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Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Venganza / Juego de roles / Completas
Popularitas:149.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

El día de su boda, Alegra Valdés descubre que Sebastián Girón, el hombre por quien renunció a su apellido y a su fortuna, lleva meses engañándola.
Pero Alegra no piensa llorar frente al altar.
Delante de todos los invitados, revela la traición, cancela la boda y recupera la identidad que había ocultado: no es una mujer sin recursos, sino la verdadera heredera de una de las familias más poderosas de Santa Aurelia y una brillante investigadora farmacéutica.
Mientras Sebastián pierde su prestigio, su empresa y todo aquello que creyó tener asegurado, Alegra vuelve a empezar. Entonces aparece Damián Montero, su frío e insoportable director, con una propuesta inesperada: un matrimonio por conveniencia.
Lo que ella no sabe es que Damián lleva diez años protegiéndola en silencio.
Entre secretos familiares, conspiraciones científicas, enemigos dispuestos a destruirlos y un contrato que empieza a parecerse demasiado al amor, Alegra tendrá que decidir si está preparada para confiar de nuevo… esta vez en el hombre que nunca dejó de elegirla.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Cap 8: Sombras del pasado

Pasé el fin de semana investigando a Celina Déniz.

No fue fácil. El nombre no aparecía en ningún directorio profesional actual, ni en redes sociales, ni en publicaciones académicas recientes. Era como buscar a un fantasma, alguien que existió en los registros hace quince años y después se desvaneció.

Pero yo soy farmacéutica. Estoy entrenada para encontrar trazas microscópicas de sustancias en muestras complejas. Una persona no es tan diferente.

El sábado por la mañana, sentada en mi habitación de la casa Valdés con la laptop sobre las piernas y un americano sin azúcar que ya se había enfriado, encontré el primer hilo.

Un artículo en una revista médica de hace catorce años. Autora secundaria: C. Déniz. Tema: «Aplicaciones farmacológicas de compuestos derivados de la gentamicina en tratamientos neonatales». El autor principal era un tal Dr. Marcos Escobar, del Hospital de Maternidad de Santa Aurelia. La institución patrocinadora del estudio: una filial menor de Grupo Valdés que yo no sabía que existía.

Mi padre financiaba investigaciones neonatales. Investigaciones sobre recién nacidos. Con una mujer que nunca mencionó.

No quise pensar lo que estaba pensando. Pero el cerebro no funciona así, no puedes poner una hipótesis en cuarentena solo porque te da miedo la conclusión.

El domingo fui a ver a Rodrigo.

Mi hermano mayor vivía en un departamento en la Zona Alta de Santa Aurelia, un penthouse sobrio y funcional, como él. Sin adornos, sin decoración innecesaria, con una vista panorámica de la ciudad que probablemente nunca miraba porque siempre estaba trabajando.

Lo encontré en su estudio, revisando contratos. Cuando me vio en la puerta, frunció el ceño, no de molestia, sino de preocupación. Rodrigo siempre supo leerme antes de que yo abriera la boca.

—¿Qué pasó?

—Necesito preguntarte algo. Y necesito que me respondas con la verdad.

Se quitó los lentes. Se recargó en la silla. El gesto de un hombre que se prepara para una conversación que no quiere tener.

—Pregunta.

—¿Quién es Celina Déniz?

El silencio que siguió fue distinto a los silencios habituales de Rodrigo. Los suyos eran silencios de control, pausas calculadas para ganar tiempo y formular la respuesta perfecta. Este fue un silencio de sorpresa. De alguien que no esperaba escuchar ese nombre salir de la boca de su hermana.

—¿Dónde escuchaste ese nombre?

—En un archivo del instituto. Un proyecto de investigación de hace quince años. Papá y ella eran los investigadores principales. ¿Quién es?

Rodrigo me miró durante un rato largo. Después se levantó, caminó hacia la ventana y se quedó de espaldas a mí, mirando la ciudad que brillaba bajo el sol de la tarde.

—Hay cosas que no me corresponde contarte, Alegra.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darte.

—Rod. —Me acerqué—. Papá, que es financista, aparece como investigador principal en un proyecto farmacológico secreto con una mujer que no existe en ningún registro público actual. Tú sabes algo. Y me estás diciendo que no te corresponde.

Se volvió. Su expresión era la de alguien que está sosteniendo un peso enorme y tratando de que no se note.

—Alegra, escúchame bien. Hay cosas de esta familia que son... complicadas. No porque sean imposibles de entender, sino porque entenderlas cambia todo. Y tú acabas de salir de tres años con un hombre que te mintió a la cara todos los días. No creo que ahora sea el mejor momento para...

