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Sirena Encantada

Sirena Encantada

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Romance / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

Esta historia comienza con un humilde pescador y una joven que llega a la ciudad de Cartagena en busca de trabajo y de su madrina, con quien espera vivir después de perder a su madre. Un día, mientras recorre la playa buscando a su tía, una vendedora ambulante, se acerca al mar porque le encanta el agua. Deja su maleta por un momento en la orilla, pero una fuerte ola se la lleva. Sin pensarlo dos veces, entra al mar para recuperarla y sale con una elegancia que parece la de una verdadera sirena. Al verla, el pescador queda fascinado y desde ese día comienza a llamarla "Sirena Encantada

NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8: El primer encuentro

Había pasado un mes desde aquel día en que vi a la muchacha salir del mar. Durante todo ese tiempo no volví a verla, pero nunca pude olvidarla.

Seguía pensando en ella cada vez que miraba el Caribe.

Como todas las mañanas, salí con mi papá, Jeico Morales, a pescar. La jornada estuvo buena y llenamos varias canastas de bocachicos, mojarras, róbalos, pargos, corvinas, sierras, bagres y jureles.

Después nos fuimos a vender por las calles de Cartagena.

Yo caminaba con mi canasta al hombro gritando con toda la energía.

—¡Lleve el bocachico fresco! ¡Lleve la mojarra! ¡Lleve el róbalo! ¡Lleve el pargo! ¡Lleve la corvina! ¡Lleve la sierra! ¡Lleve el bagre! ¡Lleve el jurel! ¡Recién sacaditos del mar!

Varias personas se acercaban a comprar.

Cuando terminé de vender una parte del pescado, seguí caminando por la playa.

De repente vi a una joven caminando con una bolsa en la mano.

Al principio solo la observé de espaldas.

Cuando giró un poquito el rostro, mi corazón dio un brinco.

—¡No puede ser...!

Era ella.

La muchacha que había visto salir del mar.

Mi Sirena Encantada.

Sin pensarlo, empecé a caminar más rápido para alcanzarla.

Pero justo cuando ella volteó hacia otro lado...

¡Pum!

Los dos chocamos de frente.

Mi canasta casi se cayó al piso.

Ella también perdió el equilibrio.

Por suerte alcancé a sostenerla del brazo antes de que cayera.

—Perdón... perdón... no fue mi intención.

Ella se soltó enseguida y me miró con el ceño fruncido.

—¡Ajá! ¿Vos no mirás por dónde caminás o qué?

Yo levanté las manos.

—De verdad, disculpame.

Ella sacudió un poco su ropa.

—¡Qué vaina con vos!

Yo sonreí un poco al verla tan seria.

—Lo siento, sirenita.

Ella abrió los ojos.

—¿Cómo me dijiste?

—Sirenita.

—¿Y vos qué te fumaste? ¿Cuál sirenita?

Me rasqué la cabeza.

—Es que hace un mes te vi salir del mar y...

Ella me interrumpió enseguida.

—¡Ay, nojoda! ¿Vos sí estás como raro, ah?

No pude evitar reírme.

—No, es que...

Ella cruzó los brazos.

—¿Y ahora por qué te reís?

—Porque sí parecías una sirena.

Ella soltó un suspiro.

—¡Qué man tan cansón!

Yo seguía sonriendo.

—Es un cumplido.

Ella negó con la cabeza.

—Pues buscate otro apodo porque ese no me gusta.

Volví a disculparme.

—Bueno, perdón.

Ella me miró unos segundos.

Noté que ya no estaba tan brava como al principio.

—¿Siempre andás chocándote con la gente?

—No... solo con las sirenitas.

Ella rodó los ojos.

—¡Ay, Dios mío!

No pude aguantar la risa.

Ella también estuvo a punto de sonreír, pero enseguida volvió a ponerse seria.

—Bueno, ya me tengo que ir.

Antes de que se fuera le pregunté.

—¿Cómo te llamás?

Ella caminó unos pasos sin responder.

Pensé que no iba a decirme nada.

Pero de repente se detuvo.

Volteó apenas un poquito la cabeza.

—Mileidis.

Y siguió caminando.

Yo repetí su nombre en voz baja.

—Mileidis...

Sonaba bonito.

La vi alejarse entre la gente de la playa hasta perderse de vista.

Sonreí sin darme cuenta.

—Así que te llamás Mileidis...

Volví a acomodar la canasta sobre mi hombro y seguí mi camino vendiendo pescado.

Mientras caminaba, no dejaba de repetir su nombre y de recordar el carácter que tenía.

—Esa sirenita sí que tiene genio... pero también tiene una sonrisa muy bonita cuando se le olvida estar brava.

Y con una sonrisa en el rostro, seguí gritando por la playa de Cartagena.

—¡Lleve el bocachico! ¡Lleve la mojarra! ¡Lleve el pargo! ¡Lleve el róbalo! ¡Pescado fresco, mi gente!

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