Lucía lleva veinte años casada con Mariano. Juntos construyeron un hogar, criaron dos hijos y compartieron una vida llena de sacrificios, sueños y momentos inolvidables. Pero cuando él comienza a distanciarse y aparece Sofía, su joven asistente, Lucía descubre la dolorosa verdad: su marido le es infiel.
Destrozada, pero pensando en sus hijos, en su familia y en los años compartidos, decide darle una segunda oportunidad. Mariano promete cambiar. Ella vuelve a confiar en él y lucha por reconstruir su matrimonio.
Pero algunas promesas duran menos que las lágrimas que provocan.
Cuando Lucía descubre que Mariano nunca terminó realmente su relación con Sofía, comprende que ya no puede seguir viviendo entre mentiras. Esta vez no habrá otra oportunidad.
Frente a la traición, tendrá que elegir entre seguir siendo la mujer que sostiene un matrimonio roto o convertirse en la mujer que finalmente se elige a sí misma.
Porque cuando la confianza muere, el amor ya no puede salvarlo todo.
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La venganza justa
Pasó exactamente una semana desde que habló con el abogado, y Lucía siguió cada uno de sus consejos al pie de la letra. Reunió con paciencia todo lo que construyeron juntos durante esos veinte años: la casa donde vivían, el vehículo, el negocio que levantaron con sus manos, los préstamos pendientes, los ahorros acumulados poco a poco… absolutamente nada se le escapó. Envió cada detalle ordenado a Carlos: consiguió copias de las escrituras y títulos de propiedad en los registros públicos, pidió y clasificó todos los estados de cuenta bancarios con sus fechas exactas, tarjetas de crédito, inversiones… cada documento bien guardado y respaldado.
—Señora —le confirmó él al revisar todo—: solicitaré formalmente al juzgado que investigue también cualquier cuenta, depósito o bien que aparezca solo a nombre de él, aunque no sepamos de su existencia todavía. ¿Cree que es posible?
—Claro que sí, señora —respondió con seguridad—. Si fue capaz de traicionar veinte años de vida compartida, de amor y confianza… ¿por qué no iba a ser capaz de ocultar dinero también? Es lo más común en estos casos: esconder lo que es de los dos.
Lucía asintió despacio, con la mirada dura y clara: —Tiene toda la razón.
—¿Y qué piensa hacer ahora, señora? —preguntó él con cautela.
—Me voy a cobrar todo lo que me debe —dijo ella sin dudar—. Me voy a vengar.
—Por favor, nada que pueda perjudicar su causa —le advirtió rápido—. Nada de actos desesperados o violentos.
—Tranquilo —le sonrió con firmeza—: no le haré daño físico. Pero sí le daré algo que recordará para siempre. Algo que no podrá borrar jamás.
Llegó el miércoles señalado. Se peinó con esmero, eligió su mejor ropa, se arregló entera: se veía hermosa, digna, imponente. Su hija Tania la miró sorprendida y admirada:
—¡Guau, mamá! Te ves espectacular… ¿vas a ir a hablar con papá?
Lucía le acarició la mejilla y asintió:
—Sí, hija, voy a verlo —y le entregó una nota—: Por favor, ve a casa de tus abuelos ahora mismo. Ya avisé a tu hermano Carlos, él también irá allá.
—¿Pasa algo malo? —se preocupó la chica.
—Tu abuela se siente un poco baja de ánimo y pidió verlos a los dos —explicó con calma—: Sabes bien que siempre se le levanta el ánimo al ver a sus nietos.
—Claro que sí, mamá. Vamos los dos sin falta —respondió Tania confiada.
—Perfecto —dijo ella.
Salió a la calle, tomó un taxi y dio la dirección del negocio que ayudó a fundar. Al llegar, pagó, bajó despacio… y lo vio ahí mismo: Mariano sentado muy cerca, riendo animado, compartiendo taza y palabras dulces con ella: su asistente, la misma que se creyó dueña sin trabajar nada… la rompehogares tal cual la llamaba en su mente. Respiró hondo una sola vez, tomó su bolso con fuerza, enderezó la espalda… y entró caminando derecho hacia ellos. Nadie la detuvo. Se paró justo en frente de la mesa donde ambos brillaban felices sin saber que ella llegaba… y dijo con voz serena, clara, que cortó la risa al instante:
—Hola, Mariano… ¿interrumpo algo?
MUCHO RELATO, MUCHA EXPLICACION. ABURRE TANTA LETRA, ESCRITORA HAGA MAS CORTA LAS SECUENCIAS..!!!