Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.
Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.
Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.
Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.
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Capítulo 22
Esa tarde, después de que Sebastián se retiró a atender a alguien en el estudio, Patricia invitó a Valeria a sentarse en la terraza trasera. La brisa vespertina soplaba fresca y envolvía el ambiente de una calma apacible.
Patricia sirvió té caliente en dos tazas.
—Valeria.
—¿Sí, mamá? —respondió la nuera.
Patricia echó un vistazo a la derecha y a la izquierda para cerciorarse de que no hubiera nadie más. Luego se acercó con una sonrisa cargada de intención.
—Quiero preguntarte algo —dijo en voz baja.
—Pregunte lo que quiera, mamá. —Valeria también bajó el tono, contagiada del secretismo.
Patricia juntó las puntas de los dos índices y empezó a golpearlos uno contra el otro, mientras arqueaba las cejas de forma sugerente.
—Tú y Sebastián ya... ¿hicieron esto? —Carraspeó levemente.
Valeria frunció el ceño. Pasó la mirada del rostro de Patricia a los dos dedos que se tocaban rítmicamente.
—¿Se refiere a pelear, mamá? —preguntó con absoluta inocencia.
—¡No! —Patricia sacudió la cabeza.
—¿Entonces qué, mamá? —La nuera parecía genuinamente perdida.
Patricia también se desconcertó.
—Pues eso, lo de... —El rubor le fue subiendo por las mejillas.
—¿Ya duermen juntos como marido y mujer?
Valeria soltó un suspiro de alivio.
—Ah...
Patricia le devolvió la sonrisa.
—¿Sí? ¿Ya?
—Sí, mamá.
—Qué bueno.
Sin embargo, la sonrisa de Patricia se fue congelando cuando Valeria continuó hablando con la misma cara de inocencia.
—Todas las noches me duermo primero en la cama. Sebastián a veces se queda dormido en el sofá leyendo.
Patricia parpadeó varias veces.
—¿Qué?
Valeria asintió con convicción.
—A veces, si está muy cansado, se acuesta directo en la cama.
Patricia se masajeó la sien.
—Valeria.
—¿Sí, mamá?
—No me refiero a eso.
Valeria se vio aún más desconcertada.
—¿No?
Patricia se cubrió la cara unos segundos antes de volver a preguntar, esta vez con la voz todavía más baja.
—Lo que quiero saber es si ya son marido y mujer de verdad.
Valeria por fin comprendió. En un parpadeo, el rostro se le encendió hasta las orejas. Hundió la cabeza tan profundo que la barbilla casi le tocó el pecho.
—E-eso... todavía no, mamá.
Patricia parpadeó.
—¿Cómo?
Valeria asintió sin levantar la vista.
—Dormimos en el mismo cuarto, sí. Pero nunca hemos... —Negó despacio—. Abrazarnos, solo una vez. Y fue sin querer, porque nos quedamos dormidos.
Patricia cerró los ojos y exhaló un suspiro largo. Enseguida se dio una palmada en la frente mientras murmuraba:
—Ay, Dios, Sebastián... ¿tú eres un marido de armas tomar o un marido de adorno?
Valeria se retorcía el borde de la blusa de la vergüenza.
—No es que Sebastián no sea bueno. Soy yo la que todavía no se anima. Además, él nunca me ha presionado.
Patricia sonrió con ternura al escuchar aquello. Le tomó la mano a Valeria y se la apretó con calidez.
—Sebastián siempre ha sido así. Desde niño jamás le impuso su voluntad a nadie. Entonces me quedo tranquila.
Valeria levantó la cara.
—¿Por qué, mamá?
Patricia le acarició el dorso de la mano.
—Porque quiero que construyan su matrimonio amándose de verdad y sintiéndose listos los dos. No por obligación.
Valeria asintió despacio.
—Sí, mamá.
Lo que ninguna de las dos advirtió fue que, al otro lado de la puerta del estudio —que había quedado entreabierta—, Sebastián acababa de salir. Alcanzó a captar el final de la conversación. El hombre se limitó a negar con la cabeza y a soltar el aire en silencio.
—Mamá, ¿por qué tiene que meterse en eso? —murmuró para sí.
Patricia, que descubrió a su hijo parado en el umbral, le dedicó una sonrisa traviesa. Sebastián giró sobre sus talones con la intención de marcharse, lo que hizo que Valeria, al notarlo, se pusiera aún más nerviosa. El rostro le ardía como un tomate, mientras la risa menuda de Patricia llenaba la terraza y convertía aquella tarde tibia en un momento de felicidad sencilla.
Cuando la risa de Patricia se apagó, la terraza recobró la calma. Valeria seguía con la cabeza gacha. La vergüenza no se le iba. Ni siquiera se atrevió a voltear hacia Sebastián, que ahora estaba de pie a unos pasos de ellas.
Patricia le dio un codazo suave a su hijo.
—Sebastián.
