Ella aprendió que el poder no evita las traiciones ni el dolor. Con el corazón roto y el alma marcada por un pasado que juró olvidar, se convirtió en una CEO temida e inalcanzable. Él, un hombre humilde de corazón noble, apareció cuando ella había dejado de creer en el amor.
Entre secretos, heridas y un destino imposible de evitar, ambos descubrirán que solo el amor más sincero puede curar un corazón.
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PROPUESTA DE TRABAJO
En la fastuosa sala de estar, bajo la luz de una imponente lámpara de cristal, las tres mujeres de la familia Acuña contemplaban en silencio la escena.
Rodrigo intentaba, con una paciencia que contrastaba con su tosca apariencia, acomodar a Luca en uno de los sofás de terciopelo.
Sin embargo, el niño se aferraba a él con la desesperación de quien teme que su salvador se desvanezca en el aire para siempre.
“Luca, mi amor, vamos a jugar a tu habitación, ¿sí?” intervino Julieta, acercándose con una sonrisa ensayada para intentar distraer a su sobrino.
El pequeño, sin embargo, no cedió; negó enérgicamente con la cabeza y hundió el rostro con más fuerza en el cuello de Rodrigo.
“Pequeño, escucha” le susurró Rodrigo, acariciándole la espalda “Tengo que irme a buscar trabajo. Te prometo que regresaré más tarde, ¿de acuerdo?”
“¿Buscas trabajo, Rodrigo?” interrumpió Estela, con la calidez de una madre que busca saldar una deuda de gratitud “Si es así, la corporación tiene decenas de vacantes. Puedo recomendarte personalmente con el director de recursos humanos hoy mismo”
Rodrigo enderezó la espalda y miró a la matriarca. Su orgullo, limpio y firme, relució en sus ojos “Se lo agradezco mucho, señora Acuña, de verdad. Pero me gusta conseguir cada cosa en mi vida gracias a mi propio esfuerzo. No me sentiría cómodo aceptando un favor así”
Un silencio incómodo amenazó con instalarse en la estancia, hasta que Julieta dio un paso al frente, con los ojos iluminados por una idea repentina.
“¡Rodrigo! Puedes ser mi chofer privado” soltó la joven, ganándose de inmediato las miradas estupefactas de su madre y de Lesly.
Ante la sorpresa general, Julieta se apresuró a justificarse “Mamá, piénsalo. Ya comienzo la universidad la próxima semana y todavía no tengo la licencia de conducir. Además, soy demasiado despistada al volante, ya se lo había comentado a papá y él estaba de acuerdo en buscarme a alguien. ¡Es perfecto! Por favor, mamá, dile que sí”
Estela guardó silencio por unos instantes, sopesando la propuesta. Su hija menor no mentía; Julieta al volante era un peligro inminente para ella misma y para la ciudad.
Finalmente, la matriarca miró a Rodrigo “Depende enteramente de si el joven acepta” respondió Estela, trasladándole la decisión.
Julieta se volvió hacia Rodrigo, juntando las manos y mirándolo con ojos de cachorro suplicante “Por favor, di que sí. Piénsalo: si trabajas conmigo, estarás aquí en la casa y podrás pasar tiempo con Luca cuando regresemos. Anda, di que sí...”
Rodrigo abrió la boca para rechazar la oferta de inmediato; la idea de convertirse en el empleado doméstico de unos millonarios le revolvía el estómago.
Sin embargo, antes de que pudiera pronunciar palabra, Estela lo interrumpió con sutileza y mencionó la cifra de los honorarios mensuales que conllevaba el puesto.
Las palabras de la matriarca congelaron a Rodrigo. El monto era una fortuna para alguien acostumbrado a romperse la espalda cargando cajas bajo el sol.
Con ese salario no solo mantendría la casa, sino que podría asegurar los mejores médicos para su abuela y una educación digna para su pequeña hermana Briana.
Sintió un nudo en la garganta. Tragándose el orgullo milenario que le dictaba marchar de allí, asimiló la realidad y asintió levemente.
“Está bien...” aceptó con voz grave “¿Cuándo empiezo?”
“Primero lo primero” intervino Lesly, cruzándose de brazos mientras mantenía su mirada analítica fija en él “¿Tienes los documentos en regla para conducir?”
“Sí, por supuesto. Tengo el brevete y la licencia de conducir vigentes y sin ninguna infracción” respondió Rodrigo, sosteniéndole la mirada con firmeza.
“Perfecto entonces” sentenció Estela con una sonrisa de satisfacción “Aprovecha este fin de semana para descansar y resolver tus pendientes, ya que la próxima semana Julieta inicia sus clases formalmente. Ese mismo día firmaremos el contrato legal”
Luca, al entender que su heroe no se marcharía para siempre, alzó el rostro y esbozó una sonrisa radiante.
“¿Se va a quedar mi papá?” preguntó con inocencia.
“Trabajará aquí, pequeño. Lo tendremos todo el día para nosotros dos” respondió Julieta con alegría, alborotándole el cabello al niño.
Aquella última afirmación cayó como un balde de agua fría sobre Lesly. Una extraña y punzante sensación de desagrado le recorrió el pecho, tensándole la mandíbula de inmediato.
Cruzó los brazos, desconcertada por su propia reacción. ¿Acaso eran celos? Se obligó a apartar el pensamiento; era absurdo, no tenía ninguna razón para sentirse celosa, y mucho menos por un comentario de su hermana. Sin embargo, la molestia seguía allí, instalada en su estómago.
“Vaya... veo que ya lo contrataron” interrumpió una voz gélida y autoritaria desde el umbral de la sala.
Renato Acuña entraba al espacio con paso firme y la mirada inyectada en desconfianza. Su intención era revocar ese absurdo acuerdo en el acto, pero antes de que pudiera emitir la orden, se topó de frente con la mirada furiosa y tajante de su esposa.
Estela le sostuvo la mirada con una firmeza que no admitía réplicas.
Sabiendo que desafiar a su mujer en ese momento desencadenaría una tormenta familiar, el patriarca se tragó sus palabras.
Apretó los puños dentro de los bolsillos de su elegante saco y clavó una última mirada de advertencia sobre Rodrigo.
Si no podía echarlo, se encargaría de vigilar cada uno de sus movimientos.