Clarisa Hernández llegó a una universidad de élite para cambiar su destino, pero su humilde apellido se convierte en el mayor obstáculo de su vida.
Una noche junto a Samuel Flores, un poderoso y frío empresario, cambia todo cuando descubre que está embarazada.
Samuel le ofrece un matrimonio por contrato: ella obtendrá seguridad para su hijo y él conseguirá la esposa que necesita.
Pero hay una regla que ninguno puede romper: no enamorarse.
Lo que comenzó como un simple acuerdo pronto se convertirá en un peligroso juego de secretos, deseo y sentimientos que ninguno podrá controlar.
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Capítulo 10: Una propuesta inesperada
Samuel permaneció frente a la ventana, con el teléfono todavía en la mano.
La fotografía seguía abierta en la pantalla.
Clarisa estaba sentada frente a él, intentando controlar la preocupación.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó finalmente.
Samuel dejó el teléfono sobre el escritorio.
—Primero, protegerte.
—¿Y después?
Samuel la miró fijamente.
—Después vamos a descubrir quién está detrás de esto.
Clarisa asintió, aunque sabía que la situación era mucho más complicada.
—Samuel, hay algo que necesito preguntarte.
—Dime.
—¿Tu familia sabe que estoy embarazada?
—No.
—¿Y tu madre?
—Tampoco.
Clarisa bajó la mirada.
—Entonces será cuestión de tiempo antes de que se enteren.
Samuel no respondió.
Sabía que tenía razón.
Su madre llevaba semanas presionándolo para que formalizara su relación con alguien que pudiera ocupar un lugar adecuado dentro de la familia Flores.
Y ahora Clarisa esperaba un hijo suyo.
La situación podía convertirse en un escándalo.
Pero Samuel no estaba dispuesto a esconderla.
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Esa misma tarde, Samuel convocó a una reunión privada con Andrés.
—Necesito que investigues cada movimiento relacionado con Clarisa —ordenó—. Universidad, empresa, mensajes, fotografías… todo.
—Lo haré.
—Y hay otra cosa.
Andrés levantó la mirada.
—¿Sí?
Samuel dudó unos segundos.
—Necesito preparar un anuncio.
—¿Sobre el embarazo?
—No todavía.
Samuel tomó asiento.
—Sobre mi matrimonio.
Andrés quedó sorprendido.
—¿Va a casarse?
Samuel asintió.
—Sí.
—¿Con Clarisa?
—Con Clarisa.
Andrés respiró profundamente.
—Señor, ¿está seguro?
Samuel lo miró.
—Más que de cualquier otra decisión que haya tomado.
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Mientras tanto, Clarisa había regresado a casa.
Encontró a Elena preparando la cena.
—Llegaste temprano —comentó su madre.
—Sí.
—¿Todo bien?
Clarisa se quedó quieta.
Tenía tantas cosas que contarle que no sabía por dónde comenzar.
—Mamá…
Elena dejó lo que estaba haciendo.
—¿Qué pasa?
Clarisa tomó aire.
—Samuel y yo tenemos algo que hablar contigo.
Elena la observó con atención.
—¿Es algo malo?
—No lo sé.
Antes de que pudiera continuar, sonó el timbre.
Clarisa abrió la puerta.
Era Samuel.
Elena se sorprendió al verlo.
—Señor Flores.
—Buenas noches, señora Hernández.
Samuel entró después de recibir su permiso.
Clarisa lo miró.
—¿Qué haces aquí?
—Necesito hablar contigo.
—¿Ahora?
—Ahora.
Elena entendió que se trataba de algo importante.
—Los dejaré solos.
—No —dijo Samuel—. Quiero hablar con las dos.
Clarisa sintió un nudo en el estómago.
Samuel se sentó frente a ellas.
—Sé que esto puede parecer repentino.
Elena cruzó las manos.
—¿De qué se trata?
Samuel miró primero a Clarisa.
Luego a su madre.
—Quiero casarme con Clarisa.
El silencio fue absoluto.
Clarisa abrió los ojos.
—¿Qué?
Elena también quedó sorprendida.
—¿Casarse?
Samuel asintió.
