Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias
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La Primera Batalla del Paso Helado
La Primera Batalla del Paso Helado
Al alba del día siguiente, el trueno de los cuernos de guerra resonó en el valle de basalto.
Los mercenarios de Sombragrís iniciaron la carga desde las alturas, lanzando proyectiles en llamas impulsados por catapulcas pesadas. Rocas incandescentes y brea hirviendo cayeron sobre las primeras filas de la infantería de Eldamar, amenazando con romper la línea defensiva de escudos.
Al ver caer a sus hombres, una sacudida inevitable de angustia e ira amenazó con turbar la mente de Manuel. En su pecho, la memoria de las trágicas pérdidas pasadas intentó reavivar el caos.
En las murallas enemigas, Malakor hizo sonar una gran campana de bronce, lanzando bofetadas de burla dirigidas al rey:
—¡Mirad al Rey de las Tormentas! —gritaba Malakor con un altavoz de latón que resonaba en el desfiladero—. ¡El hijo de la demente Yvaine! ¡Veremos cuánto tarda en congelar a sus propios soldados!
Manuel cerró los ojos por un segundo en medio del estruendo de los aceros. Inhaló el aire helado de la montaña y recordó las lecciones del Archmaestre Elion: «La maestría no reside en la paz inmóvil, sino en la armonía de aceptar la emoción sin perder el timón».
El rey abrió los ojos. Brillaban con una luz cobalto tan pura y sobrecogedora que los caballeros de su guardia contuvieron el aliento.
Manuel extendió su diestra hacia las alturas del valle.
El Firmamento Vivo respondió no con un estallido descontrolado de nieve ni con granizo a ciegas. Un torbellino de viento ascendente y helado, maniobrado con la precisión de un estratega, atrapó las proyectiles de brea incandescente en pleno vuelo, desviando las llamas hacia las rocas desiertas del cañón.
Acto seguido, una niebla espesa y densa envolvió por completo las torres de catapulta del enemigo, privando a los tiradores de Sombragrís de toda visibilidad, mientras las tropas de caballería de Valoria avanzaban por los flancos cubiertas por un corredor de aire sereno y despejado.
—¡Es imposible! —gritó el barón Vane en las murallas, viendo cómo su artillería quedaba inhabilitada sin que un solo soldado de Eldamar sufriera daños por el clima—. ¡El cielo responde a sus órdenes como si fuera un ejército!
La batalla en el Paso Helado se intensificó con el avance de las tropas mercenarias. Lord Malakor, desesperado por quebrar la voluntad del soberano, envió a su guardia personal de élite —hombres armados con arbalestas de acero pesado— a flanquear el puesto de mando donde Valeria y los sanadores atendían a los heridos de vanguardia.
Desde lo alto de un promontorio, Manuel vio cómo las tropas de Malakor se aproximaban al pabellón médico.
El pavor a perder a Valeria amenazó con desatar un vendaval incontrolable. Sin embargo, en lugar de bloquear el aire de todo el valle, Manuel encauzó ese temor con una resolución milimétrica.
—¡Elessar, mantened la formación central! —ordenó el rey, espoleando su semental negro hacia el flanco izquierdo.
Mientras cabalgaba a toda velocidad entre las rocas, el cielo sobre Manuel pareció canalizarse en su propia figura. Relámpagos de luz azul cayeron sobre las lanzas de los mercenarios que intentaban asediar el pabellón, desarmándolos instantáneamente por la fuerza de las descargas electromagnéticas sin abrasar a las personas.
Al mismo tiempo, una ráfaga de aire tibio brotó de la tierra alrededor del puesto médico, creando una barrera atmosférica que desviaba las saetas de arbalesta como si rebotaran contra un escudo invisible.
Valeria salió del pabellón y vio al monarca erguido sobre su corcel en la cresta de la colina. En su rostro no había rastro de la locura de su madre ni del vacío de su padre; era la encarnación de la protección soberana.
—¡Por Eldamar y Valoria! —gritó Manuel, blandiendo su espada de acero reflectante.
Los soldados de la alianza, inspirados por la presencia de un rey que luchaba a su lado y cuyo poder los amparaba en lugar de amenazarlos, rompieron la línea enemiga con una carga devastadora.