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BUSCA MI FELICIDAD

BUSCA MI FELICIDAD

Status: En proceso
Genre:ABO
Popularitas:681
Nilai: 5
nombre de autor: Tumiult

Paulo Withmore aprendió muy joven que el amor hay que ganárselo con silencio, con trabajo, con nunca pedir de más.
Siendo muy joven se casó con su mejor amigo de toda la vida, convencido de que por fin había encontrado un hogar propio.
Pero algunas promesas se rompen en silencio y duelen tanto que sientes morir.
Esta es la historia de todo lo que alguien tuvo que perder para finalmente encontrarse a sí mismo y su felicidad.

NovelToon tiene autorización de Tumiult para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

6

La vida de Paulo parecía acomodarse como un rompecabeza bien organizado, a pesar de su edad él sabia que asi debía ser, aunque no lo dijera en voz alta ser un adulto era agotador, y era en esos momentos que la compañia de Henry le hacia recordar que estaba bien actuar como un chico joven, despues de todo era eso, un joven muy disciplinado, pero joven al fin. Mientras que para los adultos Paulo era alguien admirable por su madurez y responsabilidad, para Henry era el pequeño que necesitaba de un abrazo en los días difíciles.

Talvez porque Paulo se permitió ciertas actitudes espontaneas y hasta algunas inmadureces frente a Henry es que cuando se lo pidió un domingo de otoño, sin ningún anillo escondido en una copa de champagne ni ningún plan elaborado con música de fondo, sino sentado en el piso del departamento de Paulo, rodeados de los restos de una pizza a medio terminar, con las manos temblándole de una forma que Paulo nunca le había visto antes, es que la parte que operaba con logica nunca se encendió.

—Tengo algo que preguntarte, y llevo como semanas intentando encontrar el momento perfecto, pero creo que ya no existe ningún momento perfecto, así que te lo pregunto ahora.

—Tienes salsa de tomate en la barbilla.

—Ese es justo mi punto. —Henry se limpió la barbilla de un manotazo, sin perder el hilo—. Paulo. Llevamos juntos desde siempre. Te conozco tanto como si fuera yo mismo. No me imagino ningún futuro que no te tenga a ti metido en el medio de todo. Así que, bueno. ¿Te quieres casar conmigo?

Paulo se quedó mirándolo un momento entero, sin poder articular nada, con el corazón latiéndole tan fuerte que estaba seguro de que Henry podía escucharlo desde donde estaba sentado.

—¿Estás hablando en serio?

—Muy en serio. Tanto que me tiemblan las manos, mira. —Se las mostró, efectivamente temblando—. Nunca me tiemblan las manos.

—Tenemos diecinueve años, Henry.

—Lo sé. —Se acercó un poco más, tomándole las manos entre las suyas para que dejaran de temblar tanto—. Y sé que puede parecer muy apresurado, y que mi mamá probablemente va a tener mil opiniones al respecto, y que hay mil razones prácticas para esperar. Pero no quiero esperar. Sé lo que quiero, y eres tú. Siempre has sido tú.

Paulo sintió algo cálido subirle por el pecho, esparciéndose hasta la punta de los dedos, y por toda respuesta se lanzó a abrazarlo con tanta fuerza que casi lo tira de espaldas contra el piso, riéndose y llorando al mismo tiempo de una forma que no lograba controlar del todo.

—Eso es un sí, ¿verdad? —preguntó Henry, con la voz apagada contra el hombro de Paulo—. Porque el abrazo es bueno, pero necesito escucharlo.

—Sí. Sí, obvio que sí, idiota.

Si tan solo el cerebro hubiera aplicado lógica y razones.

...***************...

Karla, para sorpresa de Paulo, recibió la noticia con más entusiasmo del que había anticipado. La noticia la dieron durante un almuerzo, Henry, incapaz de guardar el secreto ni un día más, lo soltó a mitad del postre sin ningún preámbulo.

—Nos vamos a casar.

Karla dejó caer la cuchara contra el plato, con un gesto tan dramático que por un segundo Paulo temió lo peor, hasta que ella se llevó las manos a la boca y soltó algo entre risa y llanto que terminó de confirmar que la reacción iba en la dirección correcta.

—¡Ay, por Dios! —Se levantó de la mesa para abrazarlos a los dos, apretándolos tan fuerte que Paulo casi no podía respirar— Siempre lo supe, ustedes terminarían juntos...

—¿Ya lo sabía? —le preguntó Paulo, todavía procesando la intensidad de la reacción.

—¿Que se querían y terminarían en el altar? Cualquiera con ojos lo sabía, mi amor. Aunque son un tanto jovenes, pero realmente es lo que menos me importa ahora —Karla le acomodó el cabello con un gesto casi maternal—. Vamos a organizar la boda más bonita que este vecindario haya visto nunca. Ya verás.

Edward, más callado como siempre, se limitó a estrecharle la mano a Paulo con una fuerza que decía más de lo que sus palabras solían decir, y esa noche, cuando ya todos se habían ido a dormir, Paulo lo encontró en la cocina, sirviéndose un vaso de agua.

—Me alegro mucho por ustedes dos —dijo, sin ningún adorno, con esa forma suya de hablar poco y decir mucho igual—. De verdad.

—Gracias, Edward.

—Tu padre estaría orgulloso, si me permites decirlo. —Se quedó un momento callado, como sopesando si había dicho demasiado—. Siempre pensó que Henry y tú terminarían juntos, ¿sabes? Siempre lo decia cada que podia.