—Sí.
Clarisa se puso de pie.
—Samuel, nosotros nunca hablamos de esto.
—Lo sé.
—Nuestro acuerdo era temporal.
—También lo sé.
—Entonces, ¿por qué estás haciendo esto?
Samuel se levantó.
—Porque ya no quiero que seas vulnerable ante mi familia ni ante quienes están intentando hacerte daño.
Clarisa negó con la cabeza.
—No puedes casarte conmigo solamente para protegerme.
—No lo estoy haciendo solamente por eso.
Ella lo miró en silencio.
Samuel continuó:
—También está nuestro hijo.
Clarisa bajó la mirada.
—Eso no significa que tengamos que casarnos.
—Tienes razón.
Samuel se acercó, pero mantuvo una distancia respetuosa.
—Por eso quiero proponerte algo diferente.
Clarisa frunció el ceño.
—¿Qué?
—Un matrimonio por contrato.
Elena abrió los ojos.
—¿Un contrato?
Samuel asintió.
—Un acuerdo legal con condiciones claras. Tú conservarás tu independencia, tus estudios y tu libertad. Nadie podrá obligarte a abandonar tu vida.
Clarisa permaneció inmóvil.
—¿Y qué ganarías tú?
—Protección para ambos. Y tiempo para resolver el problema de la empresa.
—Entonces sigue siendo un negocio.
Samuel guardó silencio.
La pregunta había dado justo en el punto que más le dolía.
—Al principio, sí.
Clarisa sintió una punzada de decepción.
—¿Y después?
Samuel la miró directamente.
—Eso dependerá de nosotros.
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Esa noche, Samuel dejó sobre la mesa una carpeta.
Clarisa la abrió.
En la primera página aparecía un título:
“Acuerdo matrimonial.”
Leyó las primeras condiciones.
Viviendas separadas dentro de la misma residencia si ella lo deseaba.
Libertad para continuar sus estudios.
Control de sus propias finanzas.
Respeto absoluto.
Ninguna obligación de aparentar sentimientos en privado.
Y una cláusula que llamó especialmente su atención:
“Ninguna de las partes podrá utilizar el matrimonio para limitar las decisiones personales de la otra.”
Clarisa levantó la mirada.
—Esto es muy serio.
—Lo sé.
—¿Y cuánto duraría?
Samuel señaló una de las páginas.
—Un año.
Clarisa siguió leyendo.
Después de un año, ambos podrían decidir libremente si continuar juntos o terminar el acuerdo.
—¿Y si digo que no?
Samuel respondió sin dudar.
—Lo aceptaré.
Aquella respuesta la sorprendió.
—¿De verdad?
—Sí.
Samuel tomó la carpeta y la cerró.
—No quiero que aceptes por miedo.
Clarisa se quedó pensativa.
Una parte de ella quería rechazar aquella propuesta.
Pero otra sabía que las amenazas no iban a desaparecer.
Además, había una pequeña vida creciendo dentro de ella.
Y, aunque todavía no entendía completamente lo que sentía por Samuel, sabía que él estaba intentando protegerla.
—Necesito tiempo para pensarlo.
Samuel asintió.
—Tómate todo el tiempo que necesites.
Se dirigió hacia la puerta.
Pero antes de salir, Clarisa lo llamó.
—Samuel.
Él se volvió.
—¿Sí?
—¿Por qué siento que esto no es solamente por el contrato?
Samuel la observó durante unos segundos.
No respondió.
Solo dijo:
—Porque quizá tú tampoco estás viendo toda la verdad.
Y salió.
Clarisa quedó frente a la mesa.
Miró nuevamente la carpeta.
Entonces encontró una última hoja que no había visto antes.
Era una condición adicional.
“El matrimonio deberá celebrarse antes de treinta días.”
Clarisa sintió que el corazón le daba un vuelco.
Pero había algo todavía más inquietante.
Debajo de la cláusula aparecía una firma que ella reconocía perfectamente.
Beatriz Flores.
Su futura suegra ya había preparado el contrato.
Y parecía que llevaba mucho más tiempo esperando aquel matrimonio de lo que Clarisa imaginaba.