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HASTA QUE SEAS MÍA

HASTA QUE SEAS MÍA

Status: En proceso
Genre:Matrimonio contratado / Posesivo / Divorcio
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Enn Gómez

Isabella Mason creyó que su matrimonio con Alan sería para siempre.

Lo amó, lo apoyó cuando no tenía nada y permaneció a su lado mientras él construía la vida que siempre quiso. Pero con el éxito llegaron la distancia, la ambición y la certeza de que amar a alguien no siempre significa ser suficiente para quedarse.

Cuando su matrimonio se derrumba, Alexander Blackwood aparece con una propuesta imposible: divorciarse y casarse con él.

Alexander está a punto de anunciar su candidatura presidencial. Isabella necesita empezar de nuevo.

El acuerdo parece sencillo.

Hasta que deja de serlo.

Porque Alexander Blackwood nunca entra en una historia por casualidad.

NovelToon tiene autorización de Enn Gómez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Los días después de aquella noche fueron extraños de una manera nueva.

Alan no volvió a mencionar lo que había dicho. Yo tampoco. Nos movíamos por el departamento con una cortesía cuidadosa, casi profesional, como dos personas que comparten oficina y no cama. Buenos días. Buenas noches. ¿Ya cenaste? Preguntas pequeñas, seguras, que no corrían el riesgo de abrir nada.

Una parte de mí esperaba que él dijera algo. Que se sentara frente a mí y me dijera que se había equivocado, que las palabras le habían salido mal, que claro que yo importaba tanto como su empresa, tanto como cualquier cosa.

No lo hizo.

Y con cada día que pasaba sin que lo hiciera, una parte de mí dejaba de esperarlo.

No fue una decisión consciente. Fue más bien un desgaste. Como una cuerda que uno sigue tensando hasta que un día, sin previo aviso, cede.

Las ausencias de Alan, que antes había aprendido a justificar con tanta destreza, empezaron a parecerme distintas. No sé bien cuándo cambió. Quizás no cambiaron ellas, sino la manera en que yo las miraba.

Los viajes se volvieron más frecuentes. Antes me avisaba con días de anticipación; ahora simplemente aparecía con una maleta a medio hacer y una excusa breve. Las llamadas empezaron a llegar más tarde, y él salía al balcón para contestarlas, aunque el departamento estuviera vacío y no hubiera nadie de quien esconderse más que yo.

Su teléfono, que durante años había dejado sobre la mesa sin pensarlo, ahora aparecía boca abajo. Nunca me pareció sospechoso al principio. Alan siempre había sido reservado con el trabajo, con los números, con todo lo que consideraba que aún no estaba listo para mostrar. Me dije que era eso. Otra vez me dije que era eso.

Dejé de preguntar a qué hora llegaría.

Dejé de guardarle plato.

No por rencor. Por cansancio. Por una especie de instinto de conservación que empezaba, lentamente, a abrirse paso en mí.

Empecé a notar otras cosas también. Pequeñas, casi ridículas si las decía en voz alta. La forma en que revisaba el teléfono antes de dormir con una atención que antes no tenía. Una colonia distinta en su chaqueta, un día que no debía haber usado chaqueta. Una sonrisa que aparecía en su cara al leer un mensaje, una sonrisa que hacía tiempo yo no le veía dedicarme a mí.

Isabella, me decía a mí misma, estás imaginando cosas.

Llevaba tanto tiempo entrenándome para no ver lo que me dolía, que dudar de mí misma se había vuelto un reflejo. Más fácil que dudar de él.

Pero por primera vez, esa voz interna que siempre encontraba una explicación amable empezó a sonar hueca. Como si incluso ella, después de tantos años, ya no me creyera.

Hubo una noche en particular en la que decidí que no podía seguir viviendo así. En esa cuerda tensa, esperando que algo cediera sin saber de qué lado.

Alan llevaba tres días llegando después de medianoche. Trabajo, decía. Siempre trabajo. La ronda de financiamiento estaba en una etapa delicada, decía, y no podía permitirse errores.

Esa tarde compré flores. No sé bien por qué. Quizás porque necesitaba hacer algo con las manos, algo que se pareciera a un gesto de amor en un momento en que ya no sabía cómo generarlos de forma espontánea. Pensé en llevarle la cena a la oficina. Sentarme con él aunque fuera veinte minutos, recordarle que todavía existía una vida fuera de las hojas de cálculo y las llamadas con inversionistas. Un último intento, aunque entonces no lo llamara así. Solo sabía que necesitaba intentarlo una vez más antes de dejar de intentarlo del todo.

Llegué a la oficina pasadas las diez.

El edificio estaba casi vacío a esa hora. El guardia me reconoció y me dejó pasar sin preguntas.

Las luces del piso de Alan estaban encendidas, pero tenues. Solo la lámpara de su escritorio, quizás, pensé mientras caminaba por el pasillo con la bolsa de comida todavía tibia entre las manos.

La puerta de su oficina estaba entreabierta.

No toqué.

No sé si fue instinto o simplemente el peso de los últimos meses lo que me hizo empujarla despacio, sin hacer ruido, en vez de anunciarme como habría hecho antes.

Los vi antes de entender lo que estaba viendo.

Alan, dormido en el sofá de cuero de su oficina, su ropa tirada en el suelo junto a un vestido. Una mujer recostada contra su pecho, con la respiración lenta y tranquila de alguien que se siente completamente segura donde está.

No estaban discutiendo nada.

No había prisa, ni culpa, ni nada que sugiriera un error cometido a la ligera.

Solo dormían. Con esa quietud que yo llevaba meses sin conseguir a su lado, ni siquiera en las pocas noches en que compartíamos la misma cama.

Me quedé en la puerta más tiempo del que debería.

Pensé que sentiría algo grande. Un grito atorado en la garganta, ganas de romper algo, de encender la luz y exigir una explicación que de todas formas ya conocía con solo mirarlos. Pero lo que sentí fue distinto. Fue una calma extraña, casi cruel en su claridad, la misma que había sentido la noche en que me dijo que la empresa siempre había sido su prioridad.

Ahí estaba la prueba. No necesitaba nada más.

Dejé las flores y la bolsa de comida sobre una silla, con cuidado, como si todavía importara que no se derramara.

Me quité el anillo.

Me costó un poco. Llevaba casi dos años en mi dedo y la piel se había acostumbrado a su peso, a esa marca ligera que dejan las cosas que damos por permanentes.

Lo dejé sobre el escritorio.

No escribí una nota.

No necesitaba explicar lo que un anillo sin dedo ya decía con total claridad.

Salí de la oficina de la misma manera en que había entrado. En silencio.

No lloré en el elevador. No lloré en el auto, ni durante el trayecto a casa por calles que conocía de memoria y que esa noche me parecieron completamente ajenas.

Lloré horas después, sola, sentada en el suelo de lo que todavía era nuestra sala, rodeada de todo lo que habíamos construido juntos y que ya no significaba lo que yo había querido creer que significaba.

No lloré por él.

Lloré por la mujer que había sido capaz de dejarlo todo por un sueño ajeno, y que apenas empezaba a preguntarse cuándo había dejado de tener sueños propios.

Supe, en ese instante, que me arrepentía de haberme alejado de mi familia, de las tantas veces que defendí a Alan de ellos … él nunca me amó con la misma intensidad que yo de él.

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Lala
👍 OK, la historia está tan interesante y atrapante que preferiría que subiría los capítulos hoy pero si no puedes a esperar
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