A los cuarenta, Regina Ávalos descubre dos verdades en el mismo día: ella nunca fue estéril y su marido lleva años engañándola.
Después de trece años sosteniendo su empresa, cuidando a su familia y soportando que la culpen por no darles un heredero, Regina firma el divorcio, recupera su fortuna y se promete una cosa: jamás volverá a vivir para complacer a nadie.
Entonces aparece Leonardo Mendívil.
Es el heredero más codiciado de México, diez años menor que ella, su nuevo vecino y el hombre que lleva trece cumpleaños enviándole gardenias en secreto. Leo no quiere una esposa dócil ni una mujer decorativa. La quiere a ella: madura, libre, peligrosa y dueña de cada cicatriz que otro hombre no supo mirar.
Y cuando Regina decide abrirle la puerta, descubre que el joven magnate no ama a medias… ni deja un deseo sin cumplir.
Pero empezar de nuevo tiene un precio. Su ex quiere recuperar lo que perdió, una red criminal amenaza el negocio que Regina levantó con sus propias manos y la poderosa familia de Leo exige una boda que ella no piensa aceptar.
Entre escándalos, traiciones y una maternidad elegida bajo sus propias reglas, Regina tendrá que decidir si puede entregarle el corazón a un hombre sin volver a entregar su libertad.
Porque a los cuarenta no está acabada.
A los cuarenta apenas comienza.
Y el hombre diez años menor que ella está dispuesto a demostrarle que una reina no tiene edad, pero sí merece a alguien que sepa adorarla.
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Capítulo 14
Devuélveme todo
El comisario nos metió a todos a una sala a "arreglar el asunto por las buenas", y en esa sala se juntó, sin que nadie lo planeara, el reparto completo de mi nueva vida.
Leo se sentó frente a Mauricio y no le quitó los ojos de encima. Mauricio le sostuvo la mirada sin inmutarse, con las manos cruzadas sobre la mesa, tranquilo como quien está en su terreno. Dos hombres midiéndose en silencio, y yo en medio, sin haberlo pedido, con una punzada de incomodidad en la nuca.
Patricio, mientras tanto, se había arrodillado frente a Jimena y le examinaba el labio con una delicadeza que contradecía su cara de piedra.
—¿Vas a presentar cargos o no? —le preguntó, seco—. Decide. No pienso pasarme la tarde aquí por tu berrinche.
—No fue berrinche, fue justicia poética —contestó ella, apartándole la mano—. Y no, no presento nada. Que firme el divorcio y se acabó.
—Entonces te aguantas y nos vamos. —Pero se quedó un segundo más de lo necesario revisándole la ceja, y en ese segundo entendí que lo de "mi esposa" era verdad y era complicado, y que ya me lo contaría ella con calma y una botella de vino de por medio.
Del otro lado de la mesa, Gustavo despotricaba con Yésica colgada del brazo. Ella, oliendo cámaras y drama, insistía a grititos en que "esa mujer tiene que entrar a la cárcel, mírale la cara a mi Gustavo". Patricio, sin levantar la voz, le clavó una sola mirada —una de esas que no necesitan palabra— y Yésica se calló de golpe, como niña regañada.
Fue viéndonos a todos, uno por uno, que a Gustavo se le fue cayendo la prepotencia de la cara. Vio al comisario tratando a Leo con deferencia. Vio a Patricio Terán, cuyo apellido salía en las páginas de negocios. Vio a un oficial de los Navarrete. Y entendió, por fin, que se había metido a golpes con gente que jugaba en otra liga, y que ninguna de esa gente estaba de su lado.
—Firmo —dijo de pronto, tragándose el orgullo entero—. La conciliación, el divorcio, lo que sea. Firmo y me voy.
Firmó todo en diez minutos, sin regatear, él que llevaba semanas rebotando papeles. Se levantó, jaló a Yésica, y salió sin mirarme. Pero ella sí me miró. Y no me miró a mí: miró por encima de mi hombro, a Leo, a Patricio, a esos hombres de traje caro y modales de dinero viejo, con unos ojos que se le encendieron de una idea nueva y peligrosa. Ya me daría cuenta, tiempo después, de todo lo que empezó a maquinar Yésica en ese instante. Esa tarde solo vi que se fue mordiéndose el labio y volteando, como quien apunta una dirección para volver.
Cuando por fin nos dejaron salir, Mauricio me alcanzó en el pasillo. Traía un sobrecito en la mano.
