Un brote biológico impredecible de origen desconocido transforma a la frenética ciudad de Bogotá en un Infierno claustrofóbico. Atrapados en la intersección entre la vida y la muerte —un complejo residencial contiguo al ala médica del Hospital San José—, Sofía y Mateo enfrentarán una pesadilla donde el peligro no solo proviene de infectados sedientos de sangre e implacables, sino de las mismas estructuras de un edificio surrealista que parece jugar con la lógica espacial y la gravedad. Separados por el azar, las decisiones apresuradas y el terror, su única salida será sobrevivir piso por piso en una odisea de 50 niveles de angustia, con el único fin de volver a sostener la mano del otro.
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LA GRIETA DE LA PARANOIA
El silbido del aire helado filtrándose por la brecha diagonal del apartamento 501 sonó como una fuga de vapor en un submarino averiado.
El yeso de la pared continuó desprendiéndose en escamas blancas que cayeron sobre el suelo del corredor. En cuestión de segundos, la fina cortina de niebla y condensación —cargada con los aerosoles del virus e impregnada con el olor a azufre y sangre de los pisos inferiores— comenzó a invadir el aire estancado del quinto nivel.
En el pasillo, el pánico estalló de forma instantánea y caótica.
—¡Nos contagiaron! ¡El aire del 4 entró! —gritó un hombre joven que salió del apartamento 502 sosteniendo a una niña pequeña envuelta en una cobija.
—¡Cierre la puerta, Guillermo! ¡Cierre el pasillo! —clamaba otra vecina desde el fondo, intentando empujar a su madre anciana en una silla de ruedas hacia el interior del 505.
Don Guillermo corrió hacia la brecha con la escopeta lista, pero al ver la grieta de veinte centímetros de ancho que recorría la pared de mampostería desde el marco de la puerta hasta el techo, se detuvo en seco. No había puerta que cerrar; la estructura del apartamento 501 se estaba separando físicamente del bloque central del edificio por la falla de la losa de asentamiento.
—¡Escúchenme todos! —gritó Mateo con voz tajante, interponiéndose entre la multitud aterrorizada y la brecha del muro—. ¡Que nadie respire cerca de la grieta si no tienen protección, pero no entren en pánico! Si están en este piso y no han colapsado, es porque no han entrado en contacto con sangre ni saliva infectada. ¡El virus por aire no los va a matar en este segundo si no entran en pánico!
—¡Ustedes trajeron esto! —chilló el joven del 502, señalando con un dedo tembloroso a Sofía y Mateo—. ¡El piso 5 estaba seguro antes de que ustedes salieran por ese maldito pozo! ¡Nos arruinaron a todos!
—¡Cállese, Ramírez! —lo atajó Don Guillermo, alzando la voz con la autoridad gastada de su cargo de administrador—. Ellos acaban de bloquear el montacargas. Si esa criatura sube por la guía, nos mata a todos en dos minutos. ¡Marcela! Vaya al 503 por los rollos de plástico transparente de embalar y la cinta de enmascarar ancha. ¡Rápido!
Sofía no esperó a que los vecinos procesaran las órdenes. Su mente analítica ya estaba ejecutando una solución técnica inmediata.
—Mateo, el marco del 501 no va a aguantar el peso si la losa sigue bajando —le dijo en un susurro rápido, pegándose a su hombro mientras vigilaba la oscuridad que se entreveía por la ranura del muro—. La brecha se está ensanchando porque el ladrillo es hueco. Si no taponamos la luz de la grieta ahora, el hedor va a atraer a los que están subiendo por la fachada exterior.
Mateo asintió y corrió al pequeño depósito de mantenimiento donde los vecinos guardaban las herramientas de jardinería y pintura del conjunto. Encontró dos sacos de diez kilogramos de pegamento para cerámica de fraguado rápido, una espátula de acero y una manguera de jardín fuera de uso.
—Guillermo, sostenga el plástico contra la pared mientras aplico el pegamento —ordenó Mateo, regresando al pasillo.
Marcela llegó corriendo con dos rollos grandes de vinipel. Trabajando en una coordinación desesperada, Sofía y Marcela desplegaron la película plástica sobre la grieta del ladrillo, estirándola con fuerza para crear una membrana hermética temporal contra la entrada de aire. Mateo, usando la espátula, comenzó a untar la pasta densa del pegamento de cerámica sobre los bordes del plástico, sellando las juntas contra la pintura del muro.
A través del plástico transparente, la escena al otro lado de la pared era aterradora.
En la oscuridad del apartamento 501 —cuyos ventanales exteriores habían colapsado horas antes—, se distinguía la silueta de un hombre con el traje de un repartidor de comida rápida. Estaba suspendido del marco de la ventana, enganchado únicamente por la tela de su chaqueta rota. La criatura no se movía, pero su boca se abría y cerraba en un espasmo continuo, chocando los dientes contra el marco de aluminio con un chasquido sordo que se transmitía por la pared como una vibración constante:
¡Tack... tack... tack!
—Está llamando a otros... —murmuró Sofía, sintiendo que un frío glacial le recorría los brazos mientras pulía el borde de la cinta sobre la mampostería.
—El pegamento necesita quince minutos para secar —dijo Mateo, limpiándose las manos llenas de polvo blanco en el pantalón—. Pero esta pared es un parche de papel. Si el piso 4 cede un centímetro más, la losa se va a traer abajo todo el apartamento 501. Guillermo, tienen que evacuar el piso 5.
—¿Evacuar a dónde, muchacho? —respondió Guillermo, dejando caer los brazos con desaliento mientras miraba el pasillo lleno de ancianos y niños aterrorizados—. Arriba no sabemos qué hay. El piso 6 es la zona del penthouse privado de los dueños del complejo y el piso 7 es la terraza técnica de los tanques de agua. Las puertas de acceso a esos niveles están cerradas con candados de alta seguridad desde el mes pasado.
—Tenemos que abrirlas —sentenció Mateo—. O nos quedamos aquí a esperar que la losa se desplome, o subimos piso por piso hasta el techo. Es la única vía donde la ventilación natural destruye la concentración de aerosoles.