Ámbar Di Marco, una joven curvilínea de belleza clásica, siempre amó en silencio a Alexander Sterling, el magnate naviero que años atrás la humillaba por su timidez y su cuerpo. Tras la muerte de su abuelo, un testamento obliga a ambas familias a unirse mediante un matrimonio de conveniencia y a concebir un heredero en el plazo de un año.
Convencido de que Ámbar lo manipuló para atraparlo, Alexander la recibe con desprecio. Pero la convivencia y la intensa atracción entre ellos comienzan a derribar sus prejuicios. Mientras el orgullo y los secretos amenazan con separarlos, Alexander descubrirá que la mujer que juró rechazar es, en realidad, la única capaz de cambiar su corazón.
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Capítulo 1: La Alianza Silenciosa
El crujido del satén sobre sus muslos era lo único que mantenía a Ámbar anclada a la realidad. Miró su reflejo en el espejo de cuerpo entero del vestidor de la iglesia. El vestido de novia de corte sirena abrazaba sus curvas pronunciadas con una precisión casi pecaminosa; el encaje francés delineaba la plenitud de sus caderas y el busto generoso que siempre la había hecho sentir fuera de lugar en un mundo de mujeres esbeltas y milimétricamente esculpidas. Ella no era una modelo de pasarela. Era una mujer de carne, hueso y curvas suaves, algo que el hombre que la esperaba en el altar se había encargado de recordarle con crueldad años atrás.
Alexander Sterling.
Solo pensar en su nombre hacía que el pulso de Ámbar se acelerara, una mezcla agridulce de pánico e intriga que la perseguía desde los catorce años. Él era el nieto del mejor amigo de su abuelo, un joven deslumbrante, arrogante y de una belleza aristocrática que, a sus veintidós años, ya manejaba los hilos de los astilleros familiares con puño de hierro. Para Alexander, la adolescente Ámbar, con su timidez crónica y sus formas redondeadas en desarrollo, había sido el blanco perfecto de sus comentarios mordaces durante las vacaciones de verano en los viñedos de Mendoza. "Cuidado, pequeña Ámbar, o terminarás rompiendo el columpio", solía decirle con una sonrisa de medio lado que, a pesar de la herida, hacía que el corazón de la niña diera un vuelco.
Porque ese era su secreto más oscuro y vergonzoso: lo amaba. Lo había amado desde el primer momento en que lo vio montar a caballo, con la camisa abierta y el cabello oscuro revuelto por el viento, luciendo como un dios griego desterrado a la tierra. Un amor platónico, infantil y doloroso que se había negado a morir incluso cuando él se marchó a Europa a expandir el imperio familiar, convirtiéndose en el soltero más codiciado del continente y en el centro de las columnas de chismes, casi siempre del brazo de mujeres etéreas como la modelo Cynthia Vance.
—Estás hermosa, mi amor. Tu abuelo estaría tan orgulloso —la voz de su madre rompió el silencio del vestidor. Elena di Marco entró con los ojos empañados, acomodando el largo velo de tul sobre el cabello oscuro de su hija.
—Mamá... ¿esto realmente es necesario? —preguntó Ámbar, y su voz sonó como un leve susurro—. Alexander me odia. Ayer, en la firma de los acuerdos prenupciales, ni siquiera me miró a los ojos. Firmó los papeles como si estuviera sentenciando a muerte a su peor enemigo.
Elena suspiró, acariciando las manos temblorosas de su hija.
—No te odia, Ámbar. Es un hombre de negocios, frío por fuera, igual que lo era su abuelo. El pacto que firmaron los viejos antes de morir no solo une dos fortunas; salva a nuestra empresa de la quiebra tras las malas inversiones de tu tío. Además... está la cláusula del heredero. Sabes lo importantes que son las tradiciones para los Sterling. Un hijo antes de que termine el primer año, o las acciones volverán al fondo fiduciario común.
Un heredero. Un bebé. Ámbar sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Concebir un hijo con el hombre que la despreciaba, entregar su cuerpo a la pasión de alguien que solo la veía como una obligación contractual.
El sonido de la marcha nupcial comenzó a filtrarse a través de las pesadas puertas de madera de la sacristía. Era el momento.
Al abrirse las puertas, la nave central se desplegó ante ella. Ámbar caminó del brazo de su tío, manteniendo la vista fija en el altar, donde la figura de Alexander se erguía imponente. A sus treinta y dos años, el magnate lucía insuperable en su esmoquin hecho a medida. Sus ojos grises, gélidos como el invierno, se clavaron en Ámbar. Cuando sus miradas se cruzaron, Ámbar sintió una sacudida eléctrica: no había burla en él, sino una hostilidad pura y tensa.
La ceremonia fue una bruma de votos formales. Al momento del beso, Alexander le levantó el velo. Sus ojos recorrieron los labios carnosos de Ámbar antes de inclinarse. No fue un beso cariñoso, sino una toma de posesión firme, hambrienta y breve que dejó a Ámbar con los labios ardiendo y el corazón latiendo a mil por hora.
💯 recomendada 😉👌🏼
se derretirá por el pay , pero que le cueste /Slight//Doubt/