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Mi Ex Me Perdió — Ahora Soy La Reina Del Campus

Mi Ex Me Perdió — Ahora Soy La Reina Del Campus

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Completas
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: patricia sinisterra

Elisa Raven pesaba 127 kilos y vivía invisible… hasta que el chico que amaba y su novia la humillaron públicamente, rompiendo su corazón y su dignidad. Pero aquel día no terminó su historia: comenzó su transformación. Con esfuerzo brutal, disciplina de hierro y la guía inesperada de un ex-militar que vio en ella lo que nadie supo ver, Elisa se reconstruyó: cuerpo, mente y alma. Ahora ya no es la misma. Brilla, lidera, inspira… y quienes la despreciaron hoy miran hacia arriba, desde donde ella ya no los ve. Ella no buscó venganza: buscó ser ella misma. Y lo logró. Su ex la perdió… y el mundo entero la encontró: la reina que nació para reinar.

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Capítulo 21: El silencio entre nosotros grita más fuerte que cualquier palabra

La lluvia de la tarde anterior lavó el suelo, pero no borró lo que había nacido entre nosotros. Desde aquel instante bajo el paraguas, nada volvió a ser igual. Cada mirada, cada gesto, cada respiración compartida… todo cargaba un peso nuevo, un significado que no se atrevía a decirse en voz alta pero que se respiraba en el aire del gimnasio como un perfume invisible.

Cristóbal no cambió su rutina: seguía llegando puntual, aumentando la exigencia, corrigiendo mi postura con esa precisión suya. Pero cuando sus manos rozaban mis hombros o mi cintura al acomodarme… el contacto duraba un segundo más de lo necesario. Y yo no me apartaba. Ninguno de los dos se hacía el desentendido. Solo esperábamos.

Una mañana, tras terminar la carrera final, me detuve jadeando frente a él. El sudor me recorría el rostro y el cuello, la respiración se agitaba en mi pecho… y él no apartaba la vista de mis labios. Su mirada bajaba y subía lenta, quemándome a su paso, y el silencio que se formó entre nosotros era tan denso que se podía tocar.

—Elisa —dijo, apenas un susurro, dando un paso hacia mí que acortó toda la distancia que nos separaba—. Debería alejarme. Esto… lo que siento… no debería existir entre nosotros. Es mi responsabilidad mantener distancia.

—¿Y quién te pidió que fueras responsable de mi corazón también? —respondí con voz temblorosa pero firme, sin retroceder ni un milímetro—. Yo soy libre. Tú eres libre. Y lo que hay aquí… no se elige. Se siente. Como el aire que respiramos. No se decide: simplemente está.

Cristóbal cerró los ojos un instante, como si mis palabras le dolieran y a la vez le sanaran heridas que creía cicatrizadas. Cuando los abrió, eran dos pozos de tormenta gris donde me perdía y me encontraba al mismo tiempo.

—Eres joven. Estás construyéndote a ti misma. Yo… soy un hombre con pasado pesado y cicatrices que sangran de vez en cuando. No quiero ser tu error. Quiero ser tu acierto. Pero a veces me da miedo no ser suficiente para ti.

—Entonces deja de pensar y siente —le pedí, alzando la barbilla hasta que nuestros rostros estuvieron a un suspiro de distancia—. No quiero un hombre perfecto, Cristóbal. Te quiero a ti. Con tus cicatrices, con tus miedos, con tu silencio que me entiende mejor que mil palabras. ¿Es mucho pedir?

Se quedó inmóvil, con la mandíbula tensa, luchando consigo mismo una batalla silenciosa que yo ansiaba ver ganar. Y entonces, con un gemido bajo que se le escapó de la garganta, alzó la mano y me acarició la mejilla con una ternura que me hizo temblar entera. Sus dedos eran ásperos pero suaves, conocedores y respetuosos, como si acariciara algo sagrado.

—No —respondió contra mi piel—. No es mucho. Es lo único que quiero.

Pero en ese instante, el sonido de la puerta abriéndose de golpe nos separó como resortes. Cristóbal dio un paso atrás de inmediato, recuperando su postura firme y su rostro impasible en un parpadeo. Yo me giré de espaldas para ocultar el rubor que me abrasaba las mejillas, con el corazón latiendo a mil por hora como queriendo salirse del pecho.

—¿Profesor Valentino? —preguntó una voz femenina desde la entrada, suave pero perentoria—. ¿Se le ha perdido algo? Llevo esperando en su despacho diez minutos.

Cristóbal se aclaró la garganta y respondió con tono profesional, aunque la voz le salió un poco más tensa de lo normal:

—Enseguida voy, directora. Termino aquí.

Pasos alejándose. Puerta cerrándose de nuevo. Y solos otra vez, pero el momento se había roto. Cristóbal me miró con intensidad una última vez, como grabando mi imagen en la memoria para llevarla consigo, y dijo bajito:

—Mañana a la misma hora. Y Elisa… —dudó un instante, luego añadió con una media sonrisa que me dejó sin aire—: esto no termina aquí. Solo… lo hacemos bien. Paso a paso. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —susurré, aunque ya se había marchado.

Me quedé sola en el centro del gimnasio, con la mano en la mejilla donde su dedo aún ardía como fuego vivo. Paso a paso, me dije. Pero cada paso que dábamos nos acercaba más a un abismo del que ninguno de los dos quería salir. Y no me importaba caer. Mientras fuera con él… no me importaba nada.

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Sylvia Farias
deja una hermosa enseñanza para las personas que tenemos unos cuantos kilos demás
🥀 ✨ 𝓟𝓪𝓽𝓻𝓲𝓝𝓸𝓿𝓪 ⋆: ¡Gracias de todo corazón! Me hace inmensamente feliz saber que la historia te dejó una enseñanza tan bonita — esa era exactamente mi intención: que nos sintamos orgullosas y valiosas siempre. Gracias por tu apoyo y por tu corazón tan grande 🤗
total 1 replies
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