Paulo sintió los ojos aguársele un poco, con esa mezcla de alegría y nostalgia que ya conocía bien, la que llegaba cada vez que algo bueno pasaba sin sus padres ahí para verlo.

...***************...

Los meses siguientes se llenaron de listas, muestras de tela para las servilletas, y discusiones sobre flores que Paulo nunca hubiera imaginado que pudieran generar tanto debate. Karla se tomó la organización de la boda como un proyecto personal, apareciendo casi todas las semanas en el departamento de Paulo con catálogos bajo el brazo y opiniones firmes sobre cada detalle, desde el color exacto del mantel hasta qué canción debía sonar cuando entraran al jardín.

—Este blanco no. —Descartó una muestra de tela con un gesto de la mano, como si la tela misma le hubiera hecho algo personal—. Este otro, el marfil. Combina mejor con las flores que ya elegí.

—Karla, de verdad, cualquier blanco está bien para mí.

—No, no está bien. —Se sentó junto a él en el sillón pequeño, tomándole las manos con esa efusividad suya—. Quiero que este día sea perfecto para ti, Paulo. Después de todo lo que has pasado, te mereces algo perfecto, sin ningún detalle fuera de lugar.

Paulo le sonrió, conmovido por la insistencia, sin sospechar nada más detrás de esas palabras que el cariño genuino que Karla parecía tenerle. Pasaron esa tarde entera revisando catálogos, y aunque Paulo no tenía opiniones firmes sobre casi nada de lo que se discutía, disfrutó cada minuto de ver a Karla tan entusiasmada, tan decidida a que todo saliera exactamente como ella lo imaginaba.

Henry, mientras tanto, se encargaba de los detalles que a él le tocaban con la misma seriedad exagerada con la que alguna vez había vendido limonada premium, insistiendo en elegir personalmente el traje de ambos, en probar cada opción de pastel disponible en la pastelería del barrio hasta encontrar el sabor perfecto, en escribir y reescribir sus votos una decena de veces hasta quedar conforme.

—No me dejas ver nada de lo que escribes —se quejó Paulo una noche, viéndolo tachar otra línea en la libreta que llevaba semanas cargando a todos lados.

—Porque quiero que sea sorpresa. —Henry tapó la libreta con la mano, sin dejarlo espiar—. Tú también estás escribiendo los tuyos a escondidas, no finjas que no.

—Es diferente.

—Es exactamente lo mismo, y lo sabes.

...***************...

La boda se hizo seis meses después, en el jardín trasero de la casa de los Ashford, el mismo donde Paulo había pasado tantas tardes de infancia, decorado ahora con flores blancas y sillas plegables que Karla insistió en cubrir con telas que combinaran perfectamente con el resto de la decoración. Fue una ceremonia sencilla, sin demasiado alboroto, con apenas los vecinos de siempre, algunos compañeros de universidad de Henry, y Rosario junto a un par de compañeros del taller de Octavio, que habían insistido en irse temprano ese día "por una emergencia familiar", claro nadie del trabajo de Paulo sabia exactamente que ocurria, Paulo habia sido muy discreto y solo invitó a cuatro personas, tres lograron llegar, pero el cuarto invitado, Octavio, no habia podido llegar por motivos de fuerza mayor, pero envió su regalo de bodas con Rosario.

Paulo se paró frente al altar improvisado con el corazón latiéndole tan fuerte que apenas escuchaba nada más allá de su propio pulso, con Edward a su lado: el hombre más cercano a un padre que le quedaba, quien había aceptado acompañarlo hasta el altar con una emoción contenida que se le notaba en los ojos más de lo que sus palabras habrían dejado ver. Cuando Henry apareció al otro lado del jardín, vestido con un traje que le quedaba perfecto, con esa sonrisa nerviosa que Paulo ya conocía tan bien, sintió que el resto del mundo se difuminaba un poco, dejando solo espacio para él.

—Estás hermoso —le susurró Henry, apenas llegó a su lado, tan bajito que solo Paulo pudo escucharlo.

—Tú también.

Los votos fueron sencillos, escritos por ambos sin mucho ensayo, llenos de las bromas privadas y las referencias que solo ellos dos entendían del todo, y cuando llegó el momento del beso, Paulo sintió que todo el jardín entero, todos los años de infancia compartida, toda la historia que los había traído hasta ese momento exacto, se condensaba en ese único gesto.

Karla lloró durante toda la ceremonia, sin ningún disimulo, secándose los ojos con un pañuelo que llevaba preparado desde antes. Después, ya durante la recepción, mientras Paulo bailaba torpemente con Henry en el pequeño espacio despejado entre las mesas, la vio hablar en voz baja con Edward, ambos mirando hacia la pareja con una expresión que Paulo, demasiado feliz para prestarle atención real a nada que no fuera Henry, no se detuvo a interpretar.

—¿En qué piensas? —le preguntó Henry, notando que se había quedado callado un momento.

—En nada. En que soy muy feliz. —Paulo le sonrió, apoyando la cabeza en su hombro mientras seguían moviéndose despacio al ritmo de la música—. En que no me imagino ningún otro lugar en el mundo donde preferiría estar ahora mismo que aquí, contigo.

Henry lo apretó un poco más fuerte, sin decir nada, y Paulo cerró los ojos, dejándose llevar por la música y por esa certeza tranquila de que, fuera lo que fuera que el futuro les tuviera preparado, lo iban a enfrentar juntos, exactamente como habían enfrentado todo lo demás desde que tenían memoria.

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