Anastasia Valenzuela Herrera huyó de la opulencia y del peso de ser la heredera del imperio de los magnates número uno del mundo, ocultándose bajo la falsa identidad de Anastasia Riquelme. Buscando forjar su propio camino en el extranjero, su vida da un giro devastador la noche en que es brutalmente violada en la oscuridad por un desconocido. Meses después, un desmayo en la universidad revela una verdad inquebrantable: está esperando un hijo de su agresor. En un intento desesperado por proteger a su bebé y evitar la intervención de su poderosa familia, comete el error de aceptar casarse por lo civil con Patricio Zapata, un compañero machista y manipulador.
NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
LA CUNA DEL NUEVO NOMBRE Y EL REFUGIO DE LOS OJOS AZULES
El ambiente en la suite pediátrica era notablemente más cálido. La luz del sol matutino entraba de manera suave por la amplia ventana, iluminando los tonos claros de la habitación y haciendo que las sombras del pasado parecieran, por primera vez, un poco más lejanas. Sobre la cama articulada, el pequeño Ariel estaba sentado con la espalda apoyada en un par de cojines mullidos. Llevaba una camiseta nueva de algodón blanco que cubría con delicadeza su piel, y entre sus piernas sostenía una libreta de dibujo y varios lápices de colores.
La puerta de la habitación se abrió despacio. Anastasia entró primero, luciendo una sonrisa serena que lograba iluminar su rostro exhausto. A un par de pasos detrás de ella avanzó Carmelo. El magnate caminaba con cierta timidez, manteniendo las manos entrelazadas al frente, con esa mezcla de respeto y veneración que sentía cada vez que estaba en presencia de su hijo y de la mujer que le estaba permitiendo redimirse.
Ariel levantó la mirada de su dibujo de inmediato. Sus ojos azules cristalinos se abrieron de par en par con alegría pura al reconocer al hombre que lo había rescatado de su propia tormenta.
—¡Papito ojos azules! —exclamó el niño con su voz infantil, dejando caer los lápices sobre las cobijas para extender sus pequeños brazos.
Carmelo sintió un apretón en el pecho que le robó el aliento. Cruzó la estancia con rapidez y se arrodilló suavemente a un costado de la cama, sujetando con infinita ternura las manitas del niño para luego besar su frente con devoción.
—Hola, mi amor... Hola, mi niño hermoso —susurró Carmelo con la voz temblorosa de emoción—. ¿Cómo te sientes? ¿Dormiste bien?
—Sí, ya no me duele el corazón —respondió Ariel con la inocencia que solo tienen los niños, sonriendo de oreja a oreja—. ¿Te vas a quedar conmigo?
Anastasia se sentó en el borde opuesto de la cama y acarició con delicadeza los rizos dorados de su hijo. Miró a Carmelo, quien le devolvió una mirada cargada de gratitud, y luego se enfocó por completo en los ojos de su pequeño.
—Ariel, mi amor... —comenzó Anastasia con un tono dulce y pausado—. Queremos hablar contigo de algo muy importante. Algo muy bonito que tu papá y yo acabamos de arreglar para ti.
El niño ladeó la cabeza, curioso, mirando a su mamá y luego a Carmelo.
—¿Qué es, mamita? ¿Es un regalo?
—Es el mejor regalo que te puedo dar en esta vida, hijo mío —intervino Carmelo, apretándole las manitas con suave firmeza—. ¿Sabes que cuando los niños nacen, llevan un nombre y unos apellidos que dicen a qué familia pertenecen y quién los va a proteger para siempre?
Ariel asintió despacio, escuchando con mucha atención.
—Bueno... Antes tenías un apellido que no te pertenecía y que nunca te protegió —continuó Anastasia, tragando saliva con valor para mantener la dulzura en la voz—. Pero hoy, tu papito y yo firmamos unos papeles muy importantes con los abogados. A partir de hoy, legalmente y para todo el mundo, te llamas Ariel Victorino Valenzuela.
El pequeño parpadeó un par de veces, repitiendo las palabras en un murmullo bajo:
—Ariel... Victorino... Valenzuela...
—Así es, mi ángel —dijo Carmelo, dejando que una lágrima de felicidad le recorriera la mejilla—. 'Victorino' es mi apellido. Es el apellido de tu verdadero papá. Significa que llevas mi sangre, que eres mi hijo ante el mundo entero y que a partir de este segundo, nada ni nadie va a poder hacerte daño jamás. Todo lo que es mío, es tuyo. Mi fuerza, mi apellido y mi vida entera te pertenecen.
Ariel miró a Carmelo con los ojos brillando en lágrimas de alivio. La comprensión en la mente del niño de seis años fue inmediata y profunda: ya no era el hijo de la sombra de Patricio, sino el verdadero primogénito del hombre que lo abrigaba en sus sueños.
—¿Entonces... ya no me llamo como Patricio? —preguntó el niño en un hilo de voz, buscando la confirmación definitiva.
—Nunca más, mi amor —le aseguró Anastasia con firmeza, dándole un beso tierno en la mejilla—. Ahora llevas el apellido de tu papito ojos azules y el mío. Eres un Victorino Valenzuela, y estás rodeado de una familia enorme que te ama y que va a cuidar cada uno de tus pasos.
Un suspiro largo y liberador se le escapó al pequeño Ariel. Con un movimiento rápido y espontáneo, el niño se echó hacia adelante y abrazó el cuello de Carmelo con todas sus fuerzas. Carmelo lo envolvió entre sus brazos, cerrando los ojos para saborear ese instante de luz pura en medio de tanta oscuridad.
—Gracias, papito... —murmuró el niño en su oído, con la voz ahogada en el saco del magnate—. Me gusta mucho mi nuevo nombre.
Anastasia extendió su mano y la colocó sobre la espalda de su hijo, rozando levemente los dedos de Carmelo. El abrazo de los tres en la penumbra de la suite selló, sin necesidad de más promesas, que la verdadera familia del pequeño Ariel acababa de nacer sobre las ruinas de su pasado.