El día de su boda, Camila Duarte descubrió tres cosas: que su prometido nunca la amó, que su hermana tenía una relación con el, y que la familia que la crio la había estado usando desde el principio.
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CAPÍTULO 1: EL DÍA QUE TODO EMPEZÓ
El vestido pesaba más de lo que Camila Duarte había imaginado. No era solo la tela —el encaje francés que su madre había mandado traer de Milán, las perlas cosidas a mano una por una durante tres semanas— era el peso de todo lo que ese vestido representaba. Veintiocho años de ser la hija perfecta. Veintiocho años de sonreír en las fotos correctas, de decir las palabras correctas, de amar, sin saberlo, a las personas equivocadas.
—Estás preciosa —dijo su madre desde la puerta del vestidor, con esa voz templada que Camila había aprendido a desconfiar sin saber todavía por qué.
Doña Perla Duarte no sonreía como sonríen las madres el día de la boda de sus hijas. Sonreía como quien revisa que una pieza encaje exactamente donde debe encajar.
—Gracias, mamá.
Camila se miró al espejo. La mujer que le devolvía la mirada tenía los ojos de su padre —esos ojos color café oscuro que heredado de él, el cuál falleció cuando ella tenía apenas doce años— y la determinación de alguien que había pasado la vida entera intentando ganarse un lugar en una familia que nunca terminó de sentir como suya del todo. Renata, su media hermana, siempre había sido la preferida. La que reía más fuerte en las cenas familiares, la que su madre defendía sin preguntar. Camila se había acostumbrado a ese segundo lugar. Lo que no sabía era que ese segundo lugar tenía un precio que estaba a punto de cobrarse.
—Sebastián ya llegó a la iglesia —anunció Renata, entrando sin tocar, con un vestido color champán que competía peligrosamente con el protagonismo de la novia—. Se le ve nervioso. Como debe ser un hombre el día de su boda.
Había algo en la voz de Renata. Un temblor mínimo, casi imperceptible, que cualquier otra persona habría pasado por alto. Camila no.
—¿Estás bien? —preguntó, girándose hacia ella.
—¿Yo? —Renata soltó una risa demasiado rápida—. Soy yo quien debería preguntarte eso. Es tu día, Cami. El más importante de tu vida.
El más importante de tu vida. Las palabras se quedaron flotando en el aire del vestidor como una advertencia que Camila no supo leer a tiempo.
Media hora antes, revisando su teléfono por última vez antes de que se lo quitaran para las fotos, había encontrado un mensaje que no debía haber visto. Una notificación de una aplicación de mensajería que Sebastián usaba para hablar con sus socios, sincronizada por error con la tablet familiar que ambos compartían para la organización de la boda. Una sola línea, de un contacto guardado solo con una inicial.
R: Nos vemos después de la ceremonia. Como siempre.
Camila había leído esas seis palabras catorce veces. Y catorce veces se había dicho a sí misma que había una explicación. Que R. podía ser cualquiera. Que Sebastián Roig, el hombre que la había mirado como si fuera la única mujer en el mundo durante los últimos dos años, no sería capaz de hacerle lo que esas palabras insinuaban a gritos.
No dijo nada. No a su madre, no a Renata, ni siquiera a Gabriel, el abogado de la familia que llevaba media hora esperándola afuera para acompañarla hasta el auto, y que la conocía lo suficiente como para notar que algo no estaba bien.
—¿Todo listo? —preguntó Gabriel cuando por fin salió del vestidor.
Llevaba un traje oscuro impecable, el cabello perfectamente peinado hacia atrás, y esa expresión seria que nunca terminaba de abandonar del todo, ni siquiera en los días felices. Gabriel Salazar había trabajado para la familia Duarte desde antes de que Camila cumpliera veinte años. La había visto crecer, había firmado sus primeros contratos, había estado presente en cada decisión importante de la empresa familiar. Y en algún momento de esos años, sin que nadie lo supiera —ni siquiera él mismo se lo permitía admitir del todo— había empezado a mirarla distinto.
—Todo listo —mintió Camila.
Gabriel la miró un segundo de más. Como si supiera que mentía. Como si quisiera decir algo y decidiera, en el último instante, guardárselo.
—Estás hermosa, Camila.
No dijo "señorita Duarte", como la llamaba siempre delante de los demás. Dijo su nombre, solo su nombre, con una suavidad que ella no tuvo tiempo de procesar porque en ese momento su madre ya la llamaba desde la escalera, apurándola, recordándole que los invitados estaban llegando, que el fotógrafo necesitaba las tomas antes de que oscureciera, que todo, absolutamente todo, tenía que salir perfecto.
Lo que Camila no sabía —lo que ninguno de ellos sabía todavía, mientras subían al auto blanco decorado con flores blancas y azahar— era que esa misma tarde, a menos de tres kilómetros de la iglesia, en la oficina privada de Ernesto Roig, padre del novio, alguien estaba terminando de organizar los últimos documentos de una traición que llevaba meses gestándose. Carpetas con cifras que no debían existir. Transferencias que no debían dejar rastro. Y una decisión, tomada esa misma mañana por alguien que Camila amaba y en quien confiaba ciegamente, de que Ernesto Roig no viviría para ver el atardecer.
La iglesia de San Rafael estaba desbordada. Doscientos cincuenta invitados, la flor y nata empresarial de la ciudad, cámaras, flashes, un coro que había ensayado durante semanas. Camila caminó por el pasillo central del brazo de su tío —su padre llevaba dieciséis años muerto y nadie más había pedido el honor de entregarla— sintiendo que cada paso la acercaba a algo que no terminaba de identificar. Miedo, tal vez. O algo peor: la certeza silenciosa, animal, de que algo estaba profundamente mal.
Sebastián la esperaba al final del pasillo. Guapo, elegante, con esa sonrisa que la había enamorado la primera vez que se vieron, en una cena de negocios que ninguno de los dos había querido asistir. Pero cuando sus miradas se cruzaron, justo antes de llegar al altar, Camila vio algo que no había visto nunca en sus ojos.
Culpa.
No tuvo tiempo de preguntarse por qué. Porque en ese preciso instante, mientras el sacerdote levantaba las manos para dar inicio a la ceremonia, las puertas de la iglesia se abrieron de golpe, y un hombre vestido de policía entró corriendo por el pasillo central, gritando un nombre que hizo que doscientos cincuenta invitados se pusieran de pie al mismo tiempo.
—¡Ernesto Roig ha sido asesinado!
Y en el silencio que siguió —ese silencio espeso, imposible, que solo existe en los segundos antes de que el mundo de alguien se derrumbe por completo— Camila sintió que todas las miradas de la iglesia se giraban lentamente hacia ella.
Como si ya supieran lo que estaba a punto de pasar.
Como si ella fuera, desde ese instante, la única culpable posible.