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LA MUJER QUE NUNCA SE ARRODILLÓ

LA MUJER QUE NUNCA SE ARRODILLÓ

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Amor-odio / Romance / Completas
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

Valeria, una mujer fuerte, exitosa e independiente, decide abandonar al hombre que ama cuando este le falta al respeto. Mientras él comprende demasiado tarde su error, ella reconstruye su vida, encuentra un amor basado en la admiración mutua y demuestra que la dignidad siempre debe estar por encima del amor.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: La línea que nunca debió cruzarse

Los días posteriores parecieron devolver la tranquilidad a la relación.

Adrián volvió a ser el hombre atento de siempre.

La llamaba para desearle buenos días.

Le enviaba flores sin motivo.

La esperaba a la salida de la oficina cuando terminaba tarde.

Incluso comenzó a interesarse otra vez por los proyectos de la empresa.

Valeria respiró aliviada.

Quizá había exagerado.

Quizá su madre tenía razón al decir que las mujeres perciben las primeras alarmas, pero también era cierto que toda relación atravesaba momentos difíciles.

Ella decidió darle un voto de confianza.

No porque fuera ingenua.

Sino porque el amor también consiste en creer cuando la otra persona demuestra con hechos que quiere mejorar.

Una tarde de domingo, ambos caminaban por un parque mientras compartían un helado.

—¿Sabes qué es lo que más admiro de ti? —preguntó Adrián.

Valeria sonrió.

—Sorpréndeme.

—Que nunca dependiste de nadie.

Ella soltó una pequeña risa.

—No fue una elección.

Fue una necesidad.

—Aun así...

Pocas personas logran construir una vida por sí solas.

Valeria bajó la mirada unos segundos.

—Nadie construye una vida completamente solo.

Siempre hay alguien que te enseña una lección.

Mi madre me enseñó a ser fuerte.

Mi padre me enseñó, sin querer, lo que nunca debía permitir.

Él tomó su mano.

—Yo jamás quiero convertirme en alguien que te haga daño.

Ella levantó la vista.

—Entonces nunca olvides quién soy.

Porque el amor cambia muchas cosas...

Pero jamás debe cambiar la dignidad de una persona.

Adrián besó su frente.

—Nunca lo olvidaré.

Sin embargo, algunas promesas duran menos que las emociones con las que fueron hechas.

Dos semanas después, la Cámara Nacional de Empresarios organizó una cena de reconocimiento a las empresas más innovadoras del año.

Valeria estaba entre las principales invitadas.

Adrián insistió en acompañarla.

—Quiero estar contigo en un día tan importante.

Ella aceptó encantada.

Llegaron al hotel poco antes de las ocho de la noche.

El salón estaba iluminado por enormes lámparas de cristal.

Empresarios, abogados, periodistas y representantes de distintos sectores conversaban animadamente.

Muchos se acercaban a saludar a Valeria.

Ella respondía con la misma sencillez de siempre.

Nunca presumía de sus logros.

Nunca hacía sentir menos a nadie.

Adrián observaba la escena en silencio.

Una parte de él se sentía orgullosa.

La otra...

Cada vez más pequeña.

Cuando inició la ceremonia, el presentador anunció:

—Este año, el reconocimiento a la Innovación Empresarial es para la licenciada Valeria Herrera.

El salón estalló en aplausos.

Valeria caminó hasta el escenario.

Recibió el trofeo y pronunció un breve discurso.

—Este reconocimiento no pertenece únicamente a mí.

Pertenece a cada persona que creyó en un proyecto cuando apenas era una idea.

A mi equipo.

A mi familia.

Y a quienes me enseñaron que el éxito nunca vale la pena si para conseguirlo debes perder tus principios.

Los aplausos fueron aún más fuertes.

Desde su mesa, Adrián sonreía.

Pero por dentro algo comenzaba a romperse.

¿Por qué todos la admiraban?

¿Por qué siempre era ella?

¿Por qué él sentía que estaba viviendo a la sombra de la mujer que amaba?

No era culpa de Valeria.

Era una batalla que libraba consigo mismo.

Y estaba perdiendo.

Terminada la ceremonia, los invitados compartían una elegante cena.

Las conversaciones fluían entre brindis y felicitaciones.

