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PUDRETE, APOLO… RENUNCIÓ A TI, AHORA AMARÉ A HADES

PUDRETE, APOLO… RENUNCIÓ A TI, AHORA AMARÉ A HADES

Status: Terminada
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo mágico / Completas
Popularitas:6.3k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Perséfone renació con un único propósito: corregir el error que destruyó su vida anterior. Pero no esperaba que la misma familia que juró protegerla volviera a condenarla.

Una mentira de Afrodita despierta la furia de Apolo, el dios del sol. Ciego de rabia, la golpea hasta dejarla al borde de la muerte, mientras Zeus y Deméter permanecen en silencio.

Cuando Perséfone cree que volverá a morir, alguien detiene el golpe.

Hades.

El temido dios del inframundo desafía a los olímpicos, descubre la mentira y salva a la mujer que todos abandonaron. Herida y desesperada, Perséfone toma una decisión que cambiará su destino: seguirlo voluntariamente al reino de la muerte.

Allí descubrirá que el monstruo que todos temen puede convertirse en su refugio, mientras ella devuelve flores a su oscuridad y vida a su corazón.

Pero Apolo descubrirá demasiado tarde a quién perdió.

Y esta vez, Perséfone no piensa regresar, porque allí encontró el amor que siempre mereció de verdad.

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La boda: solo te necesito a ti

No hubo trompetas, ni desfiles, ni tronos de oro, ni invitados de todos los reinos del universo. No hubo grandes banquetes ni discursos que nadie escucharía. Hades no quería multitudes. No quería que nadie más compartiera el momento que le pertenecía solo a ellos. Para él, la boda no era un espectáculo para los dioses. Era una promesa entre dos almas que habían encontrado el uno al otro cuando todo lo demás se había perdido.

La ceremonia se celebró al atardecer, aunque en el Inframundo no existía el sol. Fue en el jardín subterráneo, el lugar donde ella había hecho florecer la vida en la oscuridad, donde las flores de pétalos blancos y dorados brillaban con luz propia, rodeándolos como si el mundo entero se hubiera detenido para escucharlos. Perséfone llevaba un vestido tejido con hilos de luz de luna y flores silvestres, sencillo, hermoso, sin joyas más que el brillo de sus ojos. Hades no llevaba corona ni armadura: solo una túnica de lino negro, suave y ligera, el cabello suelto, sin nada que lo hiciera parecer un dios, solo un hombre que estaba a punto de prometer su eternidad.

Estaban solos. Solo ellos dos, frente al río que fluía en silencio, bajo la bóveda de piedra cubierta de helechos. No había sacerdotes, ni testigos, ni nadie que les dijera qué decir. Solo sus corazones, que ya sabían las palabras mucho antes de pronunciarlas.

Hades le tomó ambas manos entre las suyas, y sus ojos oscuros estaban llenos de una emoción tan profunda que casi se le quebraba la voz al hablar.

—Podría llamar a todos los dioses. Podría pedirle a Zeus que bendiga esta unión. Podría llenar este reino de fiestas durante siglos —empezó él, despacio, mirándola como si ella fuera la única cosa real en toda la eternidad—. Pero no los necesito a ellos. No necesito tronos, ni títulos, ni el brillo falso del Olimpo. No necesito nada de eso. Porque tú eres mi ceremonia. Tú eres mi bendición. Tú eres mi reino entero. Solo te necesito a ti. Solo a ti, Perséfone.

Ella apretó sus manos, y una lágrima de felicidad rodó por su mejilla, brillando bajo la luz suave del jardín.

—Yo también te elijo a ti —respondió ella con voz clara y firme, sin dudas, sin miedos—. No necesito la luz del sol para ser feliz. No necesito los aplausos de quienes nunca me vieron de verdad. No necesito a nadie más. Tú me viste cuando yo estaba rota. Me cuidaste cuando nadie más se atrevió a acercarse. Me amaste sin condiciones, sin esperar que fuera otra. Y yo te amo, Hades. Con todo lo que soy. Con mi luz y mi sombra. Con mi primavera y mi invierno. Hoy y para siempre.

Él sacó de su bolsillo una pequeña flor de pétalos negros y brillantes, la única de su especie, que había crecido justo a los pies de su trono. No era de oro ni de diamantes: era viva, era real, era frágil y eterna al mismo tiempo. Con infinita delicadeza, la colocó en su cabello, justo sobre su oreja.

—No tengo anillos de oro —dijo él—. El oro se enfría. Las joyas pesan. Pero esta flor… mientras tú vivas, mientras me ames, nunca se marchitará. Será la señal de nuestra promesa. Una promesa que no necesita metales fríos. Solo necesita que nosotros la cuidemos.

Perséfone sonrió, y se acercó hasta que sus frentes se tocaron.

—Es el regalo más hermoso que nadie me ha dado jamás. Porque nace de aquí, de este lugar, de nosotros. Y nunca se marchitará. Porque nuestro amor tampoco lo hará.

Se besaron entonces, despacio, con la calma de quien sabe que tiene toda la eternidad por delante. No fue un beso apresurado ni ansioso. Fue un beso de pertenencia, de certeza, de decir aquí estoy, aquí me quedo, soy tuyo y eres mía. Las flores a su alrededor se abrieron por completo, como celebrando con ellos, y el río pareció cantar más suave, como si todo el reino supiera que en ese momento, el dios de la muerte había encontrado algo más fuerte que él mismo: el amor eterno de una diosa que lo había elegido libremente.

No hubo banquetes ni fiestas. Se quedaron allí, sentados en el pasto suave, abrazados, viendo cómo la luz de las flores cambiaba de tono con el paso de las horas. No necesitaban a nadie más. No necesitaban demostrarle nada a nadie. Lo que tenían era suyo, íntimo, sagrado, y nadie podía tocarlo, nadie podía mancharlo, nadie podía quitárselo.

—¿Te imaginas? —susurró él, acariciando su mano—. Siglos de soledad. Siglos creyendo que mi vida sería siempre oscura y vacía. Y ahora… ahora no puedo imaginar un solo día sin ti.

—Y yo no puedo imaginar un solo día sin tu refugio —respondió ella, recostando la cabeza en su hombro—. Aquí soy libre. Aquí soy amada. Aquí soy yo. Gracias por elegirme.

—Gracias por elegirme a mí —corrigió él, besando su sien—. Eso es lo que me salvó. Que tú me elegiste a mí, entre todos. Y siempre, siempre, te daré las gracias por ello.

Esa noche, cuando regresaron a sus aposentos, no eran solo un dios y una diosa. Eran esposos. Compañeros. Almas gemelas que por fin habían encontrado su camino. Y en la soledad hermosa de su reino, sabían que nada, ni el tiempo, ni la muerte, ni la ira del Olimpo, podría jamás separarlos. Porque su boda no se había celebrado ante altares de piedra, sino ante la verdad de sus corazones. Y esa promesa era la única que jamás necesitarían.

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EspirituCreativo
Gracias lectora
Beatris Avalos
los amó 🥰🥰🥰
Cliente anónimo
Muy linda historia!!! Me encanto…👏👏👏👏
EspirituCreativo: Gracias por tu apoyo 🥰
total 1 replies
Cliente anónimo
Autora repitió el capítulo, aunque la novela está preciosa!!!!!
EspirituCreativo: Horror gracias lo borro
total 1 replies
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