Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?
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Capítulo 11
Capítulo 11
El día de pago me llegó un depósito que no esperaba.
Estaba en el cajero de la esquina de Vértice. Consulté el saldo, volví a leerlo y pedí el comprobante mientras una mujer esperaba detrás de mí. Además de mi sueldo había otro abono: «Honorarios proyecto A/C».
Había entregado el informe del C y el avance del A. Nadie me había hablado de un pago aparte.
Le escribí a Julián para preguntar si se habían equivocado. Contestó que no: el ingeniero lo había autorizado. Pedí el desglose, guardé el recibo y entré al comedor con el impulso de llamar a mi madre. Después pensé en los rumores y dejé el teléfono dentro de la bolsa.
Karla estaba contando lo que había oído sobre los bonos de los directores. Le sorprendían las cifras; a mí me sorprendía haber recibido dinero por una parte de mi trabajo que ya daba por incluida en el sueldo. No sabía cuánto agradecer ni cuánto desconfiar. Odié que Damián hubiera conseguido meter esa duda incluso en algo que yo había hecho bien.
Esa tarde me quedé dormida unos minutos en el escritorio. Desperté con un saco sobre los hombros. Reconocí el olor antes de mirar la manga y, al levantar la cabeza, encontré a Julián recogiendo unos documentos.
—¿Esto...?
Señaló la oficina de Damián. Él seguía hablando por teléfono, de espaldas a la puerta.
Doblé el saco y lo dejé en la silla para devolvérselo. Durante el resto de la tarde lo tuve a mi lado, recordándome una pregunta que no tenía nada que ver con el depósito.
El viernes terminé tarde. El piso estaba casi vacío cuando Damián se detuvo junto a mi escritorio.
—La llevo. Hablamos de lo del pago.
—Julián me dijo que era correcto.
—Lo es. Hay otra cosa.
En el asiento del copiloto había un ramo de rosas rojas. Miré hacia atrás buscando dónde ponerlo, pero el asiento trasero estaba ocupado por una caja y dos portafolios.
—Son para usted —dijo.
Me senté con las flores en las piernas. Llevaba años sin recibir un ramo y me molestó que la primera emoción fuera alegría, breve y poco prudente, antes de preguntarme qué quería.
Él me ofreció un dulce de café de la guantera.
—No ha comido desde mediodía.
—¿Ahora también lleva la cuenta de eso?
No respondió. Abrí el envoltorio y esperé a que empezara.
—El depósito es por los proyectos. Está separado de lo que voy a proponerle.
—¿Qué va a proponerme?
Se detuvo en una calle lateral y apagó el motor.
—Hay un rumor nuevo en la oficina. Usted, yo, un hotel.
—No fuimos a ningún hotel.
—Lo sé. Mi familia ya lo oyó. Mi madre va a insistir con las citas hasta que encuentre a alguien que le guste, y el abuelo quiere verme casado este año.
Sacó un sobre del compartimento de la puerta. Dentro había un convenio impreso.
—Un año, Renata. Nos casamos por el civil, con separación de bienes. Mi familia deja de organizarme la vida y usted entra a estrategia. Con un puesto real, sueldo y proyectos a su cargo.
Pensé que había entendido mal. Miré la primera hoja. Ahí estaban nuestros nombres.
—¿Casarnos?
—Al cumplir el año, solicitamos el divorcio. Sin reclamarnos nada fuera de lo acordado. Puede revisarlo con quien quiera antes de decidir.
Pasé una página. Había apartado de bienes, de convivencia, de gastos. También estaba la propuesta laboral que yo le había pedido en su oficina y que hasta entonces se había negado a concretar.
—¿Y por qué yo?
Se quedó mirando el volante. Cuando volvió hacia mí, ya tenía esa expresión de estar explicando algo sencillo a quien se empeñaba en complicarlo.
—Porque la conozco. Porque ya nos han visto juntos. Y porque sigue siendo la única mujer con la que he estado.
Dejé de mover las hojas.
—No tiene que decir eso para convencerme.
—No se lo estoy diciendo para convencerla.
Quise preguntarle por los seis años. Por todas las cosas que yo había supuesto mientras él estaba lejos. No lo hice; si preguntaba, tendría que explicarle por qué me importaba.
Volví al convenio. El sueldo de estrategia alcanzaba para ayudar en casa, ponerse al corriente con el local y ahorrar. El puesto me daría la experiencia que no había podido conseguir con mis títulos. Vi con una claridad vergonzosa la clase de futuro que estaba comprando con aquella firma.
—Ese ascenso debería depender de mi trabajo.
—Los resultados van a depender de usted. Nadie se los va a hacer.
—Pero la oportunidad depende de que me case.
No discutió. Casi habría preferido que intentara disfrazarlo.
Las rosas crujieron contra el papel cuando acomodé el convenio. Un ramo para una propuesta que yo no podía contarle a mi madre. Si ella me hubiera visto desde la banqueta, habría pensado que estaba viviendo una noche feliz.
—¿Aquí no entra ningún sentimiento suyo? —pregunté.
Damián me sostuvo la mirada.
—Usted tiene miedo de enamorarse de mí. Yo tengo miedo de enamorarme de usted. Nos conviene dejarlo por escrito.
No supe qué parte decía en serio. Él arrancó antes de que pudiera decidir si iba a preguntárselo.
—Piénselo —añadió—. Voy a seguir preguntando hasta que me dé la respuesta que quiero.
—¿Y si es no?
Su sonrisa no llegó a formarse.
—Entonces me lo dice.
Lo miré de perfil. No parecía contento con su propia respuesta.
Me dejó frente a mi edificio. Bajé con las rosas y el sobre, incapaz de devolver una cosa sin que pareciera que estaba rechazando las dos. Arrancó en cuanto cerré la puerta.
En el descanso de la escalera tuve que detenerme. Había imaginado muchas veces lo que sentiría si él volviera a buscarme. Nunca había pensado en un documento con condiciones de trabajo. Me sequé dos lágrimas antes de subir: no quería que mi madre tuviera que preguntar por las flores y por mi cara al mismo tiempo.
—¿Y eso, Nata?
—Una florería estaba cerrando. Las iban a tirar.
Lucía apartó un plato de la mesa para poner el jarrón. La vi acomodar el ramo y casi le dije la verdad. En cambio, me fui a bañar.
Llamé a Fabiola después, encerrada en el baño, con el convenio sobre las rodillas. Le conté la propuesta, el sueldo, el año. No le dije cuánto me había importado que él asegurara no haber estado con nadie más.
—O sea, te pide que te cases con él, te lleva rosas y te lo presenta como una vacante —resumió.
—No tiene gracia.
—Poquita sí. —Dejó de sonreír cuando me vio la cara—. ¿Tú quieres?
—Quiero trabajar en lo que estudié.
—Eso ya lo sé. Te estoy preguntando lo otro.
Bajé la vista al papel.
—Me da miedo querer.
Fabiola no hizo un chiste. Me pidió que leyera todo, que no firmara por cansancio y que pensara qué haría al terminar el año.
Cuando colgamos, volví a la primera página. Hasta entonces había estado buscando dónde podía salir mal. Esta vez empecé a buscar las condiciones que tendría que cambiar para poder decir que sí.