—Para su amiga, y para el raspón de anoche. —Sacó unos parches de gel, de los de golpes, y con una naturalidad de vecino me puso uno en el codo, donde el asalto me había dejado la piel abierta—. Desinflaman. Cámbieselo mañana.
—Gracias, Mauricio. —Me salió el nombre solo, sin el "oficial", y él lo notó y sonrió.
Y al enderezarse, sin que yo lo esperara, alzó apenas la ceja hacia Leo, que nos observaba desde el fondo del pasillo con la mandíbula tiesa. No dijo nada. No hacía falta. Fue una provocación limpia, de gallo a gallo, y Leo la recibió con una quietud que era peor que cualquier respuesta.
—
—Yo la llevo. —Leo me alcanzó en el estacionamiento y, antes de que yo sacara mis llaves, me las quitó de la mano con un movimiento suave y descarado—. Usted no está para manejar.
—Sé manejar perfectamente, joven Mendívil.
—Yo también. —Ya estaba abriéndome la puerta del copiloto de mi propio coche—. Suba.
Manejó él, mi coche, mis llaves, con una comodidad que me habría dado risa si no viniera tan callado. A media avenida soltó, como al descuido, mirando el semáforo:
—¿Conoce bien a ese Navarrete?
—Es mi vecino. Bueno, del edificio. —No tenía nada que esconder, así que le conté todo, punto por punto—: Es sobrino de un muchacho que me ayudó con la mudanza. Es policía. Y anoche, cuando ese hombre me atacó en la calle, él fue quien llegó, quien lo detuvo, quien me llevó a denunciar. Le debo no haber pasado algo mucho peor. Por eso lo trato bien. Es un buen hombre.
Leo no dijo nada. Pero los nudillos se le fueron poniendo blancos sobre el volante, uno por uno, y el semáforo cambió a verde y él no arrancó hasta que le tocaron el claxon atrás. Cuando por fin aceleró, su cara se había cerrado como un puño.
—
En la puerta de mi departamento, antes de que se despidiera, lo hice esperar.
—Aguárdeme un segundo. —Entré, saqué del clóset la caja del vestido largo, el negro, doblado con papel de seda, y encima el estuche del collar de diamantes. Salí y se los puse en las manos, los dos, con toda la calma del mundo—. Tenga. Se lo devuelvo. El vestido y el collar.
Se quedó viendo la caja como si le hubiera puesto encima un animal muerto.
—¿Por qué?
—Porque no son míos. Usted dijo que el collar era prestado; ya cumplió su función, se lo devuelvo limpio. Y el vestido, gracias, pero yo me compro mi ropa. —Y ahí, sin maldad, con la mejor de las intenciones, le solté el consejo de vieja que a mí me habría servido veinte años atrás—: Y mire, se lo digo con cariño, de alguien que ya vivió: no le regale cosas caras a una mujer, joven Mendívil. Menos joyas. Se malinterpreta. La mujer piensa cosas que no son, o peor, piensa que usted quiere algo a cambio. Un muchacho como usted, con su futuro, tiene que cuidar esas señales. Guárdelo para cuando de verdad haya alguien.
Cada palabra le pegó en un lugar distinto. Lo vi. Vi cómo se le apagaba algo con cada frase, cómo bajaba la vista al collar entre sus manos, cómo abría la boca para decir algo y la volvía a cerrar. Pero yo, tonta de mí, lo tomé por incomodidad de muchacho regañado, y me sentí hasta buena maestra.
—Que descanse. Y gracias por traerme. —Le apreté el brazo, maternal, fatal—. Es usted un buen vecino.
Cerré la puerta.
Adentro, el departamento estaba tibio y mío. Me quité los zapatos, puse a calentar lo que quedaba del caldo, y sin darme cuenta empecé a tararear una canción vieja, una de esas que no cantaba desde niña, contenta de la vida por primera vez en mucho tiempo: la casa vendida, el divorcio firmado, la amiga que me defendió, el peligro atrás. Libre. Entera. Tarareando en mi cocina.
Fue hasta un buen rato después, cuando fui a echar el cerrojo, que caí en la cuenta.
No había oído la puerta de enfrente. Ni sus pasos alejándose por el pasillo. Nada. Pegué el oído a la madera, con la canción muriéndoseme en los labios.
Del otro lado, en el pasillo, no había ningún ruido. Solo un silencio espeso, cargado, el silencio de alguien que sigue ahí parado, sin moverse, con una caja y un collar en las manos, oyéndome cantar.