Valeria Salvatierra ha aprendido a desconfiar de los misterios. Como periodista, sabe que detrás de cada leyenda existe una explicación y que incluso los casos más extraños pueden resolverse siguiendo las pistas correctas.
Hasta que una mañana recibe una caja sin remitente.
Dentro encuentra una fotografía antigua de cinco personas frente a una mansión abandonada. El rostro de una de ellas ha sido borrado con tinta negra. También hay un recorte de periódico sobre la desaparición de una joven ocurrida treinta años atrás... y una llave marcada con un número:
17.
En el reverso de la fotografía hay una advertencia:
«Ella murió hace treinta años. Pero anoche volvió a llamar a mi puerta.»
Valeria comienza a investigar y descubre que la desaparición está relacionada con una habitación que la policía nunca pudo registrar.
La habitación 17.
Mientras sigue las pistas, nuevos asesinatos comienzan a ocurrir y personas relacionadas con aquella antigua tragedia empiezan a morir una tras otra.
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Capítulo 4 — La casa de los recuerdos
Valeria condujo durante casi una hora sin encender la radio. El cielo estaba cubierto de nubes oscuras y una lluvia fina golpeaba constantemente el parabrisas. Había dejado atrás la ciudad hacía varios kilómetros, pero la sensación de que alguien la observaba no desaparecía. De vez en cuando miraba por el espejo retrovisor esperando encontrar otro automóvil siguiéndola. No veía ninguno.
Aun así, no podía quitarse de la cabeza las palabras de aquella mujer.
Te dejó dentro.
No sabía qué significaban.
No sabía qué había ocurrido cuando tenía ocho años.
Y, sobre todo, no entendía por qué la mujer de la fotografía tenía su rostro.
Valeria apretó el volante.
Había decidido no contarle a nadie que iba hacia la antigua propiedad. Ni siquiera a su madre. Si alguien había ocultado la verdad durante treinta años, no podía confiar en que las personas que la rodeaban estuvieran de su lado.
La dirección la llevó hasta una carretera estrecha rodeada de árboles. El asfalto comenzó a deteriorarse hasta convertirse en un camino de tierra. Las ramas golpeaban los laterales del automóvil mientras avanzaba lentamente.
Entonces apareció.
La mansión.
Valeria frenó.
Durante varios segundos no pudo apartar los ojos de ella.
Era exactamente igual a la fotografía.
Tres pisos.
Una torre en el extremo izquierdo.
Ventanas altas.
Muros cubiertos de humedad.
Y una enorme puerta de madera que parecía llevar décadas sin abrirse.
Valeria apagó el motor.
El silencio que siguió fue inquietante.
Tomó la fotografía antigua y la comparó con la casa.
No había duda.
Era el mismo lugar.
Bajó del automóvil con la linterna en una mano y la carpeta en la otra.
La lluvia había dejado el suelo embarrado. Caminó hasta la entrada principal y encontró la puerta cerrada.
Probó el pomo.
No se movió.
Entonces recordó la fotografía.
Había una entrada lateral.
Rodeó la casa.
Encontró una puerta oxidada entre la vegetación.
Estaba entreabierta.
Valeria se quedó quieta.
No recordaba haber visto aquella puerta en la fotografía.
Empujó lentamente.
La madera produjo un chirrido que atravesó el silencio.
—¿Hay alguien?
Nadie respondió.
Entró.
El olor la golpeó inmediatamente.
Humedad.
Madera vieja.
Y algo más.
Un olor metálico.
Como sangre seca.
Valeria iluminó el suelo.
Había marcas oscuras sobre las tablas.
Se agachó.
No quiso tocarlas.
Continuó avanzando.
El interior de la casa era mucho más grande de lo que parecía desde afuera. Un largo corredor dividía la planta baja. A ambos lados había puertas cubiertas de polvo.
En las paredes colgaban retratos antiguos.
Valeria levantó la linterna.
Uno de los cuadros llamó su atención.
Era un retrato familiar.
Un hombre.
Una mujer.
Y una niña.
Se acercó.
La niña tenía ocho años.
Valeria dejó de respirar.
Era ella.
No podía ser una fotografía.
Era un retrato pintado.
Pero allí estaba.
El mismo cabello.
La misma cicatriz.
El mismo vestido blanco con flores azules.
Valeria retrocedió.
—¿Por qué...?
Una corriente de aire apagó la linterna.
La oscuridad la envolvió.
Valeria permaneció inmóvil.
Escuchó un ruido en el piso superior.
Un paso.
Después otro.
Alguien caminaba lentamente.
Valeria encendió nuevamente la linterna.
—¿Hay alguien ahí?
Silencio.
Subió las escaleras.
Cada escalón crujía bajo sus pies.
Al llegar al segundo piso, encontró un corredor más estrecho.
Había varias puertas.
Una de ellas estaba abierta.
Otra tenía un espejo cubierto con una sábana.
Y al final del pasillo había una puerta de madera oscura.
Valeria supo inmediatamente cuál era.
El número metálico estaba casi completamente oxidado.
Pero todavía podía leerse.
17.
Se acercó.
Sacó la llave del bolsillo.
La sostuvo frente a la cerradura.
No la introdujo.
Todavía no.
Recordó la advertencia.
No abras la habitación 17.
Pero también recordó la voz.
La mujer que murió hace treinta años.
Valeria apoyó la mano sobre la puerta.
Estaba helada.
Entonces escuchó algo.
Una respiración.
Al otro lado.
Retrocedió inmediatamente.
—¿Hay alguien ahí?
La respiración cesó.
Valeria acercó el oído.
Nada.
Entonces una voz infantil susurró:
—Valeria.