—No me protejas, Rodrigo. Ya no tengo veintitrés años ni estoy ciega de amor. Si papá hizo algo, quiero saberlo.

Rodrigo cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había tomado una decisión.

—No voy a ser yo quien te lo cuente. Pero te voy a decir una cosa: busca bien. No te conformes con el primer documento que encuentres. Y cuando descubras lo que hay detrás de ese nombre, ven a hablar conmigo antes de hacer cualquier cosa.

—¿Antes de hacer cualquier cosa? ¿Qué puede ser tan grave?

No respondió. Me dio un beso en la frente, el mismo gesto de papá, heredado como se heredan los silencios en esta familia, y volvió a su escritorio.

—Cuídate, hermanita.

Era la segunda vez en dos semanas que un hombre de mi familia me decía «cuídate» en vez de contestar mi pregunta.

El lunes volví al instituto con dos objetivos: seguir trabajando con Montero y seguir tirando del hilo de Celina Déniz.

El primero fue agotador y gratificante, como todos los días con Montero. Pasamos la mañana revisando los resultados del lote corregido, la contaminación del reactivo que identifiqué el viernes resultó ser un problema sistémico del proveedor, y Montero decidió cambiar toda la línea de suministro. Cuando le dije que tenía tres proveedores alternativos ya evaluados, me miró con esa expresión suya que yo empezaba a reconocer: la de un hombre que encuentra algo que no esperaba y todavía no sabe si le molesta o le gusta.

—Los dejé sobre tu escritorio —dije.

—No pedí alternativas.

—No. Pero las necesitas.

Pausa. Los ojos oscuros. La mandíbula apretada.

—Déjalos.

Victoria silenciosa. Volví a mi estación de trabajo.

El segundo objetivo fue más difícil. Durante la hora de almuerzo, que Montero no tomaba, así que tenía el laboratorio para mí sola, accedí al archivo histórico del instituto y busqué toda referencia a Celina Déniz.

Encontré tres documentos más. Dos informes trimestrales del proyecto (progreso satisfactorio, resultados dentro de lo esperado) y una carta de terminación anticipada del estudio, firmada por mi padre, con una nota que decía: «Se suspende la línea de investigación por decisión del patrocinador. Archívese sin difusión».

Archívese sin difusión. Mi padre no solo canceló el proyecto, lo enterró.

No encontré más. El archivo digital del instituto tenía un límite temporal, todo lo anterior a doce años estaba en formato físico, guardado en el sótano, y necesitaba autorización del director para acceder.

Del director. Es decir, de Damián Montero.

No iba a pedírselo. No todavía. No sin saber exactamente qué estaba buscando.

Esa tarde salí temprano, una rareza que Montero notó pero no comentó. Caminé hasta una cafetería a tres cuadras del instituto, pedí un americano y abrí mi laptop.

Busqué «Celina Déniz» una vez más. Esta vez cambié los filtros: no artículos académicos, no registros profesionales. Noticias. Prensa local. Sociales.

Los resultados eran escasos. Una mención en la sección de sociales de un periódico de hace trece años, una gala benéfica del Hospital de Maternidad. Y una fotografía.

La imagen era pequeña y de baja resolución, pero al ampliarla el aire se me quedó atrapado en la garganta.

Una mujer elegante, de unos treinta y tantos años, con el pelo oscuro recogido en un moño alto y una sonrisa discreta. Sostenía en brazos a una niña de unos dos o tres años. La niña tenía los ojos grandes y oscuros, una nariz pequeña y recta, y un hoyuelo en la mejilla izquierda.

Conocía esa nariz. La veía cada mañana en el espejo.

Y conocía ese hoyuelo. Lo compartía con Nicolás.

La leyenda de la foto decía: «Celina Déniz y su hija en la gala del Hospital de Maternidad de Santa Aurelia».

Su hija. Celina Déniz tenía una hija. Una niña que, si mis cálculos eran correctos, tendría ahora alrededor de quince o dieciséis años.

Una niña que se parecía a mí.

Cerré la laptop con más fuerza de la necesaria. El mesero me miró desde la barra, preguntándose si necesitaba algo.

Sí. Necesitaba algo. Necesitaba que mi padre me explicara por qué una mujer que yo nunca había escuchado nombrar tenía una hija con los rasgos de nuestra familia.

Pero Ricardo Valdés no era un hombre que diera explicaciones. Era un hombre que daba órdenes, firmaba cheques y decía «cuídate, hija» como si esas dos palabras pudieran sustituir una conversación de verdad.