—Sí, mamá.
—No te quedes ahí parado como estatua. ¡Ven acá!
Sebastián exhaló con resignación.
—Está bien.
Caminó hacia ellas con el semblante impasible de siempre, como si nada hubiera pasado. Pero las orejas ligeramente enrojecidas no le pasaron inadvertidas a Patricia.
—¡Mira nada más! —lo provocó con una sonrisa—. Resulta que no solo Valeria se avergüenza.
Sebastián carraspeó.
—Mamá.
—¿Qué?
—Mejor dejemos el tema.
Patricia soltó una risita.
—Solo quería asegurarme de que estuvieran bien.
—Estamos bien —respondió Sebastián con su parquedad acostumbrada.
Patricia asintió despacio. Conocía de sobra la personalidad de su hijo: detestaba ser el centro de atención.
—Bueno. Les creo.
Se puso de pie y recogió las dos tazas ya vacías.
—Quédense aquí a platicar un rato ustedes dos. Yo voy a ver si la cena ya está lista.
—Sí, mamá —contestó Valeria en voz baja.
En cuanto Patricia desapareció dentro de la casa, el silencio cayó de golpe. Solo se oían los pájaros que regresaban a sus nidos y el susurro del viento entre las hojas y las ramas.
Valeria seguía jugueteando con el borde de su blusa. Sebastián, de pie, contemplaba el jardín. Pasaron varios segundos sin que ninguno abriera la boca.
Finalmente fue Sebastián quien carraspeó primero.
—Perdón.
Valeria alzó la cara de inmediato.
—¿Por qué me pides perdón?
—Porque mi mamá te hizo pasar un mal rato.
Valeria se apresuró a negar.
—No es culpa de tu mamá.
—¿Entonces?
—Es que yo soy muy penosa.
La respuesta, tan directa y sin artificio, le dibujó a Sebastián una sonrisa fina. Se volvió a mirarla.
—Entonces yo también te pido disculpas.
—¿Y ahora por qué? —Valeria estaba cada vez más confundida.
—Yo también sigo sintiéndome incómodo.
Los ojos de Valeria se agrandaron.
—¿Tú también?
—Sí.
—Yo creía que era la única. —Le salió una sonrisa torpe.
Sebastián negó con suavidad.
—Es la primera vez que soy esposo de alguien.
La frase, tan llana, le arrancó a Valeria una risa breve. Una risa suave, pero suficiente para que Sebastián también sonriera.
—Resulta que los dos somos novatos —dijo ella.
Sebastián asintió.
—Sí.
Valeria reunió coraje.
—Entonces vayamos aprendiendo poco a poco.
La mirada de Sebastián se ablandó.
—De acuerdo. Sin prisas. Mientras los dos estemos a gusto.
—Sí. —Valeria asintió con firmeza. Algo en su interior se destensó por completo.
Desde el principio le había atemorizado la idea de que Sebastián la obligara a cumplir todo como una obligación de esposa. Pero la realidad era que aquel hombre siempre le respetaba los sentimientos. Ese detalle, en apariencia pequeño, le hizo admirarlo todavía más.
La noche avanzó. Después de asearse, Valeria se sentó frente a un escritorio pequeño en un rincón de la habitación. Sobre la mesa ya estaban dispuestos varios libros de estudio básico que Sebastián le había comprado como preparación para la universidad.
Valeria abrió la primera página con entusiasmo. Leyó con atención, deteniéndose de vez en cuando para tomar notas.
Sebastián, que acababa de salir de la ducha, la observó desde el otro extremo de la habitación.
—¿Ya te pusiste a estudiar?
—Sí.
—¿No estás cansada?
Valeria negó con una sonrisa.
—Me da miedo quedarme atrás cuando empiecen las clases.
Sebastián se acercó. Vio la letra prolija de Valeria llenando la libreta de apuntes.
—Te lo estás tomando muy en serio.
—No quiero desperdiciar la oportunidad que me diste.
Al oír eso, Sebastián guardó silencio unos instantes. En su fuero interno, confirmó que no se había equivocado al aceptar a Valeria como su esposa. La muchacha provenía de una familia humilde. Sus oportunidades de estudio y de vida habían sido escasas. Sin embargo, sus ganas de aprender superaban con creces las de mucha gente que él había conocido.
Le pasó la mano por la cabeza con suavidad.
—Poco a poco. No te exijas demasiado.
Valeria levantó la cara. Esa caricia le aceleró el pulso.
—Sí, Sebastián.
Sin advertirlo, una sonrisa les afloró a ambos al mismo tiempo.
La noche transcurrió apacible. No hubo incomodidad de más. Solo dos personas que, paso a paso, aprendían a conocerse, a entenderse y a construir un espacio de bienestar dentro de un matrimonio que había nacido de un arreglo. Sin que ninguno de los dos lo previera, las semillas del amor germinaban despacito, sin fuerza y sin prisa.