Historia sobre el amor que trasciende las limitaciones , sobre el arte como puente entre dos mundos y sobre la certeza de que a veces las personas más luminosas son aquellas que aprendieron a brillar en la oscuridad.
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El sendero continúa.
Habían pasado tres meses desde la celebración del décimo aniversario en el jardín botánico. El verano se había instalado en la ciudad con su habitual despliegue de calor sofocante y tardes interminables, y la familia de Diego y Alicia se había refugiado en la rutina apacible de quienes han aprendido a saborear la vida sin prisas.
Luna, con diez años recién cumplidos, se había convertido en una niña curiosa y despierta que devoraba libros con la misma voracidad con la que su madre devoraba lienzos. Había heredado la sensibilidad artística de Alicia y el oído musical de Diego, y pasaba las tardes dividida entre el estudio de pintura de su madre y el piano de su padre, sin decidirse por ninguna de las dos disciplinas.
—No hace falta que elijas —le decía Alicia—. Puedes ser las dos cosas.
—Pero en el cole dicen que hay que especializarse.
—En el cole dicen muchas tonterías —intervenía Diego desde el piano—. Tú haz lo que te haga feliz.
Max ya no estaba. El viejo labrador había fallecido dos meses atrás, plácidamente, mientras dormía en su cojín favorito. Tenía casi catorce años, una edad más que respetable para un perro de su raza, y se había ido sin sufrimiento, rodeado del cariño de toda la familia. Pero su ausencia seguía doliendo. Diego, sobre todo, sentía un vacío difícil de explicar. Max había sido sus ojos durante más de una década, su compañero inseparable, su puente con el mundo. Sin él, caminar por la calle se había vuelto un ejercicio de memoria y confianza. Alicia o Elena lo acompañaban siempre, pero no era lo mismo. No era Max.
—Deberías plantearte tener otro perro guía —le dijo Elena una tarde, mientras tomaban café en el jardín—. No es sustituir a Max. Es seguir adelante.
—Lo sé. Pero todavía no estoy preparado.
—Cuando lo estés, el perro adecuado te encontrará. Como te encontró Max.
Diego asintió, aunque no estaba convencido. La idea de otro perro le parecía casi una traición. Max había sido único, irremplazable. Y aunque sabía que su hermana tenía razón, que la vida seguía y que necesitaba recuperar su independencia, el duelo aún estaba demasiado fresco.
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Alicia, mientras tanto, estaba inmersa en un nuevo proyecto. Después del éxito de sus dos primeros libros ilustrados —el segundo, una historia sobre una niña que pintaba los sueños, había ganado un premio nacional—, una editorial importante le había propuesto crear una novela gráfica. No un libro infantil, sino una obra para adultos, con una historia más compleja y un estilo más personal.
—Quieren que cuente una historia de amor —le explicó a Diego una noche, mientras cenaban en la terraza—. Una historia de amor entre dos personas que, a primera vista, no deberían estar juntas.
—¿Como nosotros?
—No exactamente. O sí. No lo sé. —Alicia se quedó pensativa—. No quiero hacer algo autobiográfico. Pero supongo que todo lo que uno crea tiene algo de uno mismo.
—Pues hazlo. Si alguien puede contar una historia de amor que rompa barreras, eres tú.
—¿Tú crees?
—Estoy seguro. Y si necesitas inspiración, puedes entrevistarme. Cobro caro, eso sí. Un beso por pregunta.
—Eso es un abuso.
—Es el precio del mercado.
Se besaron, y el beso supo a vino tinto y a brisa de verano y a diez años de complicidad. Luna, que había salido a la terraza en busca de un vaso de agua, puso los ojos en blanco con esa expresión de fastidio que solo las niñas de diez años saben hacer.
—Qué empalagosos sois.
—Algún día lo entenderás —dijo Alicia.
—Eso espero. Pero mientras tanto, ¿podéis dejaros de besuqueos? Que estoy viendo la tele.
Diego y Alicia se rieron, y Luna volvió al salón arrastrando los pies. La vida seguía. Distinta, sin Max, con nuevos proyectos y viejas rutinas. Pero seguía.
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Una semana después, Alicia recibió una llamada inesperada.
—¿Señora Alicia? —dijo una voz masculina al otro lado del teléfono—. Soy Andrés, el productor de su marido.
—Sí, Andrés, claro que me acuerdo. ¿Qué tal estás?
—Bien, bien. Oye, quería comentarte algo. Llevo tiempo dándole vueltas a una idea, y creo que ha llegado el momento de ponerla en marcha. ¿Tienes un minuto?
—Por supuesto.
—Verás. Hace unos meses, un director de documentales me contactó. Se llama Mateo Herrera, es bastante conocido en el circuito independiente. Quiere hacer un documental sobre Diego. Sobre su vida, su música, su historia de superación. Y también sobre vosotros dos, sobre vuestra relación. Dice que es una historia que merece ser contada en imágenes.
Alicia se quedó callada unos segundos.
—No sé, Andrés. Diego siempre ha sido muy reacio a exponer su vida privada. Ya sabes que no le gusta que lo etiqueten como «el pianista ciego».
—Lo sé. Pero esto no es un reality show. Es un documental serio, artístico. Mateo quiere centrarse en el proceso creativo, en cómo la ceguera influye en su forma de componer, en cómo vosotros dos os complementáis. Nada sensacionalista.
—¿Se lo has propuesto a Diego?
—Todavía no. Quería hablarlo contigo primero. Creo que si tú lo apoyas, él se animará.
Alicia reflexionó. Conocía a Diego, y sabía que su primera reacción sería negativa. Pero también sabía que, en el fondo, le gustaba la idea de que su música llegara a más gente. Y un documental podía ser una plataforma excelente.
—Déjame hablarlo con él —dijo—. Pero no le prometas nada.
—Por supuesto. Tú tantea el terreno. Yo mientras tanto hablo con Mateo para que te pase más detalles del proyecto.
Cuando colgó, Alicia se quedó pensativa. Un documental. Era una oportunidad única, pero también una invasión a su intimidad. ¿Estarían preparados para algo así? ¿Y Luna? ¿Cómo afectaría a la niña tener a un equipo de filmación en casa?
—Ya veremos —se dijo en voz alta, y fue a buscar a Diego para contárselo.