Divierte
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El pastel sorpresa
El sol se colaba suave entre las hojas de los cafetales aquella mañana, cuando en la cocina de la casa de Don Pancracio reinaba un silencio lleno de emoción. Hoy era el cumpleaños de Don Pancracio, y dos mujeres se afanaban en secreto junto a la gran mesa de madera: Doña Candelaria, su esposa desde hacía treinta años, de ojos dulces, cabello recogido con esmero y un corazón tan grande que se le salía por los poros; y Doña Loli, su vecina más querida, de manos rápidas y risa pronta, que vivía pegada a su casa como si fueran hermanas de toda la vida su vesina antigua que tuvieron una pelea fuerte por don pancracio pero ubo una reconciliacion y volvieron hacer amigas.
—Ay, Candelaria, treinta años llevándole el paso a ese hombre —decía Doña Loli mientras apartaba el cabello de la cara con el dorso de la mano—. ¡Y todavía lo quieres como el primer día!
—Más, Loli, mucho más —respondió Doña Candelaria, revolviendo un tazón de harina con una sonrisa tierna—. Pancracio es un desastre, lo sé. Se le caen las llaves, confunde los días, planta las cosas al revés... pero tiene un corazón de oro. Y hoy cumple años, así que quiero prepararle su pastel favorito: el de naranja, con almíbar y un poquito de canela. Tal como lo hacía su madre.
—¡Pues manos a la obra! —exclamó Doña Loli, frotándose las manos—. Yo te ayudo. Seguro que entre las dos nos queda tan bonito que se le caerá la mandíbula al verlo. ¡Y lo mejor es que él no sospecha nada! Se fue temprano a la tienda por tabaco y dijo que tardaría un buen rato. ¡Tenemos tiempo de sobra!
Así que las dos amigas se pusieron a trabajar con alegría. Doña Candelaria vertía la leche, batía los huevos con cuidado y medía el azúcar con paciencia, siguiendo paso a paso la receta que guardaba en una hoja amarilla y arrugada entre las páginas de su vieja biblia. Doña Loli, por su parte, se encargaba de traer los ingredientes, vigilar el horno y, de vez en cuando, echar un chorrito de "alegría" —un poquito más de esencia de naranja— para que el pastel quedara más sabroso.
—Mira, Candelaria, aquí dice: dos tazas de azúcar —decía Doña Loli, leyendo por encima de su hombro—. Y una pizca de sal. ¡Cuidado con eso, que si se te va la mano sabe a mar!
—No te preocupes, Loli, que yo sé lo que hago —decía Doña Candelaria, concentrada—. Llevo treinta años cocinándole a Pancracio. Sé exactamente cuánto le gusta cada cosa.
Mientras tanto, a pocos metros de allí, Don Pancracio caminaba de regreso a casa silbando una melodía desafinada. Al llegar a la puerta, se detuvo y frunció el ceño. Había algo raro: las cortinas estaban corridas, se escuchaba murmullo de voces y un olor delicioso a naranja y canela flotaba en el aire.
—¿Qué tramarán estas dos? —se preguntó, curioso como siempre—. Seguro que algo para mí. ¡Ah, claro! Hoy es mi cumpleaños. Qué buenas son... se han puesto de acuerdo para hacerme una sorpresa. ¡Pero yo les voy a dar una sorpresa a ellas! Entraré calladito y las veré trabajando. ¡A ver si aprendo algo!
Así que, muy despacito, abrió la puerta trasera y se coló en la cocina como un gordo sigiloso, escondiéndose detrás de una alta estantería de ollas. Desde allí, sin que lo vieran, observaba todo con ojos brillantes de emoción.
—Falta ponerle el almíbar —decía Doña Candelaria, señalando la mesa—. Y la canela encima, justo antes de que se enfríe.
—Déjame a mí, que yo lo hago bien parejo —dijo Doña Loli tomando el frasco—. Tú vigila que no se queme, que el horno está muy fuerte.
Y fue justo en ese momento cuando ocurrió lo que tenía que ocurrir. Don Pancracio, queriendo asomarse mejor para ver la receta, tropezó con un cubo de trapos, soltó un ¡ay! y salió de su escondite como un resorte.
—¡Feliz cumpleaños a mí! —gritó con los brazos abiertos, lleno de alegría.
Las dos mujeres dieron un salto del susto. Doña Candelaria soltó la cuchara; Doña Loli, que sostenía el frasco de canela y el de azúcar a la vez, se sobresaltó tanto que los cambió de mano sin darse cuenta. Y así, sin querer, vertió sobre el pastel recién salido del horno una generosa capa de azúcar donde debía ir la canela... y toda la canela encima del azúcar. Es decir, exactamente al revés.
—¡Pancracio! —exclamó Doña Candelaria llevándose una mano al pecho—. ¡Qué susto nos has dado! ¡Se suponía que no debías llegar todavía!
—No me pude resistir, mi vida —dijo él acercándose con una sonrisa de oreja a oreja y abrazándola—. Sabía que algo preparaban. ¡Qué buena pinta tiene ese pastel! Huele a cielo. ¡Gracias, Loli, gracias por ayudarla!
—De nada, hombre, de nada —respondió Doña Loli, un poco apenada y mirando de reojo el pastel—. Espero que te guste...
—¡Seguro que sí! —afirmó él, tomando el cuchillo—. ¡Y para no hacerlas esperar, lo pruebo yo mismo ahora mismo!
Antes de que pudieran detenerlo, Don Pancracio cortó una buena rebanada, la miró con admiración, se la acercó a los labios y le dio un mordisco grande y decidido.
Y entonces... su cara cambió.
Primero abrió mucho los ojos. Luego frunció el ceño. Masticó una vez, dos veces... y de repente se quedó congelado, con la boca llena, sin saber si tragar o escupir. Tenía la lengua cubierta de canela en polvo, que le picaba y se le metía por todas partes, mientras el azúcar, puesta donde debía ir la especia, se había quedado entera, dura y crujiente, formando una costra dulce y pegajosa que nada tenía que ver con la receta.
—¿Pancracio? ¿Te pasa algo? —preguntó Doña Candelaria, poniéndose nerviosa.
Don Pancracio tragó con esfuerzo, tosió un poquito, se llevó una servilleta a la boca y miró a las dos mujeres que lo miraban con cara de preocupación. Vio los ojos tiernos de su esposa, que había pasado la mañana entera preparándolo con amor, y vio la cara apenada de Doña Loli, que se mordía los labios esperando el veredicto.
Y entonces, sonrió.
—¡Ufff! —exclamó sacudiendo la cabeza—. ¡Está... está... intenso! Sí, eso es. ¡Muy intenso!
—¿Intenso? —repitió Doña Loli—. ¿Estará muy cargado de canela?
—No, no, para nada —dijo él rápidamente, tomando aire para que no se le notara el picor en la garganta—. Es... es una receta con carácter. ¡Así me gusta a mí! Con personalidad. Mira, incluso tiene crujiente. ¡Originalísimo!
Doña Candelaria lo miró con ojos entrecerrados. Conocía a su esposo desde hacía treinta años. Sabía cuándo mentía. Y sabía, sobre todo, que él estaba mintiendo por no lastimarlas.
—Pancracio... —dijo ella acercándose y tomando un poquito del pastel con el dedo—. ¡Ay Dios mío! ¡Loli, cambiamos el azúcar por la canela! ¡Está todo al revés!
Doña Loli se acercó corriendo, probó un poquito y soltó una carcajada tan fuerte que tuvo que agarrarse a la mesa.
—¡Ay, qué torpe soy! ¡Se me cruzaron las manos cuando él apareció de repente! ¡Perdóname, Candelaria! ¡Perdón, Pancracio! ¡Qué desastre!
—¡No digas eso! —dijo Don Pancracio, tomando otro trozo—. Esto es una innovación. ¡Una creación nuestra! El pastel "sorpresa invertida". ¡Y me lo voy a comer todo! Porque está hecho con las dos mujeres que más quiero en el mundo. Eso le da un sabor que ninguna receta puede explicar.
Y diciendo eso, se llevó otro trozo a la boca, tosiendo disimuladamente, pero sonriendo de verdad. Doña Candelaria lo miró con los ojos llenos de lágrimas de ternura y le acarició la mejilla.
—Treinta años, Pancracio... treinta años y sigues siendo el hombre más bueno del mundo. Aunque te comas un pastel de canela pura sin quejarte.
—Bueno... sí que pica un poquitito —admitió él, haciendo una mueca—. Pero con un vaso de leche fría se pasa. ¡Vamos! Sentémonos las tres. Que lo importante no es cómo sabe el pastel... sino quién lo preparó.
Así que se sentaron juntos a la mesa. Don Pancracio comió su pastel "invertido" trago tras trago, bebiendo mucha leche entre bocado y bocado, tosiendo de vez en cuando y diciendo que era "exótico". Doña Candelaria y Doña Loli se reían a carcajadas, entre disculpas y caricias. Y mientras él terminaba su porción con una cara que ya no sabía si era de alegría o de picor, dijo con voz solemne:
—Señoras... este es el mejor cumpleaños de mi vida. Porque el pastel no salió como decía la receta... ¡pero salió tal como salen todas las cosas en esta casa! ¡Al revés! ¡Y así me encanta!
Y desde ese día, en San Pancracio del Valle, el pastel de naranja con canela se le conoce cariñosamente como "El pastel de Don Pancracio": hecho al revés, un poco desordenado, pero lleno de amor hasta el último grano de azúcar.