Ella se apartó de golpe.
Conocía aquella voz.
Era la suya.
La voz que tenía cuando era niña.
—No...
La niña volvió a hablar.
—No abras.
Valeria sintió que las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.
—¿Quién eres?
La respuesta llegó desde el interior.
—Tú.
Valeria retrocedió.
De pronto, un recuerdo atravesó su mente.
Un pasillo.
Una noche.
Su padre sujetándola de la mano.
Ella lloraba.
Había alguien detrás de ellos.
Una mujer.
La misma mujer de la fotografía.
Su padre gritaba:
—¡Corre!
Valeria pequeña corría por las escaleras.
Después escuchaba un golpe.
Su padre volvía hacia la habitación.
Y antes de desaparecer detrás de la puerta, se arrodillaba frente a ella.
—Pase lo que pase, nunca vuelvas aquí.
El recuerdo desapareció.
Valeria abrió los ojos.
Estaba llorando.
—Papá...
Entonces escuchó un ruido detrás de ella.
Se giró.
Un hombre estaba parado al otro extremo del pasillo.
Valeria levantó la linterna.
Era el hombre del archivo.
El desconocido del abrigo negro.
—¿Quién eres?
El hombre no respondió.
—Te hice una pregunta.
Él dio un paso hacia ella.
Valeria retrocedió hasta quedar frente a la puerta 17.
—No deberías estar aquí —dijo él.
—¿Quién eres?
—Alguien que conoce esta casa mejor que tú.
—¿Conociste a mi padre?
El hombre se quedó inmóvil.
Aquella reacción fue suficiente.
—Lo conociste.
—Sí.
—¿Qué ocurrió aquella noche?
—Tu padre intentó protegerte.
—Eso ya lo sé.
—No. No lo sabes.
El hombre miró hacia la puerta.
—Tu padre no te sacó de esta casa.
Valeria sintió que el corazón se le detenía.
—¿Qué?
—Te encontró afuera.
—Eso no tiene sentido.
—Porque te falta recordar lo que ocurrió antes.
Valeria apretó los puños.
—Entonces dime la verdad.
El hombre negó lentamente con la cabeza.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque si recuerdas demasiado rápido, ella sabrá que has vuelto.
Valeria miró la puerta.
—¿Ella está ahí dentro?
El hombre no respondió.
—¿Está ahí?
—No como tú imaginas.
Un ruido golpeó la puerta desde el otro lado.
Ambos se quedaron inmóviles.
Toc.
El hombre palideció.
Toc.
Valeria sintió que la llave comenzaba a calentarse dentro de su mano.
Toc.
El hombre retrocedió.
—Tenemos que irnos.
—¿Por qué?
—Porque ya despertó.
La puerta comenzó a vibrar.
Valeria dio un paso atrás.
—¿Qué está pasando?
El hombre la tomó del brazo.
—¡Ahora!
Pero antes de que pudieran alejarse, la cerradura comenzó a girar.
La puerta se abrió lentamente.
No había nadie detrás.
Solo una habitación completamente oscura.
El hombre soltó a Valeria.
Su rostro estaba lleno de terror.
—No mires dentro.
Valeria permaneció inmóvil.
—¿Por qué?
El hombre la miró directamente a los ojos.
—Porque si ella te ve, recordará quién eres.
Entonces algo se movió dentro de la oscuridad.
Valeria levantó la linterna.
El haz de luz atravesó la habitación.
Había una cama antigua.
Un escritorio.
Una silla.
Y sobre la pared, cientos de fotografías.
Todas de Valeria.
De diferentes edades.
A los ocho años.
A los doce.
A los diecisiete.
A los veinte.
A los veinticinco.
A los veintinueve.
La última fotografía había sido tomada aquella misma mañana.
Valeria sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—¿Quién tomó estas fotografías?
El hombre no contestó.
Ella avanzó un paso.
En el centro de la pared había una fotografía diferente.
Era una imagen de dos niñas.
Una era Valeria.
La otra era idéntica a ella.
Valeria se acercó.
Debajo de la fotografía había una fecha.
14 de octubre de 1996.
Y una inscripción:
LAS DOS ENTRARON.
SOLO UNA SALIÓ.
Valeria sintió que el mundo se detenía.
Miró al hombre.
—¿Quién es la otra niña?
El hombre bajó la mirada.
—Tu hermana.
Valeria sintió un escalofrío.
—Yo no tengo ninguna hermana.
El hombre levantó lentamente los ojos.
—Eso es lo que tu padre quería que creyeras.
Desde el interior de la habitación llegó una voz infantil.
La misma voz que Valeria había escuchado detrás de la puerta.
—Valeria...
Ella giró lentamente.
Al fondo de la habitación había un espejo.
La superficie estaba cubierta de polvo.
Pero en el reflejo aparecían dos niñas.
Una estaba junto a ella.
La otra estaba detrás.
Valeria se volvió.
No había nadie.
Miró nuevamente el espejo.
La niña seguía allí.
Y esta vez sonreía.
Entonces levantó una mano y señaló la puerta.
Valeria miró hacia atrás.
La puerta de la habitación 17 se había cerrado.
El hombre ya no estaba.
Valeria corrió hacia ella.
Intentó abrirla.
No pudo.
Desde el otro lado del espejo, la niña comenzó a golpear el cristal.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Y después pronunció unas palabras que hicieron que Valeria quedara completamente paralizada.
—Ahora recuerdas.
La luz de la linterna se apagó.
Y en la oscuridad, una segunda voz habló detrás de Valeria.
Una voz adulta.
Una voz que ella conocía demasiado bien.
—No debiste volver, hija.
Era la voz de su padre.