Los malentendido de mantener un amor oculto, los fantasmas de un rey que no sabe expresar amor y una segunda op0rtunodad que Anastacia no desperdiciaría
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El Guante Blanco y las Sombras del Norte
Al finalizar la semana, la corte de Veloria celebró un banquete de gala en honor a la llegada de los embajadores de las provincias occidentales. El gran salón resplandecía con miles de velas, música de arpas y cortesanos luciendo sus mejores galas de terciopelo y pieles.
En el estrado real, Anastasia y Nataniel presidían la velada. Anastasia vestía un diseño impecable de seda verde esmeralda con bordados dorados que realzaban la calidez de su tez, mientras Nataniel lucía la túnica militar azul noche con las insignias reales sobre el pecho.
A diferencia del banquete de bodas de la vida pasada, donde el rey permanecía rígido y mudo como un bloque de hielo, esta noche Nataniel conversaba con su esposa de manera fluida, inclinándose constantemente para compartir comentarios privados que hacían sonreír a Anastasia. La complicidad y el afecto evidente entre los monarcas enviaban una señal contundente a todos los señores feudales presentes: la casa real de Veloria estaba más unida y sólida que nunca.
Sin embargo, durante la mitad de la velada, el Lord del Feudo del Norte, un noble influyente llamado Barón Rodric —aliado del Duque Vane—, se aproximó al estrado sosteniendo una copa de plata.
—Majestad —dijo el Barón con una reverencia exagerada, dirigiendo su mirada hacia Anastasia con una cortesía ensayada—. Felicitamos la paz que este matrimonio ha traído a nuestras fronteras. Sin embargo, en los salones de la aristocracia norteña existe cierta inquietud sobre las recientes concesiones hechas a los nobles del sur, como la asignación del conde Óscar en los archivos reales. Muchos consideran que los secretos tácticos del norte deberían permanecer únicamente en manos de hombres nacidos en nuestras cordilleras.
La música del salón pareció perder fuerza en las mesas cercanas. Varios condes detuvieron sus conversaciones para escuchar la respuesta. Era un desafío sutil pero directo a la autoridad de la reina y a la gestión del monarca.
En la vida pasada, un comentario de esa naturaleza habría desencadenado un ataque de celos e ira en Nataniel, quien habría sospechado de inmediato de la lealtad de Anastasia y Óscar.
Esta vez, Nataniel ni siquiera parpadeó. Dejó su copa de oro sobre la mesa con un golpe seco y firme que resonó en el estrado. Su mirada se fijó en el Barón Rodric con una intensidad aplastante.
—El conde Óscar ha sido nombrado por decreto real bajo mi propia firma y con la plena confianza de la corona —declaró Nataniel con una voz grave que se extendió por todo el salón, acallando de golpe los murmullos de los cortesanos—. Quien cuestiona las decisiones de mi reina en la administración del palacio, cuestiona mi propio juicio como rey. ¿Acaso estáis sugiriendo, Barón Rodric, que este consejo requiere vuestra aprobación para disponer de sus propios archivos?
El Barón sintió un sudor frío recorrerle la nuca al ver el destello de rabia contenida en los ojos del monarca.
—¡De ninguna manera, majestad! —se apresuró a responder el noble, inclinando la cabeza torpemente—. Solo expresaba las preocupaciones de los feudos...
—Las preocupaciones de los feudos deben centrarse en el pago de los tributos de invierno y la guardia de las fronteras —intervino Anastasia con voz dulce, serena y majestuosa, tomando suavemente la mano de Nataniel sobre la mesa—. La corona de Veloria vela por la seguridad de todas las provincias por igual, Barón. Podéis asegurar a los señores del norte que los archivos están resguardados bajo la supervisión directa del comandante Bruno y la lealtad inquebrantable de la casa real.
Nataniel miró a su esposa con un destello de orgullo inmenso en los ojos, apretando sus dedos con afecto. La respuesta firme de Anastasia, combinada con el respaldo devastador del rey, dejó al noble sin argumentos.
—Comprendido, mi reina —murmuró el Barón, retirándose a toda prisa hacia las mesas traseras.
La corte presenció en silencio la demostración de poder de los reyes. Anastasia había logrado no solo defender a su amigo y consolidar la paz, sino también enseñarle a Nataniel que la verdadera fuerza de un monarca no reside en la paranoia o el aislamiento, sino en la confianza ciega y la unión indestructible con la mujer que ama.
Sin embargo, en los rincones oscuros del palacio, las sombras del descontento nobiliario comenzaban a moverse. Anastasia sabía que las verdaderas pruebas para proteger su reino y asegurar la felicidad de todos apenas estaban por comenzar.