de al lado llevaba mi propia sangre corriendo por sus venas. Producto de una noche vacía de fiesta, alcohol y descuidos, ahora dependía completamente de mí.
Miré a mis padres, cuyos rostros envejecidos por el impacto me devolvían la realidad más dura que jamás me había tocado enfrentar. Tragué saliva con mucha dificultad, sintiendo que un peso enorme y aplastante se posaba sobre mis hombros de veintidós años. Estaba aterrorizado, confundido y completamente roto por dentro. Pero mientras los llantos de mi mamá llenaban la habitación, una verdad helada y categórica se clavó en mi mente para no irse jamás: Esteban Anderson ya no era solo un chico irresponsable; a partir de ese mismísimo segundo, era padre.