Guardé la laptop, me terminé el café y salí a la calle.

Santa Aurelia seguía brillando bajo las luces del atardecer. Indiferente a los secretos de la familia Valdés.

Mientras tanto, a kilómetros de ahí, en una oficina de Laboratorios Aurora que ya olía a abandono, Sebastián Girón abría un correo del banco. Tercera notificación de pago atrasado. La línea de crédito que yo negocié para su empresa estaba vencida, y nadie iba a renovarla.

Marcó mi número. Otra vez.

«El número que usted marcó no está disponible».

Tiró el teléfono contra la pared. Paz, sentada en el sofá de la oficina con las manos sobre el vientre que ya empezaba a notarse, lo miró sin decir nada.

El castillo de naipes estaba cayendo. Pieza por pieza, como yo había pedido.

Continuará...

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María Guadalupe Cabello Serrano
me gustó , aunque fueron muchos cambios Damian era tambien científico y luego abogado temas como eso necesitas mucha coherencia pero atrapa
Rosanna Valdez Gutierrez
Hacer como que no leí esa parte, porque se supone que la mamá fue quien le regaló la pulsera
Rosanna Valdez Gutierrez
Autora recuerda que al inicio decían que tenían una relación antes de casarse y que el mismo año en que se casó retomó su relación manteniendo la mentira por 30 años
Rosanna Valdez Gutierrez
La historia está super interesante, pero querida autora, sería recomendable que revise las fechas y los años de los personajes, ya que Rubí tiene 3 edades diferentes y eso afecta la cronología de como sucedieron los hechos, no es a modo de crítica destructiva, es para que la historia tenga la milla extra de la excelencia.
Alba Dany Marroquin
por que pregunto la hipnotista por Rubi si esa chica es hermana de.ella no de el?
Alba Dany Marroquin
Rubi ? la de 18 años enfermera hija de su padre con la amante? ME CONFUNDES
Alba Dany Marroquin
como pasó Rubí de 18 años y enfermera a una niña.de.8 años???
Alicia Rodríguez
escritora que pena seguir insistiendo en las edades de los hijos de Nieves ya que dice que hace veinte años que se casó entonces Roberto que es el hijo mayor tendría unos 19años
Marilu Garcia
estimada aurora posiblemente este escribiendo 2 novelas a la vez de ahí la confusión en las edades 😑😑😑
Sylvia Iusin Borensztejn
Escribiste muy bien y tenes que ser más coherente con los personajes, si es epidemioooho no es abogado
si la hermana tiene 23 años no tiene 8.
Capaz que alguien lo puede leer antes de que lo publiques para ver estas contradicciones.
Gracias pir escribir
PD Si alguien muere en una epidemia el cadáver se trata como contaminado, no se expone a personas a ese cadáver.
Alicia Rodríguez
la historia esta muy interesante pero lo que no entiendo son las edades de cada uno de los hijos ya que tienen veinte años de casados y no mas aleria tiene más de veinte y la niña de la otra mujer nació dos años después del matrimonio entonces cuántos años tienen los hijos del matrimonio si son mayores que Alegra
Sylvia Iusin Borensztejn
rdzdz9dd7d7
Nancy Castro Castillo
demasiados vacíos, cambio en los personajes, en las edades, en los parentescos, en las profesiones
María de jesus Zepeda: así es bonita historia pero demasiadas notas cambiadas que al momento de leer cambian los datos , pero bonita historia..
total 1 replies
Nancy Castro Castillo
a qué horas Hugo llegó a los 63, y ahora los hijos del general resultaron nietos, pues con ese montón de años que le puso, 85
Nancy Castro Castillo
No Dios que locura, ahora Rodrigo resultó ser sobrino de la mamá, antes era hijo de Nieves.
Nancy Castro Castillo
ahora dizque Ignacio y Gabriel son hijos de Paloma, Ignacio era la mano derecha de Damián y Gabriel hermano de Alegra, que locura con la escritora, será que la cápsula le borro a ella los recuerdos 🤭🤭🤭
Nancy Castro Castillo
cuáles tres hijos de Paloma, acaso no era solo Damián?
Alicia Rodríguez
quien será j que tendrá que ver con la familia de Alegra?
Nancy Castro Castillo
ahora dizque la herida de Damián es en la mano porque golpeó una mesa, y antes era en la espalda porque alguien lo hirió
Adriana Elvi Hadeler
Es inconsistente primero dormían en habitaciones separadas después ya habían compartido la cama 🥴😵‍💫
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