Dulce Serrano fue a una convivencia universitaria para hacerles un favor a sus amigas. Terminó contra una pared, besada por Emiliano Montero, el número nueve del equipo de básquet y el hombre al que medio campus quiere llevarse a la cama.
Él solo había salido del salón para librarse de las chicas que lo perseguían. Entonces Dulce tropezó frente a él y Emiliano reconoció la voz de la desconocida que llevaba cuatro días buscando. La sostuvo, ella le exigió que la soltara… y él perdió el control.
Dulce debería odiarlo. Emiliano es enorme, arrogante y peligrosamente intenso: justo lo contrario de los hombres tranquilos que siempre le han gustado. Pero el chico que con todos es hielo la cubre con su chamarra bajo la tormenta, vela su sueño por teléfono y aparece cada vez que ella tiene miedo.
Y Dulce lleva demasiado tiempo viviendo con miedo.
Uriel, un excompañero obsesionado que se hace pasar por su novio, ha vuelto a encontrarla. Cuando sus mentiras convierten a Dulce en el blanco de todo el campus, Emiliano le propone un trato: fingir que están juntos para dejar claro que ella nunca le perteneció a Uriel. Él pondrá el cuerpo, el nombre y hasta su carrera deportiva en juego. Ella no le deberá nada.
El problema es que Emiliano no sabe fingir cuando se trata de Dulce.
Entre rumores que se vuelven virales, una madre dispuesta a separarlos y una atracción que termina ardiendo detrás de cada puerta cerrada, el acuerdo empieza a parecerse demasiado a una relación de verdad. Uriel quiere poseerla. Emiliano quiere protegerla. Pero Dulce se cansó de que otros decidan por ella: esta vez va a defender su nombre, su deseo y su derecho a elegir… antes de que los celos, el escándalo y el deseo los consuman a todos.
Porque el número nueve nunca falla un tiro. Pero con Dulce ya perdió la cabeza, la defensa y el corazón.
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Capítulo 16
Cap 16: Lo dicho, dicho está
Emiliano apagó la cámara. Guardó el video —ese video— en una carpeta y le tendió la mano a Dulce, ahí en la penumbra de la sala, con la formalidad de quien cierra un negocio.
—¿Trato? —dijo.
Dulce miró la mano. Grande, callosa de tanto balón. La misma que le había torcido el brazo a un tipo y que le había abotonado con torpeza el cierre de la chamarra. Y a pesar de todo lo que se había jurado, a pesar del miedo, a pesar de un año entero de no confiar en nadie, la tomó.
—Trato —dijo—. Pero de mentiras. Que quede claro.
—De mentiras. —Emiliano le apretó la mano una vez—. Lo dicho, dicho está.
Y algo en la manera en que lo dijo —muy serio, sin la sonrisa de siempre— hizo que a Dulce el "de mentiras" le sonara, por un segundo, a la mentira más frágil del mundo.
—Ahora —dijo Emiliano, soltándole la mano— haz una cosa por mí. Saca el teléfono. Bórralo. A Uriel. De todos lados. Y bloquéalo. En todo. WhatsApp, llamadas, redes, lo que sea. Aunque te llame de un número nuevo mañana, hoy lo cortas de raíz. Y ya no le contestas ni una vez más. Ni una. Yo me encargo del resto.
Dulce sacó el teléfono. Y por primera vez en un año, con las manos temblándole un poco, pero con alguien al lado, hizo lo que nunca se había atrevido a hacer sola: entró a cada aplicación, buscó el nombre, y fue borrando y bloqueando, uno por uno, todos los rastros de Uriel Pacheco. Eliminar contacto. ¿Estás seguro? Sí. Bloquear. Reportar. Sí. Sí. Sí.
Cuando terminó, soltó el aire despacio, como quien suelta un peso que llevaba cargando en la espalda desde hacía meses.
—Ya —susurró—. Ya está.
—Ya está —repitió Emiliano.
*
Lejos de ahí, en un cuarto del Tecnológico de San Bernabé, un muchacho miró cómo su último mensaje se quedaba en un solo palomita gris que nunca se ponía azul.
Volvió a escribir. Un palomita. Llamó. "El número que usted marcó está fuera de servicio o fuera del área." Llamó otra vez. Lo mismo. Otra vez. Lo mismo.
Y el muchacho —bajito, delgado, con unos lentes gruesos que le agrandaban los ojos, un muchacho que había dejado la prepa un tiempo por "los nervios" y que hablaba de una chica que apenas lo saludó como si fuera el amor de su vida— se quedó mirando la pantalla que ya no le contestaba, con la respiración quebrándose, hasta que algo dentro de él, tenso desde hacía un año, se rompió sin ruido. Estrelló el teléfono contra la pared. Se dejó caer en un rincón, abrazado a sus rodillas, y empezó a mecerse y a murmurar cosas que no tenían sujeto ni sentido, un nombre, una promesa que nadie le había hecho, un "es mía, ella es mía" repetido en voz baja en el cuarto vacío.
