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La esposa secreta del magnate Alcázar

La esposa secreta del magnate Alcázar

Status: Terminada
Genre:Romance / Aventura de una noche / Centrado emocionalmente / Amor a primera vista / Romance oscuro / Completas
Popularitas:655
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Camila Fuentes solo quería sobrevivir: pagar sus deudas, conservar su empleo y olvidar la noche en que despertó en la suite de un desconocido.
Pero aquel desconocido era Maximiliano Alcázar, heredero de uno de los imperios empresariales más poderosos de México. Frío, arrogante y acostumbrado a conseguir todo lo que desea, Max no está dispuesto a dejar escapar a la única mujer que logró alterar su mundo.
Para mantenerlo lejos, Camila inventa un novio. La mentira, sin embargo, desata una persecución de celos, secretos y deseos imposibles de ocultar. Mientras un amor del pasado intenta recuperarla y la familia Alcázar se niega a aceptarla, Camila deberá enfrentarse también a la herida que ha cargado desde niña: la certeza de que su propia madre la abandonó porque nunca fue digna de ser amada.
Max puede ofrecerle dinero, protección y hasta su apellido. Pero para convertirla en su esposa tendrá que demostrarle algo mucho más difícil: que esta vez, cuando todos los secretos salgan a la luz, él será el hombre que decida quedarse.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

Ya me enamoré de otra

La cena la organizó Doña Leticia con toda la premeditación de una campaña militar.

—Es una cena de familia —le había dicho a Max por teléfono, con esa voz que no admitía negativa—. Nada más. Ya sé que odias que te presente gente. Por eso te digo que es cena de familia. Ven y siéntate. Es lo único que te pido.

No era cena de familia. Cuando Max llegó a la casa de sus padres, en la cabecera de la mesa larga, junto al lugar que su madre le había apartado, ya estaba sentada la doctora Vidal.

Alessandra Vidal era exactamente lo que Doña Leticia consideraba un partidazo: cirujana, formada en la Universidad de Columbia, guapa de una manera pulida y cara, con esa seguridad de quien nunca ha oído la palabra "no" dirigida a ella. Se levantó a saludarlo con una sonrisa que se le encendió de más al verlo.

—Maximiliano. Tu mamá habla maravillas de ti. —Le tendió la mano—. Aunque se quedó corta.

—Doctora. —Max le rozó la mano lo justo y fue a sentarse en la otra cabecera, lo más lejos que la mesa permitía sin ser un insulto abierto.

Doña Leticia lo fulminó con la mirada. Alessandra fingió no notarlo.

La cena fue larga y Max la hizo más larga. Alessandra le hablaba de un congreso en Houston, de un caso complicado, de un viñedo que la familia tenía en el Valle de Guadalupe, y él contestaba con monosílabos o, cuando su madre lo pateaba por debajo de la mesa, con alguna pregunta puntiaguda y sin calor —"¿Y eso le interesa a alguien más que a usted?"— que dejaba la conversación tiesa. Miraba el reloj. Miraba el teléfono, donde tenía una foto que nadie más veía. Estaba en otra parte, y no le importaba que se notara.

Alessandra, que no estaba acostumbrada a que la ignoraran, cambió de estrategia a media cena.

—Doña Leticia me contó que salió con alguien últimamente. —Lo dijo con una sonrisa ligera, jugando con la copa—. Me da curiosidad qué clase de mujer le llama la atención a un hombre como usted. Porque cualquiera se le ofrece, imagino. Tendrá que ser alguien… a la altura. De buena familia, con mundo. Alguien que sepa moverse en su ambiente.

—No —dijo Max, sin levantar la vista del plato—. No tiene que ser nada de eso.

—Ah. —Alessandra alzó las cejas, divertida y punzante a la vez—. ¿Entonces? No me diga que le dio por lo exótico. Una de esas historias de telenovela, el millonario y la muchacha humilde. Duran lo que dura el capricho, ¿no cree?

Max levantó la vista por fin. La miró con una frialdad tan plana que Alessandra sintió el impulso de retirar lo dicho.

