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Deseada por mi esposo y su enemigo

Deseada por mi esposo y su enemigo

Status: Terminada
Genre:Poli amor / Triángulo amoroso / Romance oscuro / Harén Inverso / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:121
Nilai: 5
nombre de autor: Bella



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Capítulo 13

Capítulo 13: La habitación 1208

Volvió a la mansión ese mismo día, con el peso del beso a cuestas, decidida a comportarse, a fingir que nada, a ser la esposa que se suponía que debía ser.

Iba subiendo la escalera de mármol hacia el segundo piso cuando oyó voces detrás de la puerta entornada del estudio. Una era la de Sebastián, grave y contenida. La otra, quebrada, llorosa, era de Bárbara Quintana.

—...la transición del petróleo a la energía, las políticas de importación cambian de un día para otro, tú lo sabes mejor que nadie. —Un sollozo mal contenido—. Ese contrato de cientos de millones era mío, Sebastián. Lo tenía cerrado. Y Osorio me lo arrebató de las manos. Si de verdad no sientes nada por mí, dime, ¿por qué me resolviste el problema con Osorio? ¿Por qué encima metiste dinero en la empresa de su esposa?

Jenny se quedó clavada en el pasillo, con la mano en el barandal frío.

—Y esa empresa —siguió Bárbara, la voz hecha trizas—, la de la esposa de Osorio... es la competencia directa del estudio de tu mujer. La rival del Estudio Ocote, Sebastián. ¿Lo sabías, o no te importó?

El corazón de Jenny se detuvo un segundo entero. Sin darse tiempo de pensar, empujó la puerta y entró.

Sebastián levantó la vista desde el sillón. No hubo sorpresa en su cara. No hubo culpa. No hubo nada. Solo la miró, con esos ojos gélidos que ella conocía tan bien, y dijo una sola palabra, plana, sin inflexión:

—Sal.

A Jenny se le heló la sangre en las venas. Ni una explicación. Ni un gesto de acercarse. Ni siquiera la molestia de mentir. Solo "sal", como se despacha a la servidumbre.

Se dio la vuelta y salió. De la habitación, de la casa, de todo. Alcanzó a ver, de reojo, la cara descompuesta de Bárbara, y en otro momento le habría dado lástima; ahora solo sentía un frío que le subía por la espalda. No era el contrato, no era la empresa rival, no era siquiera la subdirectora llorándole a su marido en su propia casa. Era el "sal". Era que a Sebastián, después de dos años de matrimonio, no se le ocurriera darle ni media palabra.

Yo pensaba que a lo mejor le importaba tantito, se dijo bajando la escalera. Aunque fuera tantito. Qué tonta.

No lloró. Manejó sin rumbo por la ciudad, con las manos apretadas al volante y las luces de Reforma corriéndole por el parabrisas. Pasó cerca de la casa de los Fonseca —la de su padre, la de Marlene y Damián— y bajó la velocidad. Por la ventana se veía la luz de la sala prendida, la sombra de alguien moviéndose adentro. Pudo tocar. Pudo decir que la dejaran quedarse una noche. Pero se quedó con el coche parado a media cuadra, con el motor encendido, mirando esa casa que nunca, en toda su vida, había sentido suya. Ahí adentro estaban su padre, que solo la buscaba cuando necesitaba dinero, y Marlene, que le medía cada bocado, y Damián, el consentido. Volvería a ser la hija venida a menos que estorbaba. No, ahí tampoco.

Metió reversa y se fue. Le marcó a Ximena. Buzón. Le marcó otra vez. Nada, seguro andaba en el mercado sin señal, o dormida.

No tengo a dónde ir, pensó, con una lucidez fría que dolía más que cualquier llanto. Estoy casada, tengo familia, tengo amiga, y no tengo a dónde ir.

Terminó reservando una suite en el Hotel Amara, con la tarjeta adicional que Sebastián le había dado el año pasado. La 1208. Compró a lo grande en las boutiques del lobby —bolsas, ropa que no necesitaba—, intentando tapar con gastos el hueco del pecho. Y decidió, apretando los dientes: no vuelvo a esa casa hasta que Sebastián se digne a explicarme. Y si resulta que de verdad no me quiere, pues que nos divorciemos de una buena vez y se acabó.

