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Le Propuse Matrimonio Al Demonio... El Ahora Será Mi Espada

Le Propuse Matrimonio Al Demonio... El Ahora Será Mi Espada

Status: En proceso
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Fantasía épica
Popularitas:5k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Él ahora será mi espada.
En su primera vida, Cassandra amó al hombre equivocado.
El príncipe heredero, su madrastra y su propia familia conspiraron contra ella hasta llevarla a una muerte cruel. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad.
Al despertar diez años atrás, Cassandra recuerda perfectamente el día en que comenzó su desgracia.
Esta vez no elegirá al príncipe que la traicionará.
Cuando el emperador le ofrece escoger a su futuro esposo como recompensa por su salvar a un miembro de la familia real, Rosalind señala al hombre que todos temen: Balkan Trudeau, el Demonio de Moldavia, heredero de un reino de guerreros que cabalgan dragones.
Él es cruel. Ella es vengativa.
Él descubre que su nueva prometida esconde un corazón tan oscuro como el suyo.
Y Cassandra solo necesita una cosa de su futuro esposo:
Que sea su espada mientras ella cobra cada deuda pendiente.

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La misma cuerda

El pliego de la casa de Vireo pesaba sobre el escritorio del conde como un animal muerto. Ocho mil oros. A fin de mes. Con intereses.

—Venderé las tierras del sur —dijo el conde, con la voz hueca.

—No venderás nada —lady Elara le arrebató el pliego—. Las tierras producen la renta que nos mantiene vivos. Si las vendes, el año próximo nos ahogamos igual.

—¿Y qué propones tú?

Lady Elara miró hacia la puerta del almacén.

—Siempre hay algo que se puede vender.

***

El cuadro llevaba cuarenta años durmiendo en el almacén: *Pinos y grullas para la longevidad*, el regalo que el rey difunto había hecho a la madre del conde, con una inscripción de su propio pincel. Nadie lo había tocado en cuatro décadas. Nadie, salvo el polvo, sabía que existía.

—Es un regalo real —el conde sudaba—. Venderlo es lesa majestad.

—Nadie tiene por qué saberlo —lady Elara ya había contado las monedas en su cabeza—. El comprador callará. Y en su lugar colgaremos una copia tan perfecta que ni tus propios ojos notarán la diferencia.

—Yo conozco a un maestro que puede pintarla —dijo Livia, desde la puerta, con los ojos brillantes—. Ha copiado firmas por deudas. Nadie distingue su mano de la original.

El conde miró el pliego de Vireo. Miró el almacén.

Y asintió.

***

La casa de empeños de la calle de los Curtidores era discreta como una tumba. El tendero examinó el cuadro durante un largo minuto y ofreció una cifra exacta: ocho mil oros. Ni uno más, ni uno menos.

—Sin recibos —exigió lady Elara—. Sin registros. Este asunto no existe.

—Como la señora ordene —el tendero se inclinó.

Esa fue la primera cuerda.

Tres días después, la copia colgaba en el almacén, y el original dormía en la trastienda. Y esa misma noche, Cassandra leyó el informe de la red de Balkan sin cambiar el rostro.

No sonrió. Solo dijo, en voz baja:

—La cuerda era la misma.

Le pidió a Balkan una sola cosa.

—Necesito que un cliente distinguido reserve un cuadro en una casa de empeños. Y que, cuando un hombre desesperado venga a recomprarlo, pague el triple.

—Conozco al cliente perfecto —dijo Balkan.

—Vireo —dijo ella.

Balkan sonrió. Las vetas brillaron.

—Vireo.

***

Cassandra visitó a la emperatriz una sola vez, y dijo una sola frase:

—Majestad, he oído que el almacén de la casa del conde tiene goteras. Quizá su majestad debería pedir ver el cuadro que el rey difunto regaló a mi abuela. Si está a salvo, no ocurrirá nada. Si no está… la verdad saldrá a la luz sin que yo toque nada.

La emperatriz la miró un largo momento. *La Mano Seca* no sonreía casi nunca. Cuando lo hizo, fue como ver sonreír a un cuchillo.

—Eres una muchacha peligrosa, Cassandra.

—Soy pintora, majestad. Solo sé dónde poner la luz.

***

En la corte, la emperatriz pidió, con su voz de mármol:

—Quiero ver de nuevo el cuadro de tu padre. El de los pinos y las grullas. Pídeselo al conde para la recepción.

El rey Aldric, que jamás negaba nada a su madre, lo pidió esa misma tarde.

El conde sintió que el corazón se le detenía en el pecho.

***

En la calle de los Curtidores, el tendero negó con la cabeza, apenado.

—Lo lamento, mi señor. Ya no está en venta. Un cliente distinguido lo ha reservado.

—Pagaré el doble.

—El cliente pagó el triple, mi señor. Veinticuatro mil oros.

