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La Luz En La Tormenta Del Príncipe

La Luz En La Tormenta Del Príncipe

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: Juegos en el Castillo

La línea que dividía los dos mundos dentro de la Mansión Blackwood era invisible, pero tan firme como los muros de piedra que sostenían el techo. De un lado estaban las cocinas subterráneas, donde el aire siempre olía a pan recién horneado, manteca derretida y el vapor húmedo de las ollas de cobre que las sirvientas fregaban hasta que podían ver sus propios rostros cansados en ellas. Allí, el suelo era de losas grises y ásperas, y los pasillos eran estrechos, iluminados apenas por lámparas de aceite que dejaban las esquinas sumergidas en sombras eternas. Del otro lado, cruzando una pesada puerta de roble revestida de fieltro verde para ahogar los ruidos del servicio, se abría el universo de los señores. Un espacio de alfombras persas que amortiguaban cualquier pisada, paredes tapizadas con seda damasquina y techos donde los dorados resplandecían con la luz de cientos de velas.

Para Caitlyn, la puerta de fieltro verde no era un límite; era un desafío directo a su curiosidad indomable.

Aquella mañana, aprovechando que su abuela Margaret estaba sumergida en una acalorada discusión con el cocinero principal sobre las provisiones de carne, la niña se deslizó por el pasillo de servicio con la ligereza de un espectro. Llevaba un vestido de algodón rústico de color gris pálido, rígido por el almidón y con el dobladillo visiblemente subido a mano para que no arrastrara por el suelo. Sus botas gastadas apenas hacían ruido mientras empujaba la puerta prohibida.

Al cruzar al ala principal, el contraste la obligó a detenerse un instante. El aire allí era diferente; olía a madera encerada con esmero, a flores frescas cortadas esa misma mañana y a un perfume sutil y costoso que parecía impregnar hasta las cortinas de terciopelo. Caitlyn caminó por el pasillo del ala este, maravillada por la opulencia que la rodeaba. A lo largo de la pared, una galería de retratos de los antepasados de la familia Blackwood la miraba con ojos severos desde sus marcos dorados. Había hombres de mandíbulas cuadradas y uniformes militares cubiertos de medallas, y mujeres de pieles pálidas vestidas con capas de encaje y joyas que centelleaban bajo los tragaluces.

En lugar de asustarse por la solemnidad del lugar, el espíritu juguetón de Caitlyn vio el pasillo como un inmenso tablero de juegos. Comenzó a avanzar saltando únicamente sobre los patrones florales de la larguísima alfombra roja, cuidando con esmero de no pisar el borde dorado.

—Un paso para la princesa... un salto para salvarse del foso del dragón —susurraba para sí misma, con los brazos extendidos a los lados para mantener el equilibrio, balanceándose con una gracia infantil que desafiaba la rigidez del entorno.

Lo que la niña no sabía era que, al final de la galería, tras la puerta entreabierta del gran estudio de la biblioteca, unos ojos azul grisáceo la observaban con una mezcla de sorpresa y profunda distracción.

Alexander se encontraba sentado ante un imponente escritorio de caoba maciza, rodeado de torres de documentos legales, libros de contabilidad y cartas con el sello de cera de la firma de abogados de la familia en la capital. A sus apenas dieciocho años, el peso de sus futuras responsabilidades ya se asentaba con fuerza sobre sus hombros. Su padre, el viejo señor Blackwood, exigía de él una dedicación absoluta al manejo de las tierras, las finanzas y las inversiones mineras de la dinastía. Alexander pasaba horas encerrado entre aquellas cuatro paredes de madera oscura, vestido con sus trajes impecables, sintiendo que la juventud se le escapaba entre números, herencias y firmas obligatorias. La monotonía y el deber eran una jaula de oro que a menudo le resultaba asfixiante.

Sin embargo, el destello gris de un vestido en movimiento a través de la rendija de la puerta había roto su concentración.

Alexander se reclinó en su sillón de cuero y observó a Caitlyn. La pequeña traviesa estaba ahora frente al retrato del primer duque de Blackwood, un hombre de aspecto terrorífico con un gran bigote blanco. Caitlyn, sin una pizca de reverencia, arrugó la nariz respingona, se llevó los dedos a las orejas y le sacó la lengua al óleo con una mueca tan cómica que Alexander tuvo que morderse el labio inferior para no soltar una carcajada que delatara su presencia.