La suite 1208 era enorme y silenciosa, con vista a las luces de la ciudad, y esa noche Jenny se durmió sobre la colcha sin desvestirse, esperando a medias que sonara el teléfono. No sonó.

Extendió la estancia dos días de más. Dos días encerrada, pidiendo servicio a la habitación y esperando que la puerta se abriera sola. De Sebastián, ni una señal. Ni un mensaje, ni una llamada, ni un asistente mandado a buscarla, ni siquiera un reclamo por el cargo de la tarjeta. Silencio absoluto. Y cada hora de ese silencio era una respuesta más clara que cualquier palabra.

En cambio, Lucas no se despegaba. Desde el beso en el bar, era como chicle en la suela: mensajes en la mañana, en la tarde, en la noche. ¿Ya comiste, Jenny? ¿Descansaste bien, reina? Piensa en mí, aunque sea tantito. Aquí me lastimaste, ¿ya se te olvidó? A veces una foto de una taza de café. A veces solo un "buenos días" con un corazón. Constante, tibio, insistente, justo en el hueco que el otro dejaba vacío.

La segunda noche, sin nadie a quien reclamarle y sin nadie que la reclamara, Jenny bajó al bar del hotel a ahogar la pena. Se había arreglado por costumbre o por rabia, aunque no tuviera a quién gustarle. Bebió sola, encaramada en un banco de la barra, un trago tras otro, mientras el cantinero le lanzaba miraditas de reojo y le rellenaba el vaso sin preguntar, con esa discreción entrenada de los hoteles caros.

Tres años, pensaba, dándole vueltas al hielo. Tres años durmiendo sola en una cama del tamaño de una cancha, esperando a un hombre que llegaba de madrugada y se iba antes del amanecer. Tres años de "señora Alcántara" para afuera y de nada para adentro. ¿Y para esto me casé? ¿Para que me diga "sal" en mi propia casa? En la mesa de al lado, dos mujeres platicaban sin bajar la voz, con la confianza del que ya lleva varias copas.

—...te lo juro, amiga: si un hombre no te busca, es que no le importas. Así de fácil y así de feo.

—Ya sé. Ya lo sé. Pero es que...

—Nada de "pero". Y te digo la neta —remató la otra, dándole un trago largo a su copa—: la forma más rápida de superar a un hombre es entrarle al siguiente. Ese chavito que me contaste, el que te anda mandando mensajitos... márcale. Que te haga sentir viva otra vez. Uno no se cura sola.

A la Jenny borracha, esas palabras le cayeron como un conjuro murmurado justo al oído. Como si el universo entero hablara por la boca de dos desconocidas.

Ni Sebastián me prohíbe nada, pensó, con la lengua pastosa y los ojos ardiendo de alcohol y de rabia. Nadie me quiere en esa casa. Nadie vino por mí. ¿Por qué me limito yo solita, como una tonta?

Sacó el celular de la bolsa. Buscó, entre la niebla, el chat de Lucas. Con el pulgar torpe le mandó la ubicación del hotel. Y luego, apretando el botón del micrófono, con la voz enronquecida por el tequila y por algo que se parecía peligrosamente al despecho, grabó un audio:

—Mi cuarto es el 1208. Ven, chavito. Ven a hacerme feliz.

Le dio enviar antes de que le volviera el juicio. Y en la pantalla apareció, imparable, la palomita azul del mensaje entregado.

Por un segundo, apenas uno, algo dentro de ella se sobresaltó, como si acabara de empujar una piedra por una cuesta que ya no podría subir. Pero el tequila era más fuerte que el remordimiento, y el hueco del pecho más grande que el miedo. Se acabó el trago de un jalón, dejó un billete sobre la barra y subió al elevador, hacia la 1208, a esperar al chavito.

Tres pisos más arriba, el celular seguía en su mano. Los tres puntitos aparecieron. Lucas estaba escribiendo.

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