Nadie lo consoló. Nadie lo vio. Y esa soledad no lo ablandó: lo endureció.
*
Dulce y Emiliano salieron de la sala ligeros, casi contentos, como si hubieran firmado una tregua. En el pasillo se toparon con Fer, que venía de la sala seis con los brazos cruzados, la boca fruncida y un humor de perros.
—Nos vamos —anunció Fer, agarrando a Dulce del brazo—. Ya. Ahorita mismo.
—¿Qué pasó? —Dulce miró hacia atrás. Toño venía detrás, con los pulgares enganchados al cinturón y cara de no entender nada—. ¿Se pelearon?
—No me habló en toda la película. —Fer echaba humo—. Se quedó pegado al teléfono revisando jugadas de básquet. ¡A mí! ¡Que me trajo al cine! Patán. Sin clase. Animal.
—Yo pensé que querías ver la peli —protestó Toño.
—¡Con eso te digo todo!
Emiliano, sabiamente, no se metió. Pidió un taxi para las dos muchachas, se aseguró de que se subieran, le dijo a Dulce "descansa, y cualquier cosa me marcas, cualquier cosa" con una voz que ya no sonaba a coqueteo sino a guardia, y no se subió con ellas. Se quedó en la banqueta viendo el taxi alejarse. Dulce, por la ventanilla, no pudo evitar voltear una vez.
*
Al día siguiente, en el vestidor del gimnasio universitario, Emiliano acorraló a Toño contra los casilleros.
—Necesito que me averigües a alguien.
—Otra vez con eso. —Toño se soltó—. La última vez que te averigüé a alguien acabaste besándola contra una pared. ¿Ahora a quién?
—Uriel Pacheco. Tecnológico de San Bernabé. —Emiliano bajó la voz—. Es el que trae a Dulce hostigada. Quiero saber todo. Quién es, cómo es, con quién anda.
Toño, que de payaso tenía la mitad y de leal la otra mitad, se puso serio y para la tarde ya había averiguado lo que se podía averiguar por conocidos de conocidos.
—A ver, carnal, lo que saqué. —Se sentó en la banca frente a Emiliano—. El tipo es bajito, flaquito, usa unos lentes de fondo de botella. Raro. De los que no te miran a los ojos o te los clavan de más, no hay término medio. Dejó la prepa como medio año, dicen que "por nervios", vaya usted a saber qué quiere decir eso. Y en el Tecnológico casi no tiene amigos, se la pasa solo. —Se rascó la nuca—. Emi, te lo digo en serio, sin broma: ese cuate no está bien. No es un galancito celoso. Es de los que se obsesionan feo. No te metas de más. Habla con la escuela, con la fiscalía, con quien sea, pero no lo enfrentes tú solo, ¿me oyes?
—¿Y de la denuncia? —preguntó Emiliano—. ¿Se puede hacer algo por lo legal?
—Ahí está el detalle. —Toño hizo una mueca—. Pregunté. Mientras no la toque, no la golpee, no haya una lesión, una amenaza por escrito, algo que se pueda probar… es su palabra contra la de ella. Puede levantar una denuncia, pedir una medida de protección, pero sin pruebas duras la cosa avanza lento y a veces ni avanza. —Se encogió de hombros, incómodo—. Ojalá te dijera otra cosa, carnal. Pero así está.
Emiliano guardó silencio, procesando. Un tipo obsesionado, solo, sin nada que perder, y una ley que no se movía hasta que ya era tarde. Peor de lo que pensaba.
—Voy a necesitar tener cerca a Dulce —dijo—. Todo el tiempo. Pero sin estar los dos solos.
—¿Por?
—Porque cuando estoy solo con ella —Emiliano se apretó el puente de la nariz— no respondo. Y le prometí que no. Así que necesito gente alrededor. Testigos. Que me obliguen a portarme. —Levantó la vista hacia Toño, y por su cara pasó la sombra de un plan—. Por eso los cuatro. Tú, Fer, Dulce, yo. Otra vez. Más seguido. Salidas los cuatro. Así la cuido y no la…
—No.
—Toño.
—Que no. —Toño se levantó de la banca de un salto, con las manos en alto, retrocediendo hacia la puerta del vestidor como quien huye de un fantasma—. Ni de broma. Ni loco. Con esa fiera, ¿otra vez? ¿Toda una tarde? ¿La salvaje esa que me dijo patán, animal y sin clase en la misma frase, que me hizo tirar mis chilaquiles y que se enojó porque vi una jugada en el cine? —Sacudió la cabeza con todo el cuerpo—. No, carnal. Entiéndeme. No.
—Es una tarde.
—No.
—Toño.
—No, no y no.