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Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Status: En proceso
Genre:Niñero / Padre soltero / Madre por contrato / La Vida Después del Adiós / Reencuentro
Popularitas:695
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.

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Capítulo 19

La tía que vino a mirar

Camila llegó sin avisar, un martes por la mañana, con el pretexto oficial de "una revisión médica de rutina" para los niños, un papel que en teoría le correspondía como pariente cercana pero que, según Don Simón me susurró al oído mientras la acompañaba a la sala, no había ejercido en meses, quizás en años.

—Solo quiero ver que estén bien —dijo, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos, mientras se sentaba frente a mí en la sala con un maletín de vinilo que parecía sacado de otra época, las esquinas gastadas y descoloridas, la cremallera medio atorada.

Algo en su cara me es familiar. No sé qué, pero es como mirar una foto vieja de la que solo recuerdo el marco.

Me quedé observándola mientras revolvía el maletín, tratando de descifrar de dónde venía esa sensación. No eran sus facciones exactamente —no se parecía a nadie que yo pudiera nombrar—, sino algo en el modo en que fruncía la boca al pensar, en la manera en que apretaba los dedos contra el asa del maletín cuando creía que nadie la miraba. Un gesto casi idéntico al que yo misma hacía sin darme cuenta cuando estaba nerviosa, según me había hecho notar Don Simón una vez, entre risas.

Es una tontería. Debe ser coincidencia. Sacudí la idea de la cabeza y volví mi atención a Luna, que seguía protestando por el examen de garganta con una teatralidad digna de telenovela, sacando la lengua lo menos posible mientras fingía una arcada exagerada.

—¿Hace cuánto que trabajaba usted en medicina? —pregunté, tratando de sonar casual mientras Luna se dejaba examinar la garganta a regañadientes, haciendo muecas de protesta con cada "ah" forzado.

—Hace… un tiempo. —Camila apartó la vista, revisando algo en su maletín que no necesitaba revisar—. Antes de dedicarme a otras cosas, más tranquilas.

—¿Y usted? —Su pregunta llegó de golpe, con un filo que no pude ignorar, levantando la vista de pronto—. ¿Recuerda algo de antes del accidente?

—No mucho. Coma de cuatro años y medio. —Me encogí de hombros, tratando de restarle importancia, aunque sentí sus ojos clavados en mí con una intensidad que no encajaba con la pregunta casual—. Es como un pizarrón borrado. Ni una tiza.

Vi algo relajarse en sus hombros, un alivio evidente que trató de disimular revisando de nuevo el maletín con dedos que ya no temblaban tanto, respirando de una forma distinta, más pausada.

—¿Y el hospital? —insistió—. ¿Recuerda haber trabajado en algún lado en particular, algún nombre que le suene?

—Nada. Solo sé lo que dicen mis papeles, y ni siquiera eso completo.

Camila asintió, casi para sí misma, con los labios apretados, y volvió su atención a Luna con una eficiencia repentina que contrastaba con el nerviosismo de minutos atrás, como si hubiera cruzado alguna línea invisible de tranquilidad.

—A esta niña le falta una vacuna de refuerzo —dije, revisando el pequeño cuaderno de salud que llevaba conmigo desde que asumí el cuidado de los niños y pasando el dedo por las fechas—. Debió aplicarse hace cuatro meses, según la cartilla nacional de vacunación.

Camila se puso rígida, el maletín quedándose a medio abrir entre sus manos.

—Eso no es asunto suyo.

—Es exactamente mi asunto. Soy quien vela por su salud todos los días, quien las lleva al pediatra, quien anota cada fiebre en ese cuaderno.

—¿Qué está insinuando?

—Nada. —La miré directo a los ojos, sin apartar la vista—. Solo digo que un médico de verdad no deja pasar cuatro meses una vacuna de refuerzo sin explicación, sin justificación de ningún tipo.

Camila cerró el maletín de pronto, con las manos ligeramente temblorosas, y se levantó apresurada, casi tropezando con la mesita de centro.

—Tengo que irme. Cuídense, niños.

Ni Leo ni Luna se despidieron con demasiado entusiasmo, apenas un murmullo desganado. En cuanto la puerta se cerró tras ella, ambos corrieron a esconderse detrás de mis piernas, como si el aire de la sala volviera a respirarse mejor de golpe, más liviano.

—No nos gusta —repitió Luna, esta vez con más convicción que la primera vez que la había mencionado, semanas atrás, en la entrada del colegio—. Tiene ojos de estar triste y enojada al mismo tiempo.

—A veces las personas grandes se ponen así —le dije, agachándome para quedar a su altura, acariciándole la mejilla—. Pero ustedes están a salvo. Eso es lo único que importa.

Leo, más serio de lo habitual, se quedó mirando la puerta por donde Camila había salido.

—¿Tú crees que ella nos quiere, aunque sea un poquito? —preguntó, con una honestidad que me apretó el pecho.

No supe qué responderle sin mentir. Me limité a abrazarlo fuerte, a él y a su hermana, dejando que el silencio hiciera el trabajo que mis palabras no podían hacer todavía, sintiendo el corazón de Leo latir contra mi hombro, todavía inquieto, todavía sin entender del todo por qué esa mujer le provocaba tanta desconfianza.

—Está bien, no me digas —murmuró Leo, contra mi hombro, con un puchero que le quitaba dramatismo a la frase, aunque la vocecita le siguiera temblando un poco—. El abrazo también sirve.

—El abrazo también sirve —repetí, besándole la coronilla, feliz de que un simple abrazo bastara todavía para consolarlo del todo.

—◆—

Camila subió a su auto en la entrada de la propiedad y, ya con las puertas cerradas, se permitió por fin soltar todo el aire que había estado conteniendo, los hombros hundiéndose de pronto contra el asiento.

—Sigue sin recordar nada —murmuró para sí misma, con una mano temblando sobre el volante—. Qué alivio. Qué alivio…

Pero incluso mientras lo decía, algo en su propia voz no terminaba de sonar convencido, una grieta fina en la certeza que trataba de fabricarse. Encendió el motor, miró una última vez hacia la fachada de Hacienda Nocedal a través del espejo retrovisor, con una expresión que oscilaba entre el alivio y algo parecido al remordimiento, y susurró, casi para nadie:

—Con tal de que siga siendo así. Con tal de que nunca se acuerde de nada.

Se quedó unos minutos más estacionada frente a la reja, sin decidirse a arrancar, la vista fija en el retrovisor, los dedos tamborileando nerviosos sobre el volante. En algún cajón de su casa seguía guardado un sobre viejo que jamás se había atrevido a abrir del todo, con una fecha de hacía justo cinco años marcada en la esquina superior, las letras ya casi borrosas de tanto manosearlo sin abrirlo. Al fin, con un suspiro largo, encendió el motor y se alejó calle abajo, dejando atrás una casa que guardaba más secretos de los que ella misma estaba dispuesta a admitir.

Adentro de la casa, yo seguía sin saber por qué el rostro de esa mujer me había dejado un peso extraño en el pecho, una inquietud sin nombre que no lograba sacudirme por más que intentara distraerme ayudando a los niños a guardar sus juguetes, como una puerta cerrada que insistía en vibrar cada vez que alguien intentaba tocarla desde el otro lado, igual que si supiera, sin saberlo, que del otro lado de esa puerta estaba una parte entera de mí misma esperando a que alguien por fin se atreviera a abrirla.

Esa noche, mucho después de que los niños se durmieran, mientras acomodaba los últimos bloques de construcción dispersos por la sala en su caja de siempre, sentí de pronto el impulso extraño de revisar mi propio reflejo en el espejo del pasillo, buscando en mis propias facciones algo que no supe nombrar hasta que ya era tarde para preguntármelo en voz alta: si acaso el gesto de fruncir la boca al pensar, ese mismo gesto que había visto en Camila esa tarde, también era mío desde siempre, o si lo había aprendido de alguien a quien todavía no lograba recordar.

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