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Cinco años después, el magnate me quiere de vuelta

Cinco años después, el magnate me quiere de vuelta

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Maltrato Emocional / Embarazo no planeado / Malentendidos / Dejar escapar al amor / Enfermizo / Completas
Popularitas:181.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Galaxy

Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.

Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:

—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.

Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.

Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:

—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!

¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.

Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.

NovelToon tiene autorización de Galaxy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5

Capítulo 5: El audífono

El médico que se sentó frente a ella en el consultorio tenía bata blanca, lentes de armazón grueso y unas canas en las sienes que no le cuadraban con la cara.

—Doctor Solís —se presentó, tendiéndole la mano con una calma de hombre de sesenta años—. Ortopedia y rehabilitación. Vi sus radiografías de archivo, señora. La fractura del tobillo derecho consolidó mal. Por eso la cojera.

—Eso ya lo sé —dijo Valentina, cansada—. Me lo han dicho otros.

—Lo que esos otros no le dijeron —Gael Solís juntó las manos sobre el escritorio— es que tiene corrección quirúrgica. Una osteotomía, unos meses de rehabilitación. Y vuelve a caminar derecho. —Hizo una pausa, dejándola digerir—. Yo se la puedo hacer.

Por un segundo el corazón de Valentina dio un salto que no se permitía desde hacía años. Caminar derecho. Subir una escalera sin medir cada escalón. No volver a oír la palabra "coja".

Después la realidad la alcanzó, como siempre.

—¿Y mientras estoy operada y en rehabilitación, quién cuida a mi hija? —Negó con la cabeza, recogiendo el alma de vuelta a su sitio—. Le agradezco, doctor. De verdad. Pero no puedo. No ahorita.

Gael la miró un momento por encima de los lentes que no necesitaba.

—Piénselo —dijo solamente—. La oferta no caduca.

Gael Solís la vio salir y se quitó los lentes, que eran de vidrio plano. Las canas de las sienes eran un tinte que se aplicaba él mismo cada quince días. Lo que Valentina no sabía era que el doctor Solís tenía treinta y un años, no sesenta, una mano que era la envidia de tres hospitales, y un viejo amigo de la universidad que le había hecho una llamada muy específica dos días atrás. "Hay una enfermera. Cojea. Quiero que se la arregles. Y no le digas que voy de mi parte." Gael había aceptado, como aceptaba siempre las locuras de ese amigo, con un suspiro y una factura por adelantado.

Esa tarde Dulce se quedó con ella en el hospital. No había de otra; Camila trabajaba y el Colegio cerraba temprano. La sentó en una silla del pasillo de urgencias con su cuaderno de dibujo y la instrucción de no moverse, y se metió a pasar medicamentos prometiéndose echarle un ojo cada cinco minutos.

A los diez minutos, cuando volvió a asomarse, Maximiliano Argüello estaba de pie frente a la silla de la niña.

—Conque tú eres la famosa hija —dijo él, mirándola desde arriba con las manos en los bolsillos—. La que va a estorbarle a tu mamá toda la vida.

Dulce levantó la cara del cuaderno. No se arredró ni tantito.

—¿Por qué le dice cosas feas a mi mamá? —contestó, muy digna—. Mi mamá trabaja mucho. Le pica venitas a la gente y no se queja. Usted nada más fuma, dice groserías y huele feo. —Entrecerró los ojos, muy seria—. Mi mamá dice que la gente educada no le grita a las señoras. Yo creo que el grosero es usted.

A Maximiliano se le escapó algo que no fue del todo una risa.

—Tienes la lengua larga, niña.

—Me llamo Dulce. —Se bajó de la silla de un brinco para encararlo mejor, ofendida en toda su estatura de cinco años—. No "niña".

Y al brincar, el zapato se le enganchó en la pata de la silla. Dulce se fue de bruces contra el piso.

Maximiliano se agachó antes de pensarlo. La levantó por las axilas, le revisó las rodillas, le apartó el pelo de la cara para ver si se había pegado en la frente.

Y se quedó helado.

Detrás de la oreja izquierda de la niña, medio escondido entre el pelo, había un audífono color durazno.

Maximiliano conocía esos aparatos. Sabía lo que significaban. Se quedó en cuclillas, con la mano todavía en el pelo de la niña, mirando ese pequeño objeto como si le hubieran vaciado encima un cubo de agua fría. La niña de la lengua larga, la que le acababa de leer la cartilla con cinco años, no oía bien. No oía casi nada.

—Dulce. —Valentina llegó casi corriendo, cojeando, y la separó de él con una mano firme—. ¿Estás bien? ¿Te pegaste?

—Estoy bien, mami. Me caí solita. —Dulce se sobó la rodilla—. El señor grosero me levantó.