El conde entregó los títulos de la casa y de las tierras. Entregó las últimas arcas. Entregó las joyas de lady Elara, que ella misma había guardado con llave. Y recibió, temblando, un rollo de tela envuelto en seda.

No lo abrió.

Esa fue la segunda cuerda.

***

La recepción olía a incienso y a cortesía. El conde presentó el cuadro con una sonrisa que parecía cosida a su cara.

El rey Aldric lo desenrolló.

Y el salón entero escuchó el silencio.

—Conde Aldous —dijo el rey, con una voz que no era su voz—. Esto es una falsificación.

—Imposible, majestad —el conde sintió que las piernas se le doblaban—. Estaba en el almacén. Lo revisé yo mismo…

—Mi padre tenía la mano temblorosa al final de su vida —el rey alzó los ojos, y en ellos no había furia todavía: había algo peor, que era asco—. Este pincel no tiembla. Este pincel miente.

Entonces, el duque de Vireo dio un paso al frente.

—Majestad, permitidme. —Se inclinó, sereno—. Hace unos días adquirí este otro lienzo en una casa de empeños discreta. Sospeché que era el regalo real. Lo compré para protegerlo… y devolvéroslo.

Desenrolló el segundo cuadro.

El pincel temblaba. La inscripción era la del rey difunto. El sello, el de la casa real.

El rey comparó. Tardó tres segundos. Los mismos que Vireo había tardado en el banquete de Livia.

—Vendisteis el regalo de mi padre —dijo el rey, y esta vez la furia sí estaba— y me trajisteis una mentira envuelta en seda. Diez mil oros de multa por el insulto, conde. Y quiero saber quién, en vuestra casa, vendió lo que no era suyo.

En algún rincón del salón, alguien murmuró: *pobre muchacha, qué familia de sanguijuelas le tocó.*

Cassandra, de pie junto a la emperatriz, bajó los ojos con modestia.

Ella no había tocado nada.

***

Aquella noche, en la mansión del conde, las llaves del almacén cambiaron de manos.

—Tú lo vendiste —el conde señalaba a lady Elara con un dedo que temblaba más que el pincel de su padre—. Tú lo propusiste. Tú trajiste la furia del rey a mi puerta.

Lady Elara se arrodilló. Livia y Dorian miraban desde la puerta, sin atreverse a respirar.

—Las llaves —dijo el conde—. La administración. Las joyas que te quedaban. Todo. De hoy en adelante, un intendente revisará cada moneda de esta casa.

Lady Elara entregó las llaves con las manos muertas.

Y por primera vez en diez años, la madrastra de Cassandra entendió lo que se sentía estar arrodillada en el patio de la mansión.

***

En la residencia de la prometida del demonio, Balkan limpiaba su daga con el paño negro.

—Vireo cobró barato —dijo, sin alzar la vista—. Devolvió el cuadro, ganó el favor del rey, y cobró su deuda con los intereses del conde. Todo en una sola jugada.

—Está aprendiendo a jugar —Cassandra se sirvió vino sin pedir permiso.

—¿Y qué ves cuando me miras a mí?

—Un hombre que disfruta viendo caer a los condes.

—Solo a los que venden lo que no es suyo. —Balkan dejó la daga sobre el paño—. ¿Cuál fue la pieza que no vi esta vez?

—Ninguna. —Cassandra bebió un sorbo, serena—. La pieza fue la copia. Era tan perfecta que la delató. El rey difunto temblaba al pintar. El falsificador no lo sabía.

Balkan la miró un largo segundo.

—La perfección también puede ser un error.

—Solo cuando nadie la merece —dijo ella.

***

Lejos de allí, en una habitación cerrada del palacio, el príncipe heredero escuchaba el informe de su espía con la respiración contenida.

—…y eso es todo, alteza. La muchacha pasó el año en la finca del sur, cuidando a su madre enferma… salvo un detalle.

—Habla.

—El día del ataque a la emperatriz, los médicos imperiales tardaron una hora en identificar el veneno. —El espía alzó los ojos, y en ellos había algo parecido al miedo—. La señorita Cassandra lo nombró antes de que nadie se lo dijera. Conocía el antídoto antes de que existiera diagnóstico.

Edric se quedó inmóvil.

*¿Cómo podía saberlo?*

Y entonces, como si hubiera estado esperando en la oscuridad de su memoria, volvió a escucharla, con aquella voz dulce que comentaba el clima:

*La última vez que sostuvieron mi garganta, estaban más calientes.*

El príncipe heredero de Solaria miró sus manos.

Y por primera vez en su vida, tuvo miedo de una muchacha que ya estaba muerta.

1
EspirituCreativo
Cassandra marca su camino... Pobre del que trate de pararla
Belky Gonzalez0
Ho Dios...Casandra es de temer.. me encanta 🥰
EspirituCreativo
🤭 Jaja lectora
Enderlay Correa
🤣🤣🤣 se la comió
EspirituCreativo
Gracias, ☺️
Enderlay Correa
muy buena me gusta
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