—Lo que yo crea no es asunto suyo, doctora.

Doña Leticia intervino a toda prisa, con una risa nerviosa, sirviendo más vino que nadie había pedido.

—Mijo. —Doña Leticia bajó la voz, entre dientes, mientras servían el postre—. Un esfuerzo. Uno. La muchacha vino hasta acá.

—No la invité yo, mamá.

—Es un partido perfecto. Buena familia, buena carrera, católica, de tu mundo. ¿Qué más quieres? —Doña Leticia bajó aún más la voz, entre el ruego y la amenaza cariñosa—. Ya tienes treinta y dos años, mijo. Tu padre y yo no vamos a estar para siempre. Yo lo único que quiero antes de morirme es verte casado y con un nieto en los brazos. ¿Es mucho pedir? Nada más inténtalo con la muchacha. Una comida. Un café.

Max dejó la copa. Y en vez de contestarle a su madre en voz baja, lo dijo claro, para toda la mesa, con esa frialdad tranquila que no dejaba lugar a dudas.

—Ya me enamoré de otra.

El tenedor de Doña Leticia se detuvo en el aire. Alessandra parpadeó.

—Creo en el amor a primera vista —siguió Max, mirando a su madre pero hablándole al aire—. No lo creía. Ahora lo creo. Ya hay alguien. Así que agradécele a la doctora la visita y no me vuelvas a sentar a ninguna mesa como esta. Es tiempo de ella y mío que estamos perdiendo.

—¿Y quién es? —Doña Leticia soltó el tenedor—. ¿De qué familia? ¿La conozco?

—No.

—Maximiliano…

—Con permiso. —Se levantó, dobló la servilleta, besó a su madre en la frente para quitarle un poco el enojo—. No tengo hambre. Buenas noches, doctora.

Y se fue. Nadie lo detuvo, porque nadie detenía a Max cuando se iba.

Doña Leticia se quedó con la palabra en la boca y la cara descompuesta. Se volvió hacia Alessandra, deshecha en disculpas de anfitriona.

—Perdónalo, hija, así es él, un témpano. Pero se le pasa. Estas cosas no se deciden en una noche. Tú vente a comer cuando quieras, la casa es tuya, y ya iremos viendo.

—No se preocupe, Doña Leticia. —Alessandra sonreía otra vez, y su sonrisa se había vuelto lisa, perfecta, sin fondo—. A mí no me asusta un poco de resistencia. Al contrario.

Afuera, Max ya iba en el coche rumbo a Iztapalapa, marcando un número, con el gesto suavizándosele con solo oír el tono de la llamada.

Adentro, Alessandra pidió permiso para retirarse y salió al pórtico a esperar su auto. Desde ahí, en la calle iluminada, alcanzó a ver el coche de Maximiliano detenido en el semáforo de la esquina. Y en el asiento del copiloto, apoyado contra la ventanilla, distinguió algo absurdo, ridículo, impropio de un hombre como él: un conejo de peluche, blanco, gordo, con las orejas caídas contra el vidrio.

Un peluche.

Un hombre como Maximiliano Alcázar no compraba peluches. A menos que fuera para alguien. Para una mujer. Para "otra".

Alessandra se quedó mirando el semáforo hasta que la luz cambió y el coche arrancó y desapareció, llevándose el peluche y al hombre que acababa de rechazarla delante de su madre y de una mesa entera. La sonrisa se le fue borrando de la cara, despacio, y debajo quedó algo frío, quieto, obstinado.

No estaba acostumbrada a perder. No sabía, siquiera, cómo se hacía. Toda su vida había señalado y le habían dado. Y aquel hombre imposible, que ni siquiera se había molestado en mirarla dos veces, se volvió en ese instante lo único que quería en el mundo, no por amor —Alessandra no habría sabido reconocer el amor ni con un bisturí—, sino porque era lo primero que se le negaba.

Había una mujer. Una mujer sin nombre y sin cara, que cargaba peluches en el coche de él.

—Quienquiera que seas —dijo Alessandra en voz baja, a la calle vacía, mientras su auto se acercaba—. Nos vamos a conocer.

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