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El Corazón Que No Se Apura

El Corazón Que No Se Apura

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Romance / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:181
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Lucía tiene 8 años, pero su corazón y su mente crecen despacio, muy despacio. En un mundo que todo lo apura, ella vive a su propio ritmo, con la inocencia de una niña que ve flores en cada rincón y amor en cada sonrisa. Su vida cambia cuando conoce a Julián, un chico que aprenderá a ver el mundo con sus ojos. Juntos, descubrirán que lo más importante no es llegar primero, sino disfrutar del camino… y que el amor, por muy lento que sea, siempre llega.

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CAPÍTULO 7 El nuevo hogar de Julián

Pasaron tres días desde que el médico vino a la casita. Tres días en que el tiempo pareció haberse doblado, lento y pesado como el aire gris que seguía colgado sobre el pueblo.

La abuela Rosa seguía en cama. La fiebre había bajado un poquito, ya no quemaba tanto, pero seguía débil, tan débil que a veces no tenía fuerzas ni para sentarse a comer sola. El médico había sido muy claro: mínimo dos semanas de reposo absoluto, sin levantarla ni para nada, o el pecho se le volvería a inflamar y las cosas se pondrían muy mal.

Julián lo había escuchado, y había entendido perfectamente lo que eso significaba.

Durante esos tres días había ido y venido corriendo de casa de su tío Don Humberto a la casita de madera: se levantaba a las cinco de la mañana, cocinaba el desayuno, le daba la medicina a la abuela, ayudaba a Lucía a vestirse, daba de comer a Mota y Chispa, corría al taller a trabajar unas horas, volvía corriendo para almorzar, volvía al taller, volvía para la cena, se quedaba hasta que las dos dormían, y entonces caminaba veinte minutos a oscuras hasta la casa de su tío para dormir cuatro o cinco horas, y volver a empezar.

Estaba agotado. Tenía ojeras oscuras bajo los ojos, la camisa siempre arrugada, las manos llenas de astillas de madera del taller. Pero nunca se quejó. Nunca miró a Lucía con cara de cansancio, nunca le dijo a la abuela que era demasiado. Simplemente lo hacía. Porque lo tenían que hacer. Porque eran las únicas personas que le habían demostrado cariño de verdad en muchísimo tiempo.

La cuarta noche, después de que las dos se durmieran, salió al porche y se sentó en el escalón de piedra, el mismo donde Lucía se pasaba las horas mirando las hormigas. Se pasó una mano por la cara, respiró hondo el aire frío de la noche, y supo que no podía seguir así. Iba a terminar enfermo él también, y entonces ¿quién las cuidaría a ellas?

Tenía que mudarse. Tenía que venir a vivir ahí, a la casita. No había otra forma.

A la mañana siguiente, antes de empezar la rutina, fue a ver a Don Humberto al taller. El carpintero mayor lo miró de arriba abajo, vio sus ojeras, su ropa desaliñada, y suspiró antes de que Julián abriera la boca.

—Ya sé lo que vas a pedir —dijo, secándose las manos en su delantal manchado de cola—. Quieres irte a vivir a casa de la abuela Rosa. Para cuidarlas.

Julián asintió, un poco sorprendido.

—Sí, tío. No puedo seguir corriendo de un lado a otro. Alguien tiene que estar ahí todo el tiempo. Ella no puede valerse sola todavía, y Lucía… usted sabe cómo es Lucía. Necesita a alguien que la espere, que no la apure.

Don Humberto se quedó callado un rato, mirando por la ventana del taller hacia la plaza. Luego asintió, muy despacio.

—Está bien —dijo—. Tienes razón. Esa pobre mujer no tiene a nadie más, y la niña… esa niña no se merece que la dejen sola. Puedes irte. Te guardo tu puesto aquí, vienes a trabajar las horas que puedas, por la tarde o cuando ellas estén tranquilas. Pero escúchame bien, muchacho —lo miró a los ojos, muy serio—. La gente de este pueblo… le gusta mucho hablar. Mucho. Un chico de tu edad, viviendo solo con una niña de ocho años y una anciana enferma… van a decir cosas feas. Cosas muy feas. Tienes que estar preparado. No les hagas caso. Sigue haciendo lo bueno, y al final la verdad siempre sale a la luz. ¿Entendido?

—Entendido —dijo Julián, y sintió que un peso enorme se le quitaba de encima.

—Y otra cosa —agregó Don Humberto, tomando una llave vieja de bronce de un cajón—. Aquí tienes la llave del depósito de herramientas chico. Te puedes llevar las que necesites para arreglar lo que haga falta en esa casa. Se cae a pedazos, ya lo sé. La abuela ya no tiene fuerzas para arreglarla.

Julián agarró la llave, y por primera vez en días sonrió de verdad.

—Gracias, tío. De verdad.

—No me des las gracias todavía —gruñó el carpintero, pero tenía un brillo suave en los ojos—. Vete. Recoge tus cosas. Y cuídalas.

La mudanza fue la cosa más sencilla del mundo. Julián no tenía casi pertenencias: un bolso de lona con ropa, su chaqueta de cuero negra, algunos libros que casi nunca leía, una foto pequeña y doblada de su mamá que guardaba en la cartera, y sus herramientas de carpintero más queridas. Nada más. En un solo viaje lo llevó todo a la casita de madera.

La habitación que le dieron era la más chica de toda la casa, al fondo, junto a la cocina, la que la abuela usaba antes para guardar cajas viejas y ropa de invierno. Tenía una ventana pequeña que daba al jardín trasero, una cama de madera vieja que crujía mucho, y un armario con una puerta que no cerraba bien. Estaba llena de polvo y de telarañas en las esquinas.

—Para mí es perfecta —dijo Julián, dejando su bolso sobre la cama.

Lucía había estado parada en la puerta todo el rato, mirándolo en silencio, con Mota en brazos y Chispa sentado a sus pies. Cuando él dijo eso, ella sonrió, muy despacio, y entró en la habitación sin preguntar. Se agachó, agarró un trapo viejo que había traído de la cocina, y empezó a limpiar el polvo del estante de abajo, muy despacio, muy concentrada, como si fuera la tarea más importante del mundo.

—Ayudo —dijo, sin levantar la vista.

Julián se agachó a su lado.

—Sí, me ayudas mucho. Gracias, Lucía.

Entre los dos tardaron casi toda la mañana en dejar la habitación medianamente limpia. Ella limpiaba el mismo sitio cinco o seis veces, sin darse cuenta de que ya estaba limpio, y él no la apuraba. Dejaba que lo hiciera a su paso. Cuando terminaron, la habitación olía a jabón suave y a aire fresco que entraba por la ventana abierta. Julián colgó su chaqueta de cuero detrás de la puerta, y en ese momento, al verla ahí colgada, supo que ya no se iba nunca más. Que esa casita chiquita, vieja y llena de grietas, era su verdadero hogar.

La nueva rutina empezó al día siguiente, y se acomodó como si siempre hubiera sido así.

Julián se levantaba a las cinco. Encendía el fuego de la cocina, preparaba el desayuno, dejaba la medicina de la abuela medida en una cuchara sobre la mesa de noche. Luego salía al jardín trasero, donde había armado un pequeño taller improvisado con un tronco grueso como mesa y sus herramientas, y trabajaba un par de horas haciendo sillas, mesas pequeñas y juguetes de madera que luego vendía en la plaza o en la tienda de Doña Clotilde. Así ganaba un poco de dinero para comprar comida y lo que hiciera falta.

A las ocho despertaba a Lucía. La ayudaba a vestirse, se aseguraba de que se lavara bien la carita y los dientes, desayunaban juntos, y luego ella se quedaba en el jardín con él, jugando con los animales o dibujando en el suelo con un trozo de carbón. De vez en cuando se acercaba calladita, le dejaba un vaso de agua fresca al lado de sus manos, y se volvía a ir sin decir nada. Nunca lo molestaba. Nunca le pedía nada. Solo estaba ahí.

Por la tarde, cuando el sol estaba más fuerte, entraban a la casa. Julián le leía cuentos en voz alta a Lucía —aunque ella no entendía muchas palabras, le gustaba escuchar su voz grave y tranquila—, revisaba a la abuela, le cambiaba los paños de la frente, le ayudaba a comer. A veces la abuela tenía fuerzas para hablar un rato, y le contaba historias de cuando Lucía era bebé, de cómo había llegado a la casa de reparto, una cosita pequeña y roja que lloraba todo el día. Julián escuchaba cada palabra, guardándolas en su memoria, como si fueran tesoros.

Todo parecía ir bien. Todo parecía tranquilo.

Pero Don Humberto tenía razón.

La gente del pueblo habla. Y habló.

Empezó despacio, como todo lo malo: miradas de reojo cuando Julián salía con Lucía de la mano hacia la plaza, cuchicheos que se callaban en cuanto él se acercaba, sonrisas falsas que no llegaban a los ojos. Al principio él no lo notaba, o fingía no notarlo. Tenía otras cosas en la cabeza. Pero una tarde fue a la tienda de Doña Clotilde a comprar leche y pan, y la mujer lo detuvo antes de que se fuera, agarrándolo del brazo con su mano gorda y caliente.

—Muchacho —le dijo, muy bajito, mirando hacia la puerta por si pasaba alguien—. Tienes que tener cuidado. Hay gente por ahí diciendo cosas muy feas de ti.

Julián se quedó quieto.

—¿Qué cosas? —preguntó, aunque ya se imaginaba la respuesta.

Doña Clotilde suspiró, frotándose las manos.

—Dicen… dicen que no es normal. Un chico de dieciséis años, viviendo solo en una casa con una niña de ocho y una anciana que no puede ni levantarse de la cama. Dicen que tú te aprovechas. Que tienes malas intenciones. Que la abuela está enferma y no se da cuenta de nada. Yo sé que no es verdad, Julián, yo te conozco, sé que eres un buen muchacho… pero hay gente mala, que no tiene nada mejor que hacer que inventar mentiras para sentirse mejor.

Julián sintió cómo la sangre le subía a la cabeza, caliente y furiosa. Apretó los puños con tanta fuerza que le dolieron los nudillos. ¿Cómo se atrevían? ¿Cómo podían decir esas cosas de Lucía? De esa niña que no le hacía daño a nadie, que solo daba flores y dibujos y sonrisas? De la abuela que había dado todo por los demás toda su vida? De él, que solo quería cuidarlas, que no había tocado ni un pelo a Lucía con mala intención ni en sueños?

—¿Quién lo dice? —preguntó, con la voz tan baja que casi no se oía.

—No importa quién —dijo Doña Clotilde, apretándole el brazo—. Lo importante es que no les hagas caso. No te enojes, no les contestes. Si lo haces, les das la razón. Sigue siendo el mismo buen muchacho de siempre. La verdad se sabe sola. Ya verás.

Julián asintió, pero no estaba seguro de poder cumplirlo. Salió de la tienda con la bolsa de las compras en la mano, y todo el camino de regreso a la casa sentía las miradas clavadas en su espalda. Cuando pasó por la plaza, vio a un grupo de señoras sentadas en un banco que se callaron de golpe en cuanto lo vieron pasar, y luego se rieron bajito, tapándose la boca con las manos.

Entró en la casita de un portazo, más enojado que nunca en su vida. Se apoyó en la mesa de la cocina, respirando hondo, intentando calmarse, cuando sintió una manita pequeña que le tomaba la mano con suavidad.

Era Lucía.

Había oído el portazo, había visto su cara roja de rabia, y había venido despacio desde el jardín, sin hacer ruido. No dijo nada al principio. Solo lo miró a los ojos, con su mirada grande, limpia, sin juicio, sin preguntas, y luego apretó su mano entre las dos suyas, muy fuerte para lo pequeña que era.

—No… enojado —susurró, despacio.

Julián miró hacia abajo, hacia ella. Toda la rabia se le derritió de golpe, convirtiéndose en un nudo en la garganta. Se agachó hasta quedar a su altura, y pasó una mano por su pelo rizado.

—No estoy enojado contigo, cielo —dijo, intentando sonreír—. Nunca podría estarlo. Es… es con la gente de fuera. Dicen cosas feas.

Lucía frunció el ceño un poquito, pensando. No entendía qué cosas feas, ni por qué las dirían. Solo entendía que él estaba triste, que le dolía algo por dentro. Y eso era lo único que le importaba.

—Despacio —dijo, como siempre, como si esa palabra arreglara todo lo malo del mundo—. No… gritar.

Julián soltó una risa amarga, con los ojos un poco húmedos.

—Tienes razón. Despacio. No gritar.

Esa noche, después de cenar una sopa caliente que Julián había preparado —no tan buena como la de la abuela, pero comestible—, la abuela llamó a los dos a su habitación. Estaba sentada en la cama, apoyada en las almohadas, con una manta hasta la cintura. Se veía más fuerte, un poco más color en las mejillas.

—Ya oí lo que pasa en el pueblo —dijo, sin darles vueltas. Había escuchado a Doña Clotilde cuando vino a visitar esa tarde—. Oí las mentiras.

Julián se puso de pie de inmediato, la frente fruncida.

—Doña Rosa, yo le juro que nunca…

—Cállate, muchacho —lo interrumpió ella, con una voz firme que no dejaba lugar a dudas—. No tienes que jurarme nada. Yo te conozco. Sé lo que eres. Sé que te has quedado aquí por nosotras, que te desvelas, que trabajas como un burro sin que te lo pida nadie. No me importa lo que diga la gente. Me importa lo que hay aquí —se tocó el pecho, justo sobre el corazón—. Y tú tienes un corazón grande, Julián. Más grande que el de todos esos chismosos juntos.

Se giró hacia Lucía, que estaba sentada en el borde de la cama acariciando a Mota.

—Y tú, mi vida —le dijo, pasándole una mano por la mejilla—, tú no tienes que entender nada de esto. Solo tienes que saber que Julián es de la familia ahora. Que está aquí para quedarse. Que nos va a cuidar siempre, pase lo que pase.

Lucía miró a la abuela, luego miró a Julián. Sonrió, esa sonrisa suya que iluminaba todo, y asintió tres veces, muy segura.

—Familia —repitió, despacio, probando la palabra como si fuera un caramelo dulce en la boca.

Julián tuvo que desviar la mirada hacia la ventana, para que no vieran que se le caía una lágrima. Nadie nunca lo había llamado familia. Nadie nunca le había dicho que pertenecía a algún lado. Siempre había sido el sobrino que vino de la ciudad, el chico malo, el problema que había que enderezar. Y ahora, en esta casita vieja, con una abuela enferma y una niña que pensaba despacio, por primera vez en su vida sentía que estaba en casa.

—Sí —dijo, cuando pudo hablar sin que le temblara la voz—. Soy de la familia. Y me quedo. Pase lo que pase. No me voy nunca.

Más tarde, cuando todo el pueblo dormía, Julián salió otra vez al porche. El aire estaba fresco, olía a lluvia que venía. Se quedó mirando las luces de las casas de los vecinos, donde la gente seguía seguramente hablando, inventando mentiras, juzgando sin saber.

Pero ya no le importaba tanto.

Lo que decían los demás no cambiaba nada. No cambiaba que la abuela dormía tranquila en su cama, que Lucía soñaba sonriendo en la suya, que Mota y Chispa ronroneaban a sus pies, que esta casita chiquita y rota era ahora su hogar.

Podían hablar todo lo que quisieran. Podían mirar mal, podían cuchichear, podían inventar lo que se les ocurriera. Él no se iba a ir. No los iba a abandonar. Iba a seguir cuidándolas, iba a seguir trabajando, iba a seguir caminando despacio al lado de Lucía, sin importarle nada más.

Don Humberto tenía razón: la verdad siempre salía a la luz.

Pero mientras tanto, él tenía una familia que cuidar. Y nada, absolutamente nada, lo iba a detener.

Lo que no sabía aún, mientras miraba la noche callada, era que esos rumores, esas mentiras, esas miradas de reojo… no se quedarían solo en las plazas y en las tiendas.

Pronto llegarían a oídos de alguien que ya había puesto sus ojos en Lucía. Alguien que creía saber qué era lo mejor para ella, mejor que ella misma, mejor que su familia.

Alguien que usaría esas mismas mentiras para intentar destrozarles la vida.

Alguien llamado Doña Carmen.

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