En un mundo donde demonios y ángeles se enfrentan desde siempre, Kaelen, un poderoso señor demonio, lucha por mantener unida a su familia mientras se enfrenta a prejuicios, secretos y pérdidas.
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— Secretos que pesan como montañas
La conversación con su padre había dejado a Leonardo con el corazón más tranquilo, pero también con el alma llena de preguntas que no sabía cómo formular. Se quedó un rato más abrazado a Kaelen, sintiendo el latido fuerte y rítmico de su pecho bajo la mano, hasta que el cansancio empezó a pesarle en los párpados. Su padre lo acostó con cuidado, le arropó como cuando era niño, y le acarició la frente con una ternura que lo hacía sentir protegido del mundo entero.
—Descansa, mi ángel —le susurró antes de salir—. Mañana será otro día. Y mientras yo esté aquí, nadie te hará daño.
Pero cuando la puerta se cerró y Leonardo se quedó solo en la penumbra, la sensación de seguridad empezó a desvanecerse poco a poco. Las palabras de Morgana, la amenaza de Malak, la confusión de Damian… todo volvía a girar en su cabeza como una tormenta que no se calma. Se giró en la cama, abrazando la almohada, y se prometió a sí mismo que no se quedaría quieto esperando a que los demás decidieran su destino.
A la mañana siguiente, el desayuno en la mansión se sentía más tenso que de costumbre. Morgana presidía la cabecera de la mesa con una elegancia gélida, moviendo la taza de plata con dedos largos y finos, como si todo lo que la rodeaba estuviera por debajo de su dignidad. Valeria estaba a su derecha, radiante y sonriente, lanzando de vez en cuando miradas rápidas hacia Damian, que comía en silencio, con la mirada fija en su plato. Leonardo se sentó lo más lejos que pudo de ambos, manteniendo la mirada baja, esperando pasar desapercibido.
—Hoy hay reunión en el consejo de clanes —anunció Morgana con voz clara y cortante—. Se hablará de las fronteras y de los tratos con los reinos celestiales. Me parece importante que todos estemos presentes. Para que sepan de qué lado está esta familia.
Marco soltó una risa seca y apartó la taza.
—¿De qué lado? —repitió—. Del lado que odia a los ángeles, supongo. Aunque algunos aquí no estén muy de acuerdo.
Leonardo sintió que todos los ojos se posaban en él. Levantó la mirada despacio y encontró la de su padre, que lo miraba con advertencia y ternura a la vez.
—No hables así, Marco —intervino Kaelen con tono firme—. No todos piensan igual, y eso no es una ofensa. Lo importante es que nos respetemos.
—¿Respeto? —Morgana dejó la taza con un golpe seco sobre la mesa—. ¿Y dónde queda el respeto a nuestras tradiciones, Kaelen? ¿A nuestra sangre? A veces parece que aquí se valora más lo que viene de afuera que lo que lleva nuestra sangre desde siempre.
—No se trata de valorar una cosa sobre otra —respondió Kaelen, con calma pero con firmeza—. Se trata de justicia. Y de no confundir odio con lealtad.
La conversación se quedó ahí, suspendida en el aire, pesada y llena de cosas que nadie se atrevía a decir. Leonardo se levantó antes de terminar de comer, murmurando que se sentía mal, y salió de la sala lo más rápido que pudo. No quería escuchar más palabras que lo hicieran sentir como un intruso en su propia casa.