Priscila lo dio todo por Mariano Vance: diez años de amor callado, un hijo y hasta el talento que sostenía en secreto su imperio financiero. A cambio, él le entregó desprecio, una amante instalada en su propia casa y una humillación tras otra delante de todos. Para el poderoso empresario, ella nunca fue una esposa: solo una intrusa a la que castigar por existir.
Pero toda humillación tiene un límite. La noche en que Priscila decide marcharse con su bebé en brazos, algo se rompe para siempre… y algo nace. Sin dinero, sin apellido y sin más armas que su brillante mente para los números, se propone reconstruirse desde cero. Lo que ninguno de los que la pisotearon imagina es que la mujer a la que trataron como sirvienta está a punto de convertirse en su peor pesadilla.
Cuando el destino la coloca frente a Leonardo Monteverde —heredero de un imperio, tan implacable en los negocios como tierno en el amor—, Priscila descubre por primera vez lo que significa ser respetada, deseada y elegida. Sin embargo, el pasado no suelta a sus presas con facilidad: la obsesión, la envidia y la venganza acechan en las sombras, dispuestas a destruir todo lo que ella empieza a reconstruir.
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Capítulo 8: La fiebre de la madrugada y el juego de cartas
Después de la humillación en la cena de cumpleaños de los padres de Mariano, Priscila pasó la noche en vela. Miraba fijamente el techo del cuarto de huéspedes mientras el pecho le ardía con las palabras venenosas de Eleonora. Pero el destino no parecía darle tregua: alrededor de las tres de la madrugada, el llanto de Killian cambió de tono.
No era el llanto caprichoso de siempre. El bebé ardía en fiebre, con el cuerpecito menudo temblando contra el colchón de la cuna.
Priscila le puso el termómetro bajo el brazo al niño. La pantalla digital pitó sin piedad: 39,8 °C.
Un pánico absoluto se apoderó de su pecho. Tomó al pequeño en brazos, lo cubrió con una manta y corrió por el pasillo oscuro hasta la suite principal. Olvidó el miedo, olvidó la vergüenza. Lo único que importaba era la vida de su hijo.
Priscila golpeó con fuerza la puerta del dormitorio principal.
—¡Mariano! Mariano, despierta, por favor. ¡Killian está ardiendo de fiebre!
La puerta se abrió de golpe. Mariano apareció bajo la luz tenue del pasillo, vestido solo con un pantalón de pijama de seda. Tenía los ojos enrojecidos de sueño y la frente contraída en un ceño de pura rabia.
—¿Te volviste loca? —gruñó, bajando la voz de forma amenazante—. ¡Mira la hora que es, Priscila! ¡Tengo una reunión de alineación con los inversionistas asiáticos a las siete de la mañana!
—Mariano, ¡Killian tiene casi cuarenta grados de fiebre! —suplicó Priscila, mostrándole al bebé que gemía débilmente en sus brazos, con las mejillas calientes y rojas—. Las gotas no le hacen efecto. ¡Necesito que me lleves a urgencias o que me des las llaves del auto! ¡Los taxis no aceptan viajes por la tormenta que hay afuera!
Mariano ni siquiera miró la cara de su hijo. Solo soltó un suspiro pesado e irritado, pasándose la mano por el rostro.
—Dale un baño de agua tibia, Priscila. Eres la madre, ¿ni siquiera sabes controlar una fiebrecita de niño? ¿Tienes que armar todo este escándalo en mi puerta a media noche?
—¡La fiebre no le baja, Mariano! ¡Está gimiendo de dolor! Por favor, ¡llévame al hospital!
En ese momento, la puerta del baño de la suite se abrió. Eleonora salió de allí vestida con una de las camisas de vestir de Mariano, sosteniendo un vaso de agua. Miró la escena con un profundo hastío y esbozó una sonrisa de medio lado.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Eleonora, acercándose a Mariano y deslizándole la mano de forma íntima por la espalda desnuda—. Mariano, mi amor... dile que deje de gritar. Me está estallando la cabeza.
Ver a la amante en la casa, en plena madrugada, mientras su hijo corría peligro, hizo que la sangre de Priscila hirviera en una mezcla de odio y desesperación.
—Mariano, ¡por el amor de Dios! ¡Tu hijo está enfermo! —gritó Priscila, con las lágrimas corriéndole sin control—. ¿Vas a dejar que empeore por un capricho tuyo con esa mujer?
Mariano dio un paso al frente y le agarró el brazo con fuerza, apretándole la piel de forma dolorosa.
—¡No te atrevas a levantarme la voz ni a hablar de Eleonora! —siseó, con los ojos clavados en los de ella con una crueldad glacial—. Si eres tan inútil que no sabes cuidar una fiebre, el problema es tuyo. No voy a salir de casa de madrugada bajo la lluvia para llevarte a un hospital por un drama tuyo.
—¡Eres una basura de padre! —escupió Priscila, desplomándose frente a él—. ¡Una basura!
—¡Cállate la boca! —Mariano la empujó levemente hacia atrás, lo suficiente para hacerla tambalear—. Las aficionadas como tú creen que el mundo gira alrededor de las mañas de un niño. Yo pago tu techo, pago tu seguro médico. Si quieres ir al hospital, toma un maldito taxi en la esquina o vete a pie. Pero no me vuelvas a despertar.
Cerró la puerta del dormitorio con una violencia que hizo temblar la pared. El sonido del cerrojo girando resonó por el pasillo.
Desde dentro, Priscila oyó la risita ahogada de Eleonora: «Guau, qué melodramática es... ven, mi amor, acuéstate aquí».
Priscila se quedó parada en el pasillo oscuro. El bebé lloraba débilmente en sus brazos, apoyando la cabeza caliente en su cuello. La humillación ya no dolía. El amor por Mariano murió por completo allí, ante aquella puerta cerrada. Lo que quedó en su lugar fue un frío absoluto, una certeza dolorosa y cortante: estaba sola en el mundo y tenía que salvar a su hijo de aquel monstruo.
Sin dudar más, Priscila se calzó unos tenis viejos, envolvió a Killian en una cobija gruesa y salió del lujoso departamento en medio de la tormenta. Caminó tres cuadras bajo la lluvia torrencial de la madrugada, protegiendo al bebé con su propio cuerpo, hasta que logró detener un taxi en la avenida principal.
Mientras el auto la llevaba a urgencias, viendo la lluvia golpear contra el vidrio, Priscila miró el rostro del pequeño Killian y juró en silencio:
Nadie nos volverá a hacer pasar por esto a los dos. Nunca más.