Victoria tenía dieciocho años cuando conoció a Stefano.
Él tenía veintidós, una sonrisa imposible de ignorar y demasiadas verdades que decidió callar.
Para ella fue su primer gran amor. Para él, una historia que nunca debió comenzar.
Victoria creyó conocer al hombre del que se estaba enamorando, hasta que descubrió que Stefano guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo. Intentó alejarse. Volvió. Lo perdonó. Y cuando finalmente creyó haber aceptado la verdad, descubrió que apenas conocía una parte de ella.
Lo que siguió fueron años de encuentros, despedidas y decisiones que terminaron llevándolos por caminos distintos.
Victoria creció. Amó. Construyó una vida que ya no dependía de Stefano.
Pero algunas historias no terminan cuando dos personas se separan.
A veces solo esperan el momento en que ambos tengan suficiente vida encima para entender lo que realmente perdieron.
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La primera vez que faltamos
Para el segundo año, la familia de Mateo ya había dejado de tratar a Victoria como visita.
Tenía una taza favorita en la cocina.
Sabía dónde guardaban los platos.
Podía entrar y sentarse en la sala sin esperar que alguien la atendiera.
La mamá de Mateo la llamaba si necesitaba preguntarle algo.
Su hermana le enviaba mensajes.
Victoria había entrado en aquella familia poco a poco, sin ninguna ceremonia.
Y le gustaba.
• • •
Mateo seguía ayudando a su papá desde casa.
Había días buenos.
Días flojos.
Semanas en que parecía no levantar la cabeza de papeles y llamadas.
Otras en que podía cerrar todo temprano.
No tenía un horario fijo encima.
Eso le permitía acompañar a Victoria más.
No a clases.
Todavía no.
Pero sí a la universidad cuando tenía algo que hacer cerca, a esperarla algunos días o a encontrarse con ella cuando terminaba.
Como no tenía transporte propio, muchas veces hacían los recorridos juntos en bus.
A Victoria le parecía incluso divertido.
—Vamos a morir aquí —dijo una tarde, apretada entre Mateo y una señora con bolsas.
—Juntos —respondió él.
—Qué romántico.
—Yo hago lo que puedo.
Victoria se rio.
• • •
Ese año volvió a surgir una posibilidad de trabajo para ella.
Una compañera sabía de un lugar que necesitaba alguien unas horas por la tarde.
—Podría preguntar —dijo Victoria.
Mateo estaba revisando unos documentos que su papá le había dejado.
—¿Querés trabajar?
—No sé.
—Pensé que querías sacar más materias el próximo ciclo.
—Sí.
Mateo dejó el mouse.
—Entonces no te cargués.
—Serían pocas horas.
—Y transporte. Y horarios. Y llegar cansada.
Victoria se sentó frente a él.
—Vos trabajabas y estudiabas.
—Y era horrible.
Ella sonrió.
—Sobreviviste.
—Porque soy extraordinario.
Victoria le lanzó un borrador.
Mateo se rio.
Después se puso serio.
—En serio, Vic. Terminá. Después trabajás. Si querés salir o necesitás algo, me decís. No tenés que matarte por tener plata para un café.
Victoria negó.
—No quiero que me mantengás.
—No te estoy manteniendo.
Y era verdad.
Victoria vivía con su familia.
Sus gastos importantes seguían dependiendo de su casa.
Mateo pagaba muchas salidas, nada más.
En ese momento, su argumento no parecía absurdo.
Victoria dejó pasar el trabajo.
• • •
Conforme se acercó diciembre, las invitaciones se multiplicaron.
La familia de Mateo tenía actividades.
La de Victoria también.
Un almuerzo aquí.
Una visita allá.
Un cumpleaños.
Compras.
Planes.
Victoria empezó a hacer malabares para cumplir con todos.
—El domingo vamos donde mi tía —dijo Mateo.
—Mi mamá quiere que esté en la casa.
—Entonces quedate.
—No. Puedo ir después.
—Como querás.
Mateo nunca hizo una escena.