En una de las mesas, un empresario comentó:

—Licenciada Herrera, debo decir que usted negocia mejor que muchos hombres que conozco.

Valeria respondió con una sonrisa educada.

—No creo que tenga que ver con ser hombre o mujer.

Solo intento prepararme bien antes de cada decisión.

Todos asintieron.

Entonces otro invitado agregó:

—Adrián, tienes mucha suerte. No todos tienen una compañera con esa capacidad.

Él levantó la copa.

Sonrió.

Y dijo unas palabras que cambiaron el rumbo de su historia.

—Bueno... alguien tenía que pensar en esta casa, porque si fuera por Valeria, viviríamos entre contratos y reuniones.

Algunas personas rieron.

Valeria también sonrió por cortesía.

Pero sintió un ligero pinchazo en el pecho.

Entonces Adrián continuó.

—Lo bueno es que, cuando llega a casa, deja de ser la gran empresaria y vuelve a la realidad.

Las risas aumentaron.

Valeria permaneció en silencio.

No porque el comentario fuera especialmente ofensivo.

Sino porque comenzaba a notar un patrón.

Cada vez que alguien reconocía su trabajo...

Él necesitaba disminuirlo.

La conversación siguió.

Uno de los empresarios comentó:

—Aunque debo admitir que sería interesante trabajar bajo las órdenes de la licenciada Herrera.

Adrián respondió inmediatamente.

—No creo que aguantaras su carácter.

En la oficina manda ella...

Y en la casa también intenta mandar.

Esta vez las risas fueron más incómodas.

Algunos invitados comenzaron a cambiar de tema.

Otros bajaron la mirada.

Valeria dejó lentamente la copa sobre la mesa.

No dijo una sola palabra.

Solo observó a Adrián.

Él seguía sonriendo.

Creía que estaba siendo divertido.

No notó que los ojos de Valeria ya no brillaban igual.

Al terminar la cena, ambos caminaron hacia el estacionamiento.

Durante varios minutos ninguno habló.

Fue Adrián quien rompió el silencio.

—¿Qué pasa?

Ella abrió la puerta del automóvil, pero no subió.

Lo miró con tranquilidad.

—¿Te divertiste?

—Claro.

¿Por qué?

—Porque parecías muy interesado en hacer reír a todos.

Él soltó una risa.

—Amor...

Solo eran bromas.

Valeria respiró profundamente.

—¿Te has dado cuenta de que todas tus bromas tienen algo en común?

Él frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Siempre soy yo quien queda en ridículo.

—Estás exagerando.

—¿De verdad?

—Sí.

La gente se rió.

Nadie se molestó.

Ella sostuvo su mirada.

—Yo sí.

Por primera vez, Adrián sintió que aquella conversación era distinta.

Ya no estaba frente a una simple incomodidad.

Estaba frente a un límite.

Y, aun así, decidió defenderse.

—No puedes tomarte todo tan en serio.

Valeria respondió con absoluta calma.

—No me tomo las bromas en serio.

Me tomo en serio el respeto.

Él suspiró con impaciencia.

—Otra vez con eso.

Ella lo observó fijamente.

—Sí.

Otra vez.

Porque para mí nunca será un tema pequeño.

El viaje de regreso transcurrió en completo silencio.

Al llegar al departamento, Valeria dejó las llaves sobre la mesa.

No levantó la voz.

No lloró.

No hizo un escándalo.

Simplemente habló.

—Quiero preguntarte algo.

—Dime.

—¿Qué ganas cuando haces esos comentarios sobre mí delante de otras personas?

Adrián permaneció callado.

—¿Te hacen sentir más importante?

Él respondió con molestia.

—No sé de qué hablas.

—Sí lo sabes.

Porque cuando estamos solos nunca dices esas cosas.

Solo aparecen cuando alguien me felicita.

Solo aparecen cuando soy yo quien recibe reconocimiento.

Él comenzó a caminar de un lado a otro.

—Estás imaginando cosas.

—No.

Estoy observando hechos.

La habitación quedó en silencio.

Valeria continuó.

—No voy a discutir contigo.

Solo quiero decirte algo.

Si alguna vez cruzas la línea del respeto...

No habrá una segunda oportunