Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.
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Capítulo 6
...Nina....
La abuelita tenía mejor color. Eso fue lo primero que noté cuando empujé la puerta del cuarto 307. Las mejillas con un rosa suave que no había visto en semanas, y los ojos brillantes, enfocados en algo que la hacía reír.
En alguien.
Julián estaba sentado al borde de la cama, con las piernas cruzadas y esa sonrisa que usaba para desarmar a cualquier persona sobre la faz de la tierra. Tenía la mano de mi abuelita entre las suyas.
—...y entonces Nina salió corriendo del baño con la toalla en la cabeza gritando que había una araña, pero era un pedazo de hilo negro. Un hilo, abuelita. Tenía once años y ya era así de dramática.
La abuelita se carcajeó. Una carcajada real, desde el fondo del pecho, y el sonido me aflojó algo por dentro.
—Julián —dije desde la puerta.
Él giró la cabeza. Su sonrisa cambió. Se volvió más suave, más cuidadosa.
—Nina. Vine temprano para no cruzarme con la hora de visita formal. Pero tu abuela me atrapó contando historias.
—Mija —la abuelita extendió la mano hacia mí—. Ven, ven. Tu amigo es un encanto. ¿Por qué no lo habías traído antes?
Sentí los pasos de Santiago detrás de mí. Su presencia llenó el marco de la puerta como siempre lo hacía, sin hacer ruido pero ocupando todo el espacio disponible. Traía una bolsa con los termos de sopa que Doña Marta había preparado.
Y entonces vi a la otra persona en la habitación.
Estaba de pie junto a la ventana, con el uniforme azul marino de la aerolínea. Falda por encima de la rodilla. Tacones bajos pero elegantes. El pelo recogido en un moño perfecto con la redecilla reglamentaria. Regina.
El estómago se me contrajo.
—Nina —dijo Regina con una sonrisa que mostraba todos los dientes—. Qué casualidad. Julián me invitó a conocer a tu abuelita. Le dije que yo también quería traerle flores.
Había un ramo de lirios blancos en la mesita de noche que no eran los míos.
La abuelita miró a Santiago. Luego a Julián. Entrecerró los ojos con esa astucia que setenta y ocho años de vida te regalan.
—Tú debes ser Santiago —le dijo a Julián.
—No, abuelita —me apresuré—. Santiago es...
—Yo —dijo Santiago, avanzando. Dejó la bolsa en la silla y se inclinó ligeramente—. Mucho gusto, abuela. Nina me habla mucho de usted.
La abuelita lo estudió de arriba a abajo sin ninguna vergüenza.
—Alto. Guapo. Piloto. Mija, al menos en eso no mentiste —me palmeó la mano—. Y tú, joven, ¿eres el músico vecino?
Julián asintió con una media reverencia medio en broma.
—Julián Ríos. Crecí en la casa de al lado. Conozco a Nina desde que usaba trenzas.
—Desde que usaba trenzas —repitió la abuelita, mirándolo con algo que no supe descifrar—. Mucho tiempo.
El silencio duró tres segundos. Fueron los tres segundos más largos de mi vida reciente.
Regina se acercó, se acomodó un mechón inexistente detrás de la oreja y dejó caer su voz un registro, como si contara un secreto delicioso.
—Abuelita, ¿le puedo decir abuelita? Es que siento que ya la conozco. Santiago y yo prácticamente crecimos juntos. Nuestras familias tenían un compromiso de niños —soltó una risita—. Estuvimos comprometidos. Claro, fue cosa de los padres, ya sabe cómo son esas cosas. Pero durante años, yo pensé que Santiago iba a ser mi esposo.
Cada palabra me entró como una aguja fina. Comprometidos. Nuestras familias. Mi esposo.
Miré a Santiago. Tenía la mandíbula apretada, un músculo palpitando en la sien.
La abuelita parpadeó. Una vez. Dos veces.
—Ay, mija —dijo con una voz repentinamente frágil—. Se me olvidó. Necesito ir al baño. Nina, ¿me ayudas? Estas piernas viejas no me responden.
Me tomó del brazo con una fuerza que desmentía toda su fragilidad.
—Claro, abuelita —le puse la mano en la espalda y la ayudé a pararse.
Antes de cerrar la puerta del baño, alcancé a ver a Santiago agarrar a Julián del brazo y sacarlo al pasillo.
...Santi....
Lo empujé contra la pared del corredor. El golpe sonó seco. Un enfermero que pasaba nos miró, apretó el paso y siguió de largo.
Julián ni siquiera se resistió. Me miró con esos ojos tranquilos que me daban ganas de romperle la cara desde el primer día que lo vi.
—¿Trajiste a Regina? —le dije, con la voz baja, contenida—. ¿A verla a ella? ¿Estás demente?
—Regina se invitó sola. La encontré en el estacionamiento y no pude quitármela de encima —Julián se enderezó, se sacudió la camisa—. Pero ya que estamos aquí, hablemos de lo que importa.
—No hay nada que hablar contigo.
—¿No? —ladeó la cabeza—. ¿Sabías que la madre de Regina fue la que destruyó a la mamá de Nina?
Me quedé quieto.
—La mamá de Regina —continuó Julián, bajando la voz hasta que fue apenas un susurro venenoso— fue la que regó el rumor. Que la mamá de Nina era la tercera, la amante, la roba-maridos. Lo esparció por todo el vecindario, en el trabajo, entre las amistades. La destrozó. Y lo hizo porque el papá de Nina tenía una doble vida.
Apreté los puños.
—El papá de Nina —Julián me clavó la mirada— también era el papá de Regina. La misma sangre. Diferentes madres. Y cuando la mamá de Regina descubrió que existía la otra familia, no fue contra el marido. Fue contra la mujer que ni siquiera sabía que él era casado.
El aire del pasillo olía a desinfectante y a café viejo. Un timbre sonó en alguna habitación lejana.
Yo ya sabía. Sabía partes. Había juntado pedazos a lo largo de los años, fragmentos que nadie me contó directamente pero que fui armando como quien arma un espejo roto. Pero escucharlo así, dicho en voz alta, en este pasillo de hospital donde la abuelita de Nina estaba internada, me revolvió el estómago.
—Y tú —Julián dio un paso hacia mí—, estuviste comprometido con Regina. Con la hija de la mujer que mató en vida a la mamá de Nina. ¿Cómo pudiste?
—Era un compromiso de nuestros padres —dije entre dientes—. De cuando teníamos seis años. Lo rompí. Yo lo rompí.
—Qué conveniente.
Lo agarré de la camisa con ambas manos. Tela fina. Se arrugó fácil.
—Lo rompí antes de saber la mitad de lo que sé ahora. Y lo que le hicieron a la madre de Nina, esa cuenta la voy a cobrar yo. Personalmente.
Julián no apartó la mirada.
—Si le dices a Nina que Regina es su media hermana, la destruyes.
—No le voy a decir nada.
—Más te vale.
Lo solté. Dio un paso atrás, se alisó la camisa con las manos.
—Entonces deja de traer a Regina cerca de ella —dije—. Porque la próxima vez no voy a ser tan amable.
Julián se rio. Una risa corta, sin humor.
—Amable. Santiago Reverte siendo amable. Qué concepto.
Se fue por el pasillo sin mirar atrás. Yo me quedé parado ahí, con los nudillos blancos y el sabor metálico de la rabia en la lengua.
...Nina....
El baño del hospital era del tamaño de un clóset. Azulejos blancos, luz fluorescente, un espejo manchado de agua que nadie había limpiado.
La abuelita se lavó las manos con una calma sospechosa.
—Esa muchacha —dijo, mirándose al espejo— tiene ojos de gata.
—¿Regina?
—Como se llame. No me gusta. Y no me gusta cómo te mira.
Ayudé a la abuelita a volver a la cama. Julián ya no estaba. Santiago tampoco. Solo quedaba Regina, revisando su teléfono junto a la ventana.
—Voy al baño —le dije a la abuelita—. Ya vengo.
El baño de visitas estaba al fondo del pasillo. Empujé la puerta distraída, pensando en la palabra "comprometidos", masticándola, dándole vueltas, y el marco me golpeó justo en la frente.
—Ay —me llevé la mano a la ceja. Ardía. Sentí la piel caliente e hinchada bajo los dedos.
Me asomé al espejo. Un raspón rojo, feo, justo sobre la ceja izquierda. Ya estaba inflamándose.
Y entonces escuché la voz de Regina. Clara, nítida, del otro lado de la puerta entreabierta, en el pasillo.
—Santiago, yo sé que te engañé. Sé que te lastimé. Pero no tienes que casarte con Nina para desquitarte conmigo. Tú la odiabas. ¿Te acuerdas? La odiabas.
Me paralicé. La mano todavía en la frente. El corazón latiéndome tan fuerte que lo sentía en las sienes.
«Casarte con Nina para desquitarte conmigo.»
«Tú la odiabas.»
Los pulmones se me cerraron. Todo lo que Santiago había hecho estas semanas, los termos de sopa, la batería de mi dron cargada, la chamarra colgada, las visitas a la abuelita. ¿Eso también era parte de la venganza? ¿Una puesta en escena elaborada para herir a Regina?
No escuché la respuesta de Santiago. La sangre me zumbaba en los oídos demasiado fuerte.
La puerta se abrió de golpe.
Santiago. Ocupando todo el marco. Ojos oscuros barriendo mi cara hasta que se detuvieron en mi frente.
—¿Qué te pasó?
—Nada. Me pegué con la puerta. No es...
Me jaló hacia adentro del baño. Cerró la puerta detrás de él. El espacio se redujo a casi nada. Su pecho a centímetros del mío. El lavabo clavándoseme en la cadera.
—Déjame ver —me tomó la barbilla con dos dedos y me inclinó la cara hacia la luz.
—Estoy bien, Santiago. Es un golpe.
—Estás sangrando.
Abrió el botiquín del espejo. Sacó un frasco de yodo marrón. Buscó algo más. Algodón, hisopos, algo. El botiquín estaba medio vacío.
—No hay con qué aplicarlo —dije.
Él miró el frasco. Miró mi frente. Y entonces agarró el termo que yo había dejado en el borde del lavabo, lo destapó y se vertió agua hirviendo sobre el dedo índice.
—¡Santiago! —traté de apartarle la mano.
El agua le enrojeció la piel al instante. Ni siquiera pestañeó. Destapó el yodo con la otra mano, empapó la yema del dedo quemado y me lo puso en la frente con una suavidad que me cortó la respiración.
—No te muevas —dijo.
Su cara estaba a un palmo de la mía. Podía ver cada pestaña, la línea de su mandíbula tensa, la sombra donde empezaba a salirle la barba de las cinco. Olía a jabón y a algo más, algo cálido que era solo él.
El yodo ardió. Me mordí el labio.
—Arde —susurré.
—Ya sé —pasó el dedo con cuidado por el borde del raspón—. Aguanta.
Su aliento me tocó la boca. Estábamos tan cerca que si cualquiera de los dos se movía un centímetro, sería un desastre. O algo que me daba demasiado miedo nombrar.
—Listo —dijo, pero no se movió.
—Gracias —dije, pero tampoco me moví.
Intenté salir. Giré el cuerpo, el codo golpeó el dispensador de jabón, y el teléfono se me resbaló de la mano. Cayó al piso.
Los dos nos agachamos al mismo tiempo.
Su mano llegó primero. Levantó el teléfono y quedamos ahí, acuclillados en ese baño minúsculo, nuestras caras a milímetros. Su nariz casi tocando la mía. Sus ojos tan cerca que podía ver las vetas doradas en el iris oscuro.
Me puso la mano en el hombro y me empujó con suavidad hasta que mi espalda tocó la puerta.
—Nina —su voz salió baja, rasposa, casi rota—. De verdad quieres que llegue tarde a mi vuelo.
El mundo entero se redujo a su boca. A la distancia imposible entre su boca y la mía. A las ganas brutales, salvajes, aterradoras de cruzar ese espacio.
Me soltó.
Dio un paso atrás. Uno solo, porque en ese baño no cabían dos.
—Ponte hielo en la frente —dijo, con una voz que ya sonaba casi normal. Casi—. Y no vuelvas a pegarle a las puertas.
Abrió la puerta y salió.
Me quedé ahí parada, con la espalda contra los azulejos fríos, el teléfono apretado contra el pecho, el corazón desbocado y la marca de yodo ardiéndome en la frente como una quemadura.
«Tú la odiabas.»
Cerré los ojos.
...Santi....
Caminé por el pasillo con las manos en los bolsillos. El dedo me pulsaba donde el agua lo había quemado. La boca me sabía a todas las cosas que no hice.
Regina seguía ahí. Recargada contra la pared, con los brazos cruzados y la expresión de alguien que espera aplausos.
Me detuve frente a ella.
—Lo que le hicieron a la madre de Nina —dije, sin emoción, sin calor, solo hechos—. Esa cuenta la voy a cobrar. Conmigo no tienes nada pendiente, pero con ella sí. Y yo la voy a cobrar por ella.
La sonrisa de Regina se congeló. Los ojos se le abrieron medio milímetro, apenas perceptible, pero suficiente. Ahí estaba. El miedo.
—Santiago, yo no tuve nada que ver con lo que mi mamá...
—Tú sabías —la corté—. Siempre supiste.
Me di la vuelta. Caminé hacia la salida, hacia el estacionamiento, hacia mi vuelo de las cinco treinta.
El dedo quemado me latía al ritmo del corazón.
Bien. Que doliera. Al menos eso era real.
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