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Siempre Tendrás 18

Siempre Tendrás 18

Status: Terminada
Genre:Enfermizo / Escuela / Amor eterno / Completas
Popularitas:481
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Abril tiene 17 años, leucemia y una lista: aprovechar cada segundo que le queda.

Sus padres siempre trabajan, así que vive sola y se refugia estudiando en el colegio. Hasta que aparece Kael, 18, el chico que divide su tiempo entre las clases y una escuela de boxeo, con los nudillos siempre rotos y el corazón blindado.

Él cree que pelear es la única forma de no sentir. Ella le va a enseñar que vivir también duele.

Lo que Kael no sabe es que Abril se está apagando, que los dolores son cada vez más fuertes y que un día se va a desmayar frente a él.

Una historia sobre amar sabiendo que tienes fecha de vencimiento.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

PRÓLOGO - No me quiero ir

Me dijeron que mi sangre estaba enferma cuando tenía dieciséis años y tres meses. Leucemia linfoblástica aguda, por si quieres googlearlo y asustarte como lo hizo mi mamá en el pasillo del hospital. Mi papá no dijo nada, solo me apretó la mano tan fuerte que me dolió más que la vía del suero. Yo solo pensé que al día siguiente tenía prueba de matemáticas y que no había estudiado.

Uno pensaría que después de un diagnóstico así te vuelves valiente o sabia. No. Te vuelves experta en disimular. Aprendes a decir "estoy bien" con una sonrisa que te deja las mejillas adoloridas. Aprendes nombres de quimioterapias que suenan a planetas lejanos. Aprendes que tus papás van a trabajar doce horas porque cada bolsa de sangre cuesta lo mismo que un mes de arriendo y que no es que no te quieran, es que amar sale caro.

Por eso mi casa siempre está vacía. Llego, tiro la mochila, caliento la comida que dejaron en la mañana y prendo la tele aunque no la vea, solo para que alguien haga ruido. No soporto el silencio porque en el silencio escucho mi corazón y me da miedo que un día deje de hacerlo. Por eso me quedo en el colegio hasta tarde. La bibliotecaria ya me conoce. Me deja quedarme hasta que el conserje apaga las luces. Ahí, entre libros que nadie saca, escribí mi lista en la última página de mi cuaderno de cálculo. No la llamé "cosas que hacer antes de morir" porque suena a película mala. La llamé "Días Prestados".

Ver el amanecer desde la azotea del colegio.

Que alguien me espere de verdad.

Aprender a tirar un jab sin caerme de culo.

Enamorarme una vez, aunque sea la peor idea del mundo.

El punto cuatro lo taché mil veces. ¿Cómo te enamoras cuando sabes que eres un contrato con fecha de vencimiento? Me parecía egoísta, como pedirle a alguien que se suba a un barco que ya se está hundiendo.

Y entonces llegó Kael.

Kael tiene dieciocho, aunque aparenta veinticinco cuando se enoja. Es el nuevo, pero todo el mundo ya sabe quién es: el que falta martes y jueves por la escuela de boxeo, el que tiene los nudillos siempre rotos y las vendas sucias, el que no habla si no es necesario. Lo vi por primera vez en mi azotea. Mi azotea. Estaba haciendo sombra, golpeando el aire como si el aire le hubiera hecho algo. Me quise ir, pero él me dijo "cinco minutos más" sin siquiera mirarme. Y me quedé.

Resulta que los dos usábamos el mismo lugar para escondernos. Yo de mi casa vacía, él de todo lo demás. Él no me preguntaba por qué estaba tan pálida, yo no le preguntaba por qué tenía el labio partido. Éramos dos soledades que por fin no se estorbaban. Me enseñó a vendarme las manos. Yo le enseñé a resolver ecuaciones y a decir "leucemia" sin que le temblara la voz.

Yo no le conté. No quería que me mirara con lástima. Pero el cuerpo es un chismoso. Primero son dolores en los huesos, como si alguien te apretara por dentro. Luego mareos. Luego el mundo se va a negro de golpe y despiertas en el suelo con sabor a metal en la boca y con las manos de alguien sosteniéndote la cara. Me desmayé frente a su casillero un martes. Recuerdo el olor a sudor y a desinfectante de sus vendas.

Esta no es la historia de cómo el amor me curó. El amor no cura la sangre. Esta es la historia de los meses en los que dejé de contar cuánto tiempo me quedaba y empecé a contar cuántas veces me hizo reír. De cómo un chico que solo sabía pelear aprendió a quedarse quieto a mi lado en una sala de quimioterapia. De cómo yo entendí que aprovechar cada momento no es hacer cosas extraordinarias, es tener con quién hacer las ordinarias.

Todo el mundo dice que cuando amas algo tienes que aprender a dejarlo ir.

Yo tengo diecisiete. Él tiene dieciocho. Y yo no me quiero ir.

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