Cuando U-jin partió al extranjero para convertirse en una abogada impecable y Jeong decidió quedarse a construir desde cero su sueño entre harinas y hornos, ambas creyeron que el tiempo se encargaría de diluir lo que sentían. Durante años, sus vidas transcurrieron en universos paralelos: U-jin conquistando el exigente mundo de las leyes con elegancia y determinación; Jeong convirtiendo su pequeña pasión en la cafetería y repostería más aclamada de la ciudad, mientras intentaba descifrar un vacío en su corazón que ningún éxito lograba llenar.
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Rostros tras el cristal
A las doce en punto, la luz del mediodía entraba de lleno por los grandes ventanales de Lumière. U-jin continuaba sentada en una pequeña mesa del rincón, revisando los planos de remodelación de su despacho en la pantalla de su tableta.
Aunque proyectaba una serenidad absoluta —luciendo una elegancia sofisticada, maquillaje sutil y el cabello peinado en ondas suaves que caían sobre su abrigo de tono pastel—, por dentro sus nervios aumentaban con cada minuto.
La campanilla de la puerta resonó con fuerza al abrirse.
Una figura alta y de postura erguida cruzó el umbral. Llevaba una chaqueta de cuero holgada sobre una camiseta negra de corte recto, pantalones oscuros de vestir y botas de suela gruesa. Tenía el cabello corto, peinado hacia atrás con un estilo desprolijamente pulcro que dejaba al descubierto una mandíbula marcada y unos rasgos firmes. Su presencia proyectaba un aura marcadamente masculina, segura y madura, muy alejada de cualquier delicadeza convencional.
La chica del mostrador saludó de inmediato con una reverencia respetuosa:
—Buenas tardes, chef Jeong. Los reportes del turno de la mañana están listos en la oficina.
U-jin levantó la mirada al escuchar el nombre. Sus ojos recorrieron a la persona que acababa de entrar. Sintió una punzada de desconcierto; no podía hallar en esa figura fuerte, de hombros anchos y porte decidido, a la muchacha tímida de dieciocho años que solía sujetarle la mano en el patio del colegio. Para U-jin, esa mujer era una desconocida que imponía respeto a su paso.
Jeong, por su parte, tomó la carpeta con los balances que le entregaba su empleada mientras caminaba hacia la barra. Mientras hojeaba los documentos con atención, su mirada se desvió un segundo hacia la mesa del fondo.
Allí vio a una mujer adulta deslumbrante. Tenía la compostura de una profesional distinguida, una elegancia pulida y una mirada madura que distaba mucho de la adolescente de uniforme que recordaba. Aunque notó la belleza serena de la clienta, Jeong no logró reconocer en esa mujer de mundo a la chica que había partido al extranjero años atrás.
—¿Todo en orden con las mesas? —preguntó Jeong con una voz grave, pausada y serena, mientras firmaba un recibo.
—Sí, chef. Por cierto... la señorita del rincón la estaba buscando. Mencionó que era una vieja amiga suya.
Jeong se detuvo. Levantó la vista despacio y volvió a fijar la mirada en U-jin, quien en ese mismo instante se ponía de pie, ajustando con elegancia la correa de su bolso.
Ambas se observaron en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. La distancia y los años habían esculpido en ellas dos versiones completamente distintas de sí mismas, borrando los rastros de la infancia para dar paso a las mujeres en las que se habían convertido.