El destino comete errores, y unir al Alfa de la manada con una simple humana es el más grande de todos. Mientras la manada exige una líder fuerte para la guerra y Alexander intenta marcarme como suya, yo me niego a ser el trofeo de un rey lobo. No tengo garras, no tengo instinto y no voy a pedir perdón por ser débil ante sus ojos. Soy humana, no una Luna. Pero para conservar mi libertad, primero tendré que sobrevivir a la pasión destructiva de un Alfa que no piensa dejarme ir.
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo XI La fuerza del vínculo
Punto de vista de Alexander
A través del enlace mental que Elena estableció conmigo, me enteré de que Sabrina había ido a la clínica a encarar a mi Amelia. Le exigí a Marcus que condujera lo más rápido posible: la mujer que el consejo pretendía imponerme como pareja estaba a punto de atacar a mi verdadera Luna. Sin embargo, al llegar, la temple de Amelia me dejó sin aliento. No le tuvo el menor miedo a una cambiaformas que amenazaba con destruirla, y ver su firmeza me llenó de un orgullo indescriptible.
Puse a Sabrina en su lugar de inmediato, aunque me invadió una profunda inquietud cuando ella gritó que era mi prometida. Vi el rostro de Amelia desencajarse antes de abandonar la sala con una mirada cargada de decepción.
Una vez que me quedé a solas con Sabrina, le dejé las cosas claras sin miramientos.
—Tú no perteneces a esta manada —le advertí con voz helada—. Por lo tanto, no tienes el más mínimo derecho a tratar mal a ninguno de sus miembros, y eso incluye a Amelia.
—¡Soy tu prometida! —chilló indignada.
—No. Tú no eres nada mío —sentencié—. La ley me otorga plazo hasta la próxima luna llena para encontrar a mi mate. Estoy seguro de que la encontraré, y cuando eso pase, tendrás que regresar con los tuyos.
Sin darle tiempo de responder, salí de la clínica a paso firme. Necesitaba aclarar este asunto con mi compañera. Ella era la única mujer que deseaba y no iba a permitir que una loba resentida arruinara mis planes.
Llegué a la vivienda de los omegas. El aroma exquisito a vainilla y jazmín de mi pareja flotaba en el aire del segundo piso. Aprovechando que los hermanos dormían, volví a colarme por la ventana de su habitación. Amelia estaba recostada con los ojos cerrados, pero la acelerada frecuencia de su respiración delataba que solo fingía dormir.
—Sé que estás despierta —susurré cerca de su oído, haciendo que abriera los ojos de golpe.
—Por favor, sal de mi habitación —pidió en un murmullo suplicante.
—No me iré hasta que hablemos —aseguré con absoluta determinación.
Amelia se incorporó en la cama con evidente fastidio.
—Di lo que viniste a decir y vete.
Tenía todo el derecho de estar molesta. La había arrancado de su vida para traerla a un mundo desconocido, pero ahora que la tenía a mi lado, no pensaba dejarla ir.
—Sabrina no es mi prometida —fui directo al grano para eliminar cualquier duda—. Y si depende de mí, jamás lo será.
—Ella dijo...
—A ella le encanta proclamarse la futura Luna, pero eso no va a pasar —la interrumpí con suavidad—. La tradición exige que si un Alfa llega a los treinta años sin hallar a su compañera sagrada, debe elegir a otra mujer para asegurar la línea de mando, rompiendo el lazo con su verdadera mitad. Ese no es mi caso, Amelia. Yo ya encontré a mi reina.
—¡Valiente reina! —exclamó con la voz cortada, conteniéndose para no llorar—. Alexander, mírame: solo soy una humana. No tengo nada de especial.
—Te vi desde el primer segundo en que entraste a esa sala a salvarme —dije, acortando la distancia—. Para mí no eres una simple mortal. Eres la mujer que amo y por la que estoy dispuesto a pelear contra quien sea.
—Todos en tu manada esperan a una guerrera que te dé fuerza en la batalla, no a una carga —murmuró bajando la mirada.
—Te prohíbo que vuelvas a llamarte carga —ordené con firmeza, tomándola delicadamente del rostro—. Eres mi pareja destinada. Si la diosa Luna lo dispuso así, nadie en este mundo tiene el derecho de cuestionarlo.
—¡Ahi está! —reclamó encarándome—. Lo que sientes no es real, solo estás dominado por ese vínculo mágico. Te apuesto a que si esa conexión no existiera, ni siquiera voltearías a mirarme.
—Te equivocas —aseguré con la voz rasgada por la intensidad de la bestia en mi interior—. Nuestras almas se reconocieron desde el principio.
Sin darle espacio a dudar, la atraje hacia mí rodeando su cintura con fuerza, cuidando de no lastimarla.
—Eres mi mate, mi compañera predestinada y mi única Luna.
Rozé mis labios contra los suyos. En cuanto la piel de nuestras bocas se tocó, la fuerza del vínculo desató una descarga eléctrica que me recorrió el cuerpo entero. Supe que ella sentía exactamente lo mismo al notar cómo se estremecía entre mis brazos. Estaba a punto de profundizar el beso cuando la puerta de la habitación se abrió de par en par.
Elena se quedó petrificada en el umbral, llevándose las manos a la boca por el impacto de la escena.
aunque los lobos una vez encuentran a su pareja son fieles inclusive mueren con ellas
Alexander solo te está protegiendo y el te ha reconocido como su pareja su mate su luna su destinada ,eres tu quien lo desprecia en vez de usar tu inteligencia y asimilar todo esto