Eso hacía más fácil elegir ir con él.
Porque no parecía una obligación.
Era simplemente el plan más entretenido.
La casa de Mateo siempre estaba llena.
Había risas.
Comida.
Gente entrando y saliendo.
Victoria empezó a pasar más días allí durante las vacaciones.
Su madre volvió a decir:
—Ya casi no estás aquí.
Victoria la abrazó.
—Estoy de vacaciones.
—Precisamente.
—Mañana me quedo.
Su madre sonrió.
—Eso dijiste ayer.
Victoria también sonrió.
No sintió culpa suficiente para cambiar nada.
• • •
Para Año Nuevo, ambas familias tenían planes.
En casa de Victoria harían cena.
En la de Mateo también.
Durante días asumieron que intentarían dividirse.
Un rato en una casa.
Después en la otra.
Hasta que un amigo de Mateo habló de una fiesta.
—Podríamos ir —dijo Mateo.
Victoria lo miró.
—¿En Año Nuevo?
—Sí.
—¿Y nuestras familias?
Mateo se encogió de hombros.
—Pasamos Navidad con ellos.
—No es lo mismo.
—Una vez no pasa nada.
Victoria dudó.
La idea de pasar la noche solos, sin horarios familiares, le gustó más de lo que quería admitir.
—Mi mamá me va a matar.
—La mía también.
—Entonces es mala idea.
—Probablemente.
Se miraron.
Terminaron riéndose.
• • •
La noticia no cayó especialmente bien en ninguna casa.
—¿No vas a cenar aquí? —preguntó la mamá de Victoria.
—Sí voy a estar un rato.
—¿Y después?
—Salimos.
—¿Con Mateo?
—Sí.
Su madre guardó silencio.
Victoria se preparó para una discusión.
No llegó.
—Está bien. Solo avisá.
Eso fue peor.
Victoria sintió una pequeña punzada de culpa.
Aun así, salió.
Mateo también dejó su casa después de cenar.
Se encontraron en una parada.
Él llevaba una camisa que Victoria le había ayudado a escoger.
—¿Listo?
—Listo.
Tomaron un taxi porque era tarde.
La fiesta estaba llena.
Música.
Gente.
Luces.
Mateo tomó la mano de Victoria para abrirse paso.
Bailaron.
Se rieron.
Brindaron.
A medianoche se besaron entre gritos de personas que no conocían.
Durante unos minutos, Victoria se olvidó completamente de todo lo demás.
No estaba con su familia.
Mateo tampoco estaba con la suya.
Eran solo ellos dos en medio de una fiesta.
Y se sintió bien.
• • •
Después de medianoche, Victoria revisó el teléfono.
Tenía mensajes de su madre.
De otros familiares.
Fotos.
Deseos de feliz año.
Respondió algunos.
Mateo miró por encima de su hombro.
—¿Todo bien?
—Sí.
—¿Te arrepentís?
Victoria guardó el teléfono.
—No.
Y era verdad.
En ese momento no se arrepentía.
Habían querido hacer algo solos.
Eso era todo.
Una noche.
Un Año Nuevo.
Una decisión de pareja.
No parecía importante.
• • •
Regresaron tarde.
Mateo acompañó a Victoria hasta la entrada de su casa.
La calle estaba casi vacía.
—Feliz año otra vez —dijo él.
—Feliz año.
—¿La pasaste bien?
Victoria sonrió.
—Sí.
Mateo la besó.
Después se alejó hacia donde iba a tomar transporte de regreso.
Victoria entró con cuidado.
La casa estaba en silencio.
En la mesa todavía quedaban platos, vasos y restos de la cena.
Vio una silla vacía.
La suya.
Se quedó mirándola unos segundos.
Después subió a su habitación.
No pensó que aquella noche marcara nada.
No pensó que estuviera dejando a su familia de lado.
Solo había faltado una vez.
Solo una fiesta.
Solo ellos dos.
Y, para Victoria, todavía era fácil creer que todo podía acomodarse después.