Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.
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Capítulo 8
Cap 8: Empieza el Monteverde
La bicicleta de Bianca estaba detrás de la puerta, con una llanta un poco baja. Le pregunté a Genaro si podía usarla para ir al Monteverde.
—La escuela me queda lejos. Yo le pongo aire.
Herminia respondió por él.
—Es de tu hermana. Si se la descompones, ¿con qué la vas a pagar?
Mi papá me dio unas monedas para el almuerzo. Las conté al salir: no alcanzaban para pagar también el transporte.
Caminé una hora y cuarto. Llegué sudada, con miedo de que alguien notara el olor del suéter antes que mi nombre en la lista. Me lavé las manos y la cara en el baño, esperé a dejar de respirar tan fuerte y fui al salón.
En la oficina me confirmaron que el Monteverde no tenía internado. La beca me aseguraba las clases, pero tendría que seguir buscando dónde dormir. Crucé el pasillo hacia el salón con la respuesta todavía pesándome.
Lucero me había guardado un lugar.
—Ven. Si te sientas atrás, no ves cuando escriben chiquito.
Me apartó la silla con el pie y siguió contándome lo que habían hecho sus papás el fin de semana. No me preguntó por la casa delante de los demás. Le agradecí eso más de lo que supe decirle.
Rogelio llegó rodeado de compañeros. Prestó un lápiz, saludó a alguien del otro grupo y se sentó tres filas detrás. Era fácil entender que les cayera bien. También a mí me había resultado fácil.
En el primer receso se acercó a nuestra mesa.
—Diez puntos —dijo, mirando mi cuaderno—. Para el siguiente ya veremos.
—Todavía estás a tiempo de estudiar.
Lucero se rió. Él se acomodó la mochila para tener algo que hacer con las manos.
—Tú eres la que llegó del rancho, ¿no?
Dejé de escribir.
—¿Quién te dijo?
—Se sabe.
No insistí delante de Lucero. Me quedé pensando qué parte de mi vida se contaba ya en los pasillos y por qué a él le interesaba escucharla.
La maestra Beatriz nos hizo presentarnos en inglés. Yo había aprendido a entenderlo de grande, entre trabajo, música y personas que lo hablaban; escribirlo era otra cosa. Contesté sin pensar demasiado hasta que noté que varios me estaban mirando.
Beatriz me pidió repetir una frase más despacio. Después me hizo otra pregunta. Cuando terminé, anotó algo junto a mi nombre.
Rogelio quedó de jefe de grupo en la votación. Había hablado con casi todos antes de que empezara. Beatriz me encargó a mí reunir las tareas de inglés y avisarle qué material faltaba.
—Si hay un problema, me buscas. No te lo quedas tú.
Asentí. Un encargo tan pequeño bastó para que me sintiera menos de visita en aquel salón.
La primera clase de matemáticas me quitó parte de la confianza. Entendía los ejercicios, pero los demás manejaban términos que yo había aprendido con otros nombres. En inglés pronunciaban palabras que yo reconocía al oírlas y luego no sabía escribir.
Mis recuerdos me habían servido para entrar. No me iban a hacer todas las tareas. Esa noche copié en una hoja lo que tenía que repasar y la dejé dentro del libro, donde pudiera verla al abrirlo.
En la cafetería pedí arroz y frijoles. Tenía algo guardado con Susana, pero no pensaba gastarlo entero en aparentar que en casa me daban suficiente.
Además quería que Beatriz lo notara. Lo admití para mí mientras colocaba las monedas sobre la bandeja. Necesitaba que algún adulto se preguntara cómo vivía, aunque me incomodara tener que invitarlo a mirar mi plato.
No fue Beatriz quien se sentó enfrente.
—¿Ese lugar está ocupado?
El maestro Lázaro traía una bolsa llena de libros. La dejó sobre la mesa con cuidado de no tocar mi comida.
—Me dieron la lista de lo que piden aquí. Conseguí estos. Hay que revisar las ediciones, pero casi todo sirve.
Saqué el primero. Alguien había borrado un nombre de la portada para que yo pudiera escribir el mío.
—¿Vino hasta acá por esto?
—Y a ver si habías llegado. Tu papá dijo que ya estabas inscrita. Preferí comprobarlo contigo.
Me preguntó cómo me estaba yendo. Le dije lo de las clases, el camino y los cuadernos que todavía me faltaban. Él separó dos de la bolsa.
—Estos tienen unas hojas usadas al principio. Arráncalas si quieres.
Las hojeé allí mismo. Había ejercicios corregidos con paciencia en tinta roja. Pensé que los había revisado para otro niño antes de traerlos y me dio pena haber imaginado su visita solo como una forma de asustar a Genaro.
—Gracias, maestro —alcancé a decirle antes de que se fuera.
—Avísame si te falta algo de la lista. Y estudia. Quiero saber cómo te va, no solo que estás sentada aquí.
Por la tarde, Lucero compartió conmigo sus apuntes de la clase que no había entendido. Me señaló dónde Beatriz se detenía siempre para repetir una explicación.
—Cuando se quita los lentes, eso viene en el examen. Mi prima me dijo.
Me reí. Lucero estaba encantada con haberme enseñado algo. Me gustó que pudiera hacerlo; no quería pasarme toda la amistad cuidándola como si no supiera nada.
Con Rogelio, en cambio, perdía enseguida esa sensatez.
Él le explicó un problema en el receso. Ella se quedó mirándolo un poco después de que terminara. Desde la mesa de al lado, Miroslava Rincón cerró su libreta con un golpe y se fue a pedirle a Rogelio que la acompañara.
—Es bien buena onda —me dijo Lucero.
—Cuando quiere.
—¿Por qué te cae tan mal?
No podía responderle que me había dejado morir. Tampoco quería inventarle un delito al niño que acababa de prestarle un cuaderno.
—No me gusta cómo habla cuando se enoja. Fíjate en eso también.
Lucero hizo una cara de no estar convencida. Me dejó cambiar de tema y seguimos caminando hasta donde la esperaba Marta.
Volví sola, con los libros de Lázaro pesándome en la mochila. Ya tenía tarea, un lugar junto a Lucero y una maestra a la que podía buscar. Intenté pensar en eso.
Pero seguía oyendo a Rogelio decir que ya sabía de dónde venía. Él podía preguntar por mí sin que pareciera extraño. Yo no podía hacerle la pregunta que me importaba: qué iba a hacer esta vez con lo que averiguara.