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Elena: Entre El Deseo Y El Odio.

Elena: Entre El Deseo Y El Odio.

Status: En proceso
Genre:CEO / Casos sin resolver / Amor-odio
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Elena a punto de perder la custidia de su hija, esta en la disyintiva entre el amor y el odio a su ex, porque lo considera el autor intelectual de la muerte de sus padres

NovelToon tiene autorización de Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Elena.

Capítulo 7: Elena

La traición no duele cuando viene de un enemigo. Duele cuando viene de alguien a quien abriste la puerta de tu casa y de tu corazón. Duele porque no es solo una herida. Es un desmoronamiento de todo lo que creías verdad.

Pasé toda la noche sin dormir.

No por el insomnio habitual, sino porque mi mente se negaba a procesar lo que Mateo me había dicho. Sofía. Mi mejor amiga. La madrina de Lucía. La mujer que había sostenido mi mano en el funeral de mis padres, que había secado mis lágrimas en las noches de desesperación, que me había aconsejado durante los años más oscuros de mi vida. Sofía.

No podía ser. No quería creerlo.

Pero mientras daba vueltas en la cama, los recuerdos empezaron a alinearse como piezas de un rompecabezas que nunca quise armar. Las miradas de Sofía hacia mi padre en las cenas familiares. La forma en que se ponía nerviosa cuando él entraba en la habitación. Aquella vez que lo encontré en su consulta, a solas, y ella me dijo que estaba ayudándolo con "problemas de estrés". Los celos que sentía hacia mi madre, disfrazados de admiración. Y luego, el incendio. La rapidez con la que Sofía apareció en el hospital, justo después del accidente, como si ya lo supiera. Como si hubiera estado esperando.

No susurré en la oscuridad, apretando la almohada contra mi pecho. No puede ser.

Pero las piezas encajaban. Y cada una era como un puñal que se clavaba en mi pecho.

Cuando el sol finalmente asomó por el horizonte, me levanté con el corazón hecho añicos. No podía quedarme en esa habitación, en esa cama, mientras el mundo que había construido a mi alrededor se derrumbaba. Tenía que saber la verdad. Tenía que oírla de sus labios.

Bajé las escaleras con pasos de sonámbula. La casa estaba en silencio. Mateo dormía en el sofá, con la manta caída al suelo y el rostro surcado por las arrugas del cansancio. Lucía aún no se había despertado. Estaba sola. Y sola tenía que enfrentar lo que venía.

Tomé mi teléfono y marqué el número de Sofía. Mis dedos temblaban tanto que casi no podía pulsar las teclas. El tono de llamada sonó una vez, dos, tres. Y entonces su voz, cálida y familiar, al otro lado de la línea.

¿Elena? ¿A esta hora? ¿Estás bien?

La dulzura de su voz me partió el alma. Porque era la voz de la mujer que me había traicionado. La voz de la asesina de mis padres.

Sofía susurre y mi voz era un hilo. Necesito preguntarte algo.

Hubo un silencio. Un silencio que duró demasiado. Como si ella supiera lo que venía.

Dime, cariño.

La noche del incendio. ¿Dónde estabas?

Otro silencio. Más largo. Más pesado.

Elena, ¿por qué preguntas eso ahora?

Porque lo sé, Sofía. Lo sé todo. La carta de mi padre. La obsesión que tenías con él. El incendio. Todo.

El silencio se hizo eterno. Y luego, en lugar de la negación que esperaba, oí un sollozo. Un sollozo contenido, como el de alguien que ha estado esperando este momento durante años.

No era mi intención y su voz se quebró. Elena, te lo juro, no era mi intención. Solo quería asustarlo. Quería que me viera. Que me tomara en serio. Pero no calculé... las llamas se extendieron tan rápido... y tu madre estaba allí, y yo no pude...

¡Cállate! y mi voz resonó en el pasillo vacío. ¡Cállate, maldita sea!

Elena, por favor...

¿Por favor?, escupí, y las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas. ¿Por favor? ¿Después de matar a mis padres? ¿Después de hacerme creer que Mateo era el culpable? ¿Después de ayudarme a criar a mi hija como si fueras una santa? ¿Cómo has podido, Sofía? ¿Cómo has podido mirarme a la cara todos estos años?

Porque te quiero, Elena. Te quiero como a una hermana. Y lo que hice fue un accidente. No quería que murieran. Solo quería que él me amara...

¡Él era mi padre!, grité y el teléfono casi se me cae de las manos. ¡Mi padre! Y tú lo quemaste vivo. Quemaste a mi madre. Destrozaste mi vida. Y luego viniste a consolarme con tus mentiras y tus abrazos. ¿Cómo has podido dormir por las noches?

Sofía lloraba al otro lado del teléfono. Sollozos desgarradores que yo antes habría querido calmar. Pero ahora solo me llenaban de asco.

No sabía qué hacer. Cuando vi las llamas, entré en pánico. No podía llamar a la policía. No podía confesar. Y cuando Mateo llegó y te sacó a ti, y él... él me vio. Me vio huir. Me vio y no dijo nada. Me protegió.

¿Mateo te protegió? pregunté, y mi voz era un susurro de incredulidad.

Él siempre lo supo, Elena. Lo supo desde aquella noche. Pero no dijo nada porque sabía que si confesaba, tú perderías a tu mejor amiga. Que ya habías perdido demasiado. Que no podrías soportarlo.

La verdad me golpeó con la fuerza de un tren. Mateo lo sabía. Lo había sabido siempre. Y en lugar de entregarla, en lugar de vengar a mis padres, había elegido protegerla. Había elegido cargar con la culpa. Había elegido ser el villano de mi historia para que yo pudiera conservar a mi amiga, para que pudiera seguir adelante sin que el mundo se derrumbara a mi alrededor.

No te perdono, y mi voz era apenas un susurro. Nunca te perdonaré. Pero no voy a denunciarte. Por Lucía. Porque ella te quiere. Y porque no quiero que crezca sabiendo que su madrina es una asesina.

Elena...

No me llames más. No te acerques a mi hija. No vuelvas a aparecer en mi vida. Y si lo haces, te juro que te destruiré.

Colgué sin esperar su respuesta. El teléfono cayó al suelo, y yo me dejé caer sobre la escalera, con la cabeza entre las manos, sollozando como no lo había hecho en diez años.

Y entonces, sentí una mano en mi hombro. Levanté la vista.

Mateo estaba allí, con el rostro cansado y los ojos llenos de algo que no sabía nombrar. No era lástima. No era culpa. Era comprensión.

Lo siento susurro, y su voz era un susurro roto. Lo siento por todo.

Y por primera vez en diez años, no lo empujé lejos.

Me dejé caer en sus brazos.

Y lloré como si el mundo se acabara.

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