Había una valentía tan pura en los movimientos de esa niña, una libertad tan ajena a las normas de etiqueta y a las expectativas sociales, que Alexander se sintió magnéticamente atraído por su alegría. Mientras él estaba allí dentro, sepultado en obligaciones coloniales y balances financieros, ella transformaba el pasillo más serio del castillo en su propio parque de diversiones. Su sola presencia inyectaba una ráfaga de vida y aire fresco en la atmósfera rancia y predecible de la mansión.

Caitlyn continuó su exploración, acercándose a una repisa baja donde descansaba una colección de delicadas figuras de cristal de Murano. Había cisnes, caballos y pequeñas bailarinas que capturaban la luz de la ventana como si fueran gotas de agua congelada. Con los dedos temblando de emoción, la niña extendió la mano hacia la figura de un cisne con las alas desplegadas.

Desde el estudio, Alexander contuvo el aliento, temiendo el inevitable sonido del cristal rompiéndose contra el suelo. Pero Caitlyn, a pesar de su fama de torbellino, acarició el cuello del cisne con una delicadeza infinita, utilizando apenas la yema de su dedo índice sucia de tiza, como si supiera que la belleza de la pieza era frágil. Había un respeto innato en su curiosidad que conmovió al joven heredero.

Justo cuando Caitlyn se disponía a dar una vuelta sobre sí misma para continuar su camino hacia el ala oeste, el eco de una voz autoritaria resonó desde el extremo opuesto del pasillo. Era el mayordomo principal, cuyos pasos firmes anunciaban una ronda de inspección.

La niña abrió los ojos de par en par, asustada por primera vez. Miró a su alrededor buscando un escondite, pero el pasillo era una línea recta sin muebles lo suficientemente grandes para ocultarla. Desesperada, corrió hacia la puerta más cercana: la del estudio de Alexander.

Empujó la madera con premura y se coló en la habitación, cerrando la puerta tras de sí con suavidad. Al darse la vuelta, esperando encontrar un cuarto vacío, se topó de frente con la mirada divertida de Alexander, quien la observaba desde su escritorio con la barbilla apoyada en su mano y una sonrisa que iluminaba todo su rostro pulcro.

—La fortaleza del dragón parece estar bajo asedio, ¿verdad, pequeña intrusa? —dijo Alexander de forma sumamente suave, rompiendo el silencio.

Caitlyn se pegó contra la madera de la puerta, con las manos apoyadas en la espalda y el pecho agitado por la carrera corta. Sus mejillas se tiñeron de un rosa encendido al verse atrapada por segunda vez por su príncipe azul.

—Señor Alexander... yo... yo no quería molestar —susurró, mirando las colosales estanterías de libros que subían hasta el techo y las alfombras aún más gruesas de la biblioteca—. El hombre de la campana en el bolsillo venía hacia acá y mi abuela dice que si me ven en este lado, nos enviarán de regreso al pueblo en el carromato de las papas.

Alexander se puso de pie con esa elegancia innata que lo caracterizaba. Rodeó el escritorio de caoba, dejando atrás los aburridos papeles de contabilidad que un momento antes le causaban dolor de cabeza. Se acercó a ella despacio, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón oscuro. Su sola cercanía parecía cambiar la temperatura del cuarto, envolviendo a Caitlyn en ese aroma tan suyo a cítricos, papel antiguo y distinción.

—Nadie va a enviarte a ningún lado en un carromato de papas, te lo prometo —dijo él, agachándose ligeramente para quedar a su nivel, permitiendo que sus ojos claros brillaran con una complicidad que hizo que el miedo de la niña se disipara por completo—. De hecho, me has salvado de morir de aburrimiento entre estos documentos. Tu batalla contra los retratos de mis antepasados ha sido la mejor parte de mi día.

Caitlyn lo miró con admiración devota. El contraste entre ellos dos era absoluto: él era la personificación de la perfección, el orden y el destino manifiesto de la nobleza; ella era el desorden, el remiendo y la espontaneidad del pueblo. Y sin embargo, en esa biblioteca silenciosa, la sonrisa del joven príncipe unía ambos mundos con una calidez nítida y eterna.

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Nancy Monterrosa
me encanta una historia distinta de amor y reencuentro
Nancy Monterrosa
es hermoso una historia fuera de la linea de hipocresías de envidia de una mujer con otra
Massiel Aguirre
Excelente Bendiciones
Saysa
Hermosa!!!
Yessica Yanina Carrasco Curay
🥰 muy buena la historia y corta
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