Valentina alzó la vista hacia Maximiliano, todavía agachado, todavía con esa cara que ella no le había visto nunca. Él miraba a la niña, después la miró a ella, y abrió la boca.

Maximiliano se incorporó despacio. Para un hombre que firmaba cheques con seis ceros sin parpadear, había algo insoportable en ese aparatito de plástico color durazno, en lo barato que era, en lo poco que alcanzaba. Pensó, sin querer pensarlo, en cuántas guardias dobles costaba. En una mujer cojeando entre camillas para pagarlo. Apretó la mandíbula.

—Ese aparato —dijo, en voz muy baja—. ¿Desde cuándo?

—De nacimiento. —Valentina se irguió, poniendo a Dulce detrás de su pierna—. Y no es asunto suyo, señor Argüello.

—¿Oye contigo? ¿Oye bien? —Las preguntas le salieron antes de poder medirlas, y por un momento no sonó al magnate de hielo, sonó a otra cosa.

—Oye lo que se puede. —Valentina no entendió por qué le contestaba siquiera—. Hay aparatos mejores. Hay cirugías. Todo cuesta. Ya le dije que no es asunto suyo.

No alcanzó a decir nada más. Desde el fondo del pasillo, una enfermera le gritó su nombre: una paciente convulsionando en la cama cuatro, no había nadie más de turno. El instinto de doce horas de bata se le impuso sobre todo lo demás.

—Quédate aquí, mi amor, no te muevas, ya vengo —le dijo a Dulce de frente, para que le viera los labios, y corrió hacia la cama cuatro.

Fueron seis minutos. Seis minutos de sujetar a una mujer que se sacudía, de pedir el medicamento, de avisar al médico. Seis minutos.

Cuando volvió al pasillo, la silla estaba vacía.

El cuaderno de dibujo de Dulce estaba en el suelo, abierto en la página de los tres monitos, el papá sin cara mirando al techo. El crayón negro había rodado hasta la pared. La niña no estaba.

Valentina se quedó un segundo sin entender, como cuando uno baja un escalón que no existe. Después el miedo le subió por las piernas, frío, rápido.

—¿Dónde está mi hija? —Agarró del brazo al primer camillero que pasó—. Estaba aquí. En esa silla. Una niña, así de chiquita, con un aparatito en la oreja. ¿Dónde está?

El camillero se encogió de hombros. Vinieron unos señores de traje, dijo. Dijeron que eran familia, que venían de parte del papá. La niña no se quería ir, se agarraba de la silla, pero un señor la cargó y le dijo algo y se la llevaron de la mano hacia la salida. Hace cinco minutos. Creía que la señora ya sabía.

—¿Cómo que de parte del papá? —La voz se le quebró—. ¿Quién los dejó pasar?

El celular le vibró en la bolsa de la bata. Número desconocido. Contestó con la mano temblando.

—¿Bueno?

La voz que entró por el auricular era de Bruno. Tranquila. Disfrutándola.

—Hola, mi amor. Nada más para avisarte que no te molestes en buscarla. —Una pausa de teatro—. Dulce está conmigo. Y con su abuela. Donde debe estar.

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Elisa Betancurt
🤣🤣🤣🤣🤣
Zaira
no se que orgullo pues fue ella la que lo dejó cuando el cayo en crisis h se caso con otro ahora que espera.
Elisa Betancurt
😭😭😭😭😭
JZulay
ay... de malas !!! 🙊
Yanira Mendoza
Otra cosa que no me queda clara fue que paso en el Lago ☺️
Yanira Mendoza
No entendí si tienen 20 años separados y cuando concibieron a la niña. Misterioooo
Grimanesa Mucha Urbano
no mi gusta mujeres débiles y tontas que se dejan manipular odio ese personaje
Marisol Ayala Gonzalez
que horror,tan.estipida esta mujer.
di la verdad de una y ya....
Claudia Oroná
Ese hombre vale oro y la quiere bien,no como el otro idiota y estupido que odia y le quita a su hija y hace sufrir a la niña por unos celos estupidoss Es tan poco hombre Maximiliano!!!!!!
Lala González
la maestra de piano es ella, no? aquí como que se revuelven mucho
Claudia Oroná
y ella que estúpida o acaso no lo conoce a ese Bruno?
Blanca Ramos
muy buena
Norma Libran
me gustó muchos
Jacinta Gomez
que bonita hija que habla con su madre en todo momento
Jacinta Gomez
al fin llego la felicidad
meidi aguiar
amiga te felicito excelente historia aunque me hizo llorar mucho espero disfrutar de muchas más de tus historias
Jacinta Gomez
es muy triste la historia
Jacinta Gomez
espero que no salga resultados negativos
Jacinta Gomez
hojala que pronto se descubra verdad
Jacinta Gomez
el egoísmo reina en esta historia y no hay nada sentimiento ms
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