Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.
Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:
—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.
Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.
Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:
—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!
¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.
Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.
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Capítulo 9
Capítulo 9: Cirugía y un anillo viejo
Después se acordaría de esa noche en pedazos.
La puerta arrancada. Maximiliano cruzando el cuarto en dos zancadas. El primer golpe que tiró a Damián contra la mesa, y el segundo, y los que siguieron, hasta que Ulises tuvo que sujetarlo del brazo para que no lo matara ahí mismo. Su saco, que olía a él, cayéndole sobre los hombros. Y a Bruno, que había vuelto a recoger su "pago" y se encontró con otra escena, lo recordaba arrastrado del cuello hasta la sala, blanco de miedo, mientras Maximiliano le decía cosas en voz muy baja que le borraron la sonrisa para muchos meses.
Cuando llegó la patrulla, ella estaba sentada en un sillón, envuelta en ese saco enorme, temblando, y él estaba de pie a su lado sin tocarla, como un perro de guardia que no se mueve aunque pase la noche entera.
En la delegación dio su declaración con la voz pareja, sílaba por sílaba, mientras un agente tecleaba. Damián Conde y Bruno Salazar quedaron detenidos esa madrugada: secuestro, tentativa de abuso, y, para Bruno, una lista que apenas empezaba. Cuando por fin la dejaron salir, ya amanecía y a Valentina no le respondían las piernas.
Hizo el intento de caminar al coche por su cuenta. La pierna mala le falló al segundo paso.
Maximiliano la levantó en brazos sin pedir permiso, un brazo bajo las rodillas y otro en la espalda, como si no pesara nada.
—Bájame. La gente nos ve —protestó ella, rígida.
—Que vean. —No la bajó. La llevó así hasta el coche, despacio, y la depositó en el asiento con un cuidado que desmentía toda su cara de hielo—. La próxima vez que te citen a una casa sola, úsame el cerebro que Dios te dio. O úsame a mí. Para algo sirvo.
Valentina no contestó. Tenía la garganta demasiado cerrada.
Esa misma mañana, en el hospital, buscó al doctor Solís.
—La oferta —dijo, todavía con la ropa del día anterior—. La de operarme la pierna. ¿Sigue en pie?
Gael la miró por encima de los lentes de vidrio plano.
—Sigue.
—Quiero hacerla. Ya. —Tragó saliva—. Pero necesito que alguien cuide a mi hija mientras estoy en recuperación. No tengo a nadie que…
—Sí tienes. —Camila apareció en el pasillo con Dulce de la mano y los ojos hinchados de haber pasado la noche en vela esperando noticias—. Me tienes a mí, comadre, y ni se te ocurra discutirlo. La Dulce se queda en mi casa el tiempo que haga falta. Tú opérate esa pierna de una vez. Ya estuvo bueno de cojear por la vida.
Y así, sin más vueltas, Valentina firmó los papeles.
La cirugía fue esa tarde. Gael resultó ser todo lo que sus manos prometían: la osteotomía salió limpia, sin complicaciones, y cuando Valentina despertó en el cuarto, mareada y con la pierna inmovilizada, lo primero que pensó fue que en unos meses iba a poder subir una escalera sin contar los escalones.
Lo segundo que vio, al girar la cabeza, fue a Maximiliano, de pie junto a la ventana.
—¿Qué hace aquí? —murmuró, con la lengua todavía pastosa por la anestesia.
—Vine por algo mío. —Él se acercó a la cama, con las manos en los bolsillos, fingiendo un fastidio que no tenía—. Hace cinco años te di un anillo. De plata. Una baratija de Oaxaca. —La miró a los ojos—. Lo quiero de vuelta. Era de mi familia.
Era mentira y los dos lo sabían. Esa baratija no era de su familia; se la había comprado él mismo, con sus propios ahorros de estudiante, en un puesto de un mercado, y se lo había puesto en el dedo bajo la lluvia. Pero venir a "reclamar un anillo" era la única excusa que un hombre como él se permitía para entrar a un cuarto de hospital a verificar, con sus propios ojos, que ella seguía respirando.
—No lo tengo aquí —mintió Valentina a su vez, llevándose la mano, sin querer, al cuello, donde el anillo colgaba de la cadena, bajo la bata.
Maximiliano siguió el gesto con la mirada. No dijo nada. Pero algo se le suavizó en la cara antes de volver a cerrarse.
—Te quedas internada hasta que Solís diga —ordenó, ya de salida—. Y no te muevas. Pago yo.
Se fue antes de que ella pudiera protestar.
Un rato después llegó Camila con Dulce. La niña entró corriendo, frenó en seco al ver a su mamá acostada con la pierna entablillada, y se le aguaron los ojos.
—¿Te duele, mami? —Se trepó a la cama con muchísimo cuidado, como si su madre fuera de vidrio, y le puso encima el conejo de peluche—. Te presto a mi conejito para que te cuide. Y no te muevas, ¿eh? La tía Cami dice que cuando a uno lo operan tiene que estar quietecito.
—No me duele casi nada, mi amor. —Valentina le acomodó el fleco, conmovida—. Y con tu conejito cuidándome, me voy a curar rapidísimo. En unos meses voy a poder correr contigo en el parque. Sin cojear.
—¿De veras? —Dulce abrió mucho los ojos—. ¿Y jugamos a las carreras?
—A las carreras.
La niña se acomodó contra su costado, satisfecha, y se puso a contarle, con lujo de detalle, todo lo que había comido en casa de la tía Cami y cómo los conejos de verdad de una vecina tenían las orejas más largas que Pelusa.
Camila, en cambio, se había quedado de pie junto a la puerta por la que Maximiliano acababa de desaparecer, sin oír una palabra del recuento de su ahijada.
Camila miró a Dulce. Miró la puerta. Miró a Dulce otra vez.
La forma de la frente. El gesto que hacía la niña cuando se concentraba, frunciendo las cejas igualito, exactamente igualito que el hombre que acababa de salir. La barbilla. Hasta esa manera de ladear la cabeza.
A Camila se le fue el color de la cara. Buscó los ojos de Valentina por encima de la cabeza de Dulce, y, sin emitir sonido, moviendo solo los labios para que la niña no la oyera ni le viera la boca de frente, le dijo:
"¡Es de él!"
Valentina sintió que el corazón se le caía hasta el suelo. Sacudió la cabeza, rápido, suplicante, y se llevó un dedo a los labios.
—Mi amor —le dijo a Dulce con toda la calma que pudo fingir—, ¿por qué no vas tantito con la enfermera del pasillo y le pides una paleta de las que dan? Dile que tu mamá te dio permiso.
Dulce se bajó de la cama feliz con la encomienda. En cuanto la puerta se cerró tras ella, Camila se acercó a la cama, blanca, con la voz hecha un hilo.
—Comadre. Esa niña es idéntica a ese hombre. ¿Desde cuándo? ¿Él lo sabe? —Se llevó las manos a la boca—. Ay, Valentina, ¿en qué estás metida?
—Cami. —Valentina le agarró la muñeca con una fuerza que no sabía que le quedaba—. Júrame que de tu boca no sale. Júramelo. No aquí, no ahorita, no nunca, hasta que yo te diga. La vida de mi hija depende de eso. ¿Me entiendes?
Camila la miró largo rato. Después asintió, despacio.
Pero ya tenía esa cara. La cara de quien acaba de entender algo enorme y no va a poder olvidarlo nunca.
di la verdad de una y ya....