A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.
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CAPÍTULO 20: BAJO SU ALA
Don Efraín volvió a llamarla dos semanas después del mirador, esta vez sin pasar por Nail, sino directamente a través de Ferney, que llegó una tarde a la casa de Mila con un mensaje escueto: "El patrón quiere verla mañana, sola, a las cuatro."
La palabra "sola" se le quedó grabada a Mila durante toda la noche, dándole vueltas a las posibilidades, ninguna de ellas particularmente tranquilizadora. Cuando se lo contó a Nail esa noche, durante el entrenamiento, notó en él una tensión que no intentó disimular del todo.
—¿Sola? ¿No dijo por qué?
—No. Solo que quiere verme mañana.
Nail se quedó pensativo un momento, con esa expresión calculadora que Mila ya reconocía como la de alguien repasando escenarios posibles, midiendo riesgos.
—Puede ser bueno. Don Efraín no pierde tiempo con gente que no le interesa desarrollar. Si la está llamando de nuevo, y esta vez sin pasar por mí, es porque quiere hablar con usted de algo que no necesariamente involucra el entrenamiento.
—¿Y si es sobre nosotros?
—Si fuera sobre nosotros, créame, no me habría enterado por Ferney esta tarde. Habría venido alguien por mí primero, y esa conversación no sería tan tranquila como la que está imaginando.
La casa de don Efraín, en esta segunda visita, ya no le pareció tan intimidante a Mila como la primera vez, aunque la tensión de no saber qué esperar seguía presente en cada paso que daba hacia el patio interior donde, otra vez, el Patrón la esperaba sentado en su silla de mimbre, esta vez sin café, con las manos entrelazadas sobre el regazo en un gesto pensativo.
—Siéntese, mija. Esta vez quiero hablarle de algo distinto.
Mila se sentó, con la espalda recta, intentando proyectar la misma seguridad que Nail le había enseñado a mostrar incluso cuando por dentro sentía todo lo contrario.
—Han pasado casi tres meses desde que empezó a trabajar para mí —empezó don Efraín, con un tono que sonaba, extrañamente, casi reflexivo, más cercano al de un maestro evaluando a un alumno prometedor que al de un capo del narcotráfico dirigiéndose a una empleada menor—. En ese tiempo, no ha fallado ni una sola vuelta. No ha hecho preguntas de más, aunque sé que las tiene. Ha aguantado cosas que hacen que muchachos con el doble de su experiencia salgan corriendo. Y Nail me dice que su progreso en el entrenamiento es el más rápido que ha visto en años.
—Trato de hacer las cosas bien.
—Lo sé. Y por eso quiero hacerle una propuesta distinta a la que le hice la primera vez que hablamos.
Se inclinó hacia adelante, con esa misma seriedad calculada que Mila recordaba de la primera reunión, aunque esta vez había algo más en su expresión, algo que a Mila le costó nombrar hasta que, más adelante en la conversación, entendió que se trataba de una calidez genuina, extraña viniendo de un hombre con la reputación de don Efraín, pero real de todas formas.
—Yo no tuve hijas, Mila. Tuve dos hijos varones. Uno se fue del país hace años, no quiso saber nada de este negocio, y la verdad, no lo culpo. El otro murió, hace ya mucho tiempo, en una guerra con otro combo que en esa época disputaba esta misma loma. Desde entonces, no he tenido a nadie a quien realmente quiera formar, alguien en quien pueda ver algo más que un empleado o un soldado.
Hizo una pausa, como si las palabras que venían a continuación le costaran un esfuerzo particular, algo que Mila no esperaba de un hombre acostumbrado, según todo lo que había escuchado sobre él, a dar órdenes sin titubear.
—Quiero que sea algo más que una mensajera para mí, Mila. Quiero enseñarle este negocio de verdad, desde las bases hasta las decisiones más difíciles. Quiero que aprenda no solo a disparar o a moverse por la calle, sino a pensar como alguien que algún día podría llevar las riendas de algo grande. No se lo estoy ofreciendo a cualquiera. Se lo estoy ofreciendo a usted, porque veo en usted algo que hace mucho tiempo no veía en nadie.
Mila sintió el peso de esa oferta caer sobre ella con una fuerza que mezclaba halago genuino y una especie de vértigo, la sensación de estar frente a una puerta que, una vez cruzada, cerraría definitivamente cualquier camino de regreso a la vida sencilla que alguna vez había imaginado para sí misma: estudiar, trabajar en algo honrado, quizás formar una familia lejos de toda esa violencia.
—¿Por qué yo? —preguntó, repitiendo la misma pregunta que le había hecho meses atrás, aunque esta vez con una curiosidad más profunda, más consciente de lo que realmente estaba en juego.
—Porque usted ya perdió lo que la mayoría de la gente en esta loma todavía tiene miedo de perder. Ya no le tiene miedo al dolor, porque ya lo conoció en su forma más cruda. Eso la hace peligrosa, sí, pero también la hace confiable de una manera que la gente que todavía tiene mucho que perder nunca podría ser. Usted no me va a traicionar por plata fácil, ni por status, ni por ninguna de las razones baratas por las que la mayoría de mis hombres podrían llegar a hacerlo. Usted está aquí por algo más grande, y eso, mija, en este negocio, vale más que cualquier otra cosa.
Mila pensó, escuchando esas palabras, en la advertencia constante de Nail sobre no perder de vista quién era antes de todo esto, sobre guardar a alguien afuera que le recordara su antiguo yo. Pensó en Yesenia, ya perdida. Pensó en su madre, en la casa que ahora podía sostener gracias a esa misma "confiabilidad" que don Efraín estaba elogiando. Pensó, también, aunque no lo dijo en voz alta, en la posibilidad —cada vez más real en su mente— de que acercarse más al centro del poder de don Efraín significara, tarde o temprano, acercarse también a la verdad sobre quién había ordenado la muerte de Yeison.
—Acepto —dijo, finalmente, con una voz que sonó más firme de lo que se sentía por dentro.
Don Efraín sonrió, una sonrisa que, por primera vez desde que se conocían, le pareció a Mila genuinamente cálida, casi paternal, con una ternura extraña que no encajaba del todo con todo lo demás que sabía sobre ese hombre.
—Bienvenida, entonces. Desde hoy, la voy a tratar como trato a la gente en la que de verdad confío. Eso significa más responsabilidad, pero también más protección. Nadie en esta loma se va a atrever a tocarle un pelo, sabiendo que está bajo mi ala.
Salió de esa casa esa tarde con una sensación extraña instalada en el pecho, una mezcla de orgullo, miedo, y algo parecido al alivio de sentirse, después de tanto tiempo de vulnerabilidad absoluta, finalmente protegida por alguien con poder real para garantizarlo.
No sabía, esa tarde, que esa misma protección paternal que don Efraín le estaba ofreciendo con tanta calidez sería, apenas unos capítulos de su historia más adelante, la fuente de uno de los conflictos más dolorosos de toda su vida: la lealtad dividida entre el hombre que la había tomado bajo su ala como una hija, y la verdad que, tarde o temprano, iba a descubrir sobre quién, dentro de esa misma organización, había ordenado la muerte de su hermano.