Natalia tiene 25 años y es la exitosa CEO de un prestigioso bufete de abogados en Londres. Sin embargo, su imperio de cristal esconde un pasado oscuro: huyó de Zúrich para escapar de un matrimonio forzado impuesto por su multimillonario y arcaico padre. Cuando el patriarca la localiza y le lanza un ultimátum económico para arrastrarla de vuelta a Suiza, Natalia y su mejor amiga diseñan una solución desesperada: contratar a un marido de alquiler para blindarse legalmente.
Lo que Natalia no imagina es que el candidato enviado en secreto por su hermano es Óscar Alexander Sterling, su primer amor de la adolescencia. Nueve años de separación lo han transformado de un chico desgarbado con gafas en un imponente, musculado y sofisticado ingeniero naval. Ella no lo reconoce, y él decide ocultar su identidad para protegerla. Encerrados en una convivencia forzada dentro de un ático de una sola habitación, la pasión y los roces domésticos no tardarán en estallar.
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CAPITULO 24. DEJA VU BAJO LA LLUVIA
La primera semana de convivencia forzada con Alexander fue un ejercicio de alta tensión psicológica. A pesar de las estrictas normas que había impuesto en la barra americana, la presencia de aquel hombre en mi ático de Chelsea alteraba por completo la atmósfera de mi hogar. Alexander era de una disciplina militar: se despertaba antes de mi alarma, usaba el cuarto de baño exactamente a las seis y media dejando todo impecablemente recogido, y pasaba las tardes trabajando con su ordenador portátil en un extremo del salón, respetando mi espacio con un silencio sepulcral.
Dormir en la misma cama king-size era lo más complicado. Aunque el colchón era inmenso y cada uno se mantenía estrictamente en su mitad, yo pasaba las noches en vilo, consciente de la respiración pausada y profunda de ese hombre enorme a escasos centímetros de mí. A través de las cortinas, sabía que los hombres de mi padre seguían vigilando el edificio desde un coche negro con matrícula extranjera. Estábamos atrapados en una farsa perfecta.
El cambio llegó un jueves por la noche. Salí del bufete pasadas las nueve, agotada tras una dura negociación con un cliente internacional. Londres me recibió con una tormenta implacable. El viento soplaba con fuerza, rompiendo los paraguas de los peatones, y una lluvia torrencial me empapó los zapatos de tacón y el abrigo antes de que pudiera subir al taxi. Cuando el ascensor privado me dejó en mi vestíbulo, venía tiritando, con las manos entorpecidas por el frío y un humor de perros.
Dejé el bolso sobre la consola y entré al salón cruzándome de brazos para retener el calor. Alexander estaba allí. Se había quitado la chaqueta del traje y llevaba una camiseta negra de algodón que marcaba la envergadura de sus hombros y sus brazos atléticos. Al verme entrar en ese estado, cerró su ordenador de golpe y se puso de pie con paso decidido.
—Estás congelada, Natalia —dijo con esa voz grave y varonil que siempre me erizaba la piel.
—El clima de Londres hoy es insoportable —respondí, con los dientes castañeteando levemente mientras me acercaba a la barra americana—. Solo quiero darme una ducha caliente y meterme en la cama.
—Espera —pidió él, rodeando la barra con total naturalidad.
Antes de que pudiera protestar o dar un paso atrás para mantener mi distancia de seguridad, Alexander me tomó suavemente por las muñecas. Sus manos, largas y firmes, estaban increíblemente cálidas. Con una delicadeza extrema que contrastaba con su imponente físico, levantó mis manos entorpecidas por el frío. Se inclinó sutilmente hacia mí, acortando la distancia hasta que pude oler su perfume a madera y lluvia, y sopló con suavidad sobre mis palmas abiertas, enviando una ráfaga de aire caliente que me descongeló la piel.
Un vuelco salvaje, violento y doloroso me sacudió el estómago. El corazón me dio un latigazo contra las costillas tan fuerte que estuve a punto de perder el equilibrio. Aquel gesto. Aquel aire cálido chocando contra mis raspones...
Cerré los ojos con fuerza por un momento, arrastrada por un déjà vu arrollador que me devolvió de golpe a una tarde lluviosa de Zúrich, nueve años atrás, en la zona de los casilleros del instituto. Me vi a mí misma con catorce años, llorando con las rodillas rotas, mientras un chico desgarbado con sudaderas gigantes y gafas gruesas soplaba exactamente de la misma manera sobre mis manos heridas antes de curarme.
Abrí los ojos de golpe, con la respiración entrecortada, y miré fijamente a Alexander. Lo miré como si intentara atravesar su rostro con la mirada. Busqué desesperadamente un rastro del chaval de las gafas en sus ojos oscuros, pero frente a mí solo estaba este ingeniero espectacular, de estatura imponente y cuerpo de infarto, sin un solo defecto físico. Era imposible. El paso del tiempo cambia a las personas, sí, pero Alexander era un hombre sofisticado de mundo, no mi tierno y desaparecido Óscar.
Alexander, al notar la intensidad de mi mirada y el temblor de mi cuerpo, se dio cuenta de que casi había roto su cobertura. Mantuvo una calma de acero, aunque por dentro la ilusión de ver cómo su gesto despertaba mis recuerdos le hacía vibrar el alma. Soltó mis manos despacio, dando un sutil paso hacia atrás para restablecer la distancia.
—Lo siento —pidió con una voz suave, carraspeando levemente—. En los astilleros de Zúrich hacemos eso cuando trabajamos con el metal frío en invierno. Es una costumbre. Ve a darte esa ducha. Yo te prepararé un café negro con una pizca de canela para que entres en calor.
Me quedé inmóvil junto a la barra, asimilando sus últimas palabras. Café negro con una pizca de canela. Ese era mi café favorito, el mismo que compartía en termos en la biblioteca de la universidad, un detalle que jamás le había mencionado a Alexander en toda la semana.
Caminé hacia el cuarto de baño como un autómata, sintiendo que las leyes de mi fortaleza de cristal empezaban a agrietarse de forma definitiva. Me metí bajo el agua caliente, pero el vapor no logró borrar la confusión que me nublaba la mente. Al salir del baño, envuelta en mi albornoz, encontré la taza de café humeante sobre la barra americana. Alexander ya se había retirado a la zona del ventanal de la piscina interior, dándome la espalda mientras contemplaba el agua turquesa en silencio.
Me senté en el taburete y tomé un sorbo. El sabor exacto de la canela me acarició la garganta. Miré su silueta imponente recortada contra el reflejo del agua y me llevé los dedos al cuello, tocando la llave de plata oculta bajo mi ropa. Una sospecha difusa, loca y obsesiva comenzó a anidar en el rincón más profundo de mi mente de abogada. Alexander afirmaba ser el socio de mi hermano, un extraño que venía a salvarme por un contrato de alquiler. Pero en mitad de ese ático de lujo de Chelsea, rodeada de farsa y espías, mi corazón acababa de reconocer un latido del pasado que creía muerto. El nido del fénix ya no era un lugar seguro; el misterio de mi marido de alquiler acababa de empezar a obsesionarme.
Felicidades autora que sigan los éxitos!!! ☺️