Irina una chica que desde que murió sus padres le tocó trabajar duro para salir adelante. encontró un trabajo en un bar y un señor intento violarla pero el dueño del bar que es el dueño de la mafia más poderosa de Inglaterra la defendió y la llevo con el para hacerla su esposa.
y así comenzó el nacimiento de romanovsky
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capitulo 15
Dimitri
Dimitri Entré a la residencia. Subí directamente a mi habitación, me despojé de la ropa y dejé que el agua helada me limpiara el cansancio. Me puse unos pantalones de entrenamiento y bajé al patio central. Necesitaba sangre y sudor; quería medir a mis hombres.
Ellos despejaron el área de inmediato.
Asesté el primer golpe. El impacto rompió su labio y la sangre no tardó en brotar.
—No te contengas conmigo —le advertí con una voz helada, carente de cualquier empatía—. Si logras tocarme, no te voy a matar. Haz tu trabajo.
Peleamos sin tregua hasta que la noche cayó sobre la propiedad. Mi cuerpo finalmente sintió el desgaste, pero yo estaba en pie y él en el suelo. Hice una señal con la mano; mis hombres lo levantaron a rastras para llevarlo a la enfermería. Le di una palmadita seca en la espalda y le arrojé un fajo de billetes al pasar.
Elena: te ves jodidamente sexy cuando peleas así.
Ni me molesté en contestarle. Solo esbocé una sonrisa fría y regresé a mi dormitorio. Me duché de nuevo y me arrojé a la cama. No había apetito. Cuando Irina no está, esta casa no es más que un cementerio helado.
Los primeros rayos de luz empezaban a filtrarse por la ventana. Estaba entre la vigilia y el sueño cuando sentí una presencia impertinente moviendo mi hombro.
Abrí los ojos. Era la nueva sirvienta. La examiné de arriba abajo con rabia contenida: no llevaba el uniforme digno que Irina le había asignado. En su lugar, vestía un top ridículo y una minifalda que no dejaba nada a la imaginación.
—¿Qué demonios haces aquí? —solté con una voz durísima, cortante como un bisturí—. Sabes perfectamente que si Irina te ve en esta habitación, te va a desollar viva. Nadie cruza esta puerta.
Sirvienta: No me importa lo que ella haga... Te quiero a ti. Eres hermoso, Dimitri. Desde el primer día me volviste loca... Todas las noches me toco en mi cama imaginando que son tus manos.
Se llevó los dedos al borde de la falda y comenzó a subírsela lentamente, mirándome con fijación.
—Detente ahí —la frené con tono de desprecio—. ¿Qué carajos crees que tienes para ofrecerme? No tienes la menor idea de con quién te estás metiendo. Habla rápido antes de que pierda la paciencia.
Sirvienta: Puedo ser tu juguete... Haré lo que quieras, seré tu sumisa...
Verla arrastrarse no me provocó absolutamente nada. Solo asco.
Deslicé la mano debajo de la almohada, tomé mi arma y le apunté directamente a la cabeza.
—Sabes muy bien que Irina y yo nos vamos a casar —dije, acortando la distancia hasta presionar el metal frío del cañón contra su frente—. Mantente alejada si quieres seguir respirando. ¿De verdad crees que voy a cambiar a mi mujer por una basura insignificante como tú?
Estaba a punto de presión en el gatillo de volarle los sesos cuando la puerta se abrió de golpe.
Irina: ¿Qué mierda pasa aquí? ¿Qué haces con esta zorra en nuestra habitación y con la puta puerta cerrada?
Sus ojos echaban chispas de fuego puro al ver la escena: la chica de rodillas y yo con el arma empuñada.
—No pasa nada —respondí sin alterar el pulso, bajando el arma despacio—. Esta rata se coló en mi habitación para despertarme...
Irina entro a la habitación rápidamente. Y la cogío del pelo te dije que si te acercaban a él te mataría. Maldita sea porque nunca hacen lo que les pido.
Eres una perra. Y ellas deben ser tratadas como tal
—¡Víktor! ¡Sergei! —gritó con autoridad absoluta.
Dos de mis hombres armados aparecieron en el marco de la puerta en menos de tres segundos, con las manos sobre las fundas de sus armas, alerta a cualquier orden.
—Llévensela al sótano —ordenó Irina, ajustándose el saco sin perder la compostura—. Límpienla, quítenle esa porquería de ropa y asegúrense de que entienda lo que pasa cuando se toca lo que no le pertenece. Yo misma bajaré en un momento.
Los hombres la tomaron de los brazos a rastras mientras ella gritaba y pataleaba, arañando el suelo hasta que sus gritos se extinguieron por el pasillo. La puerta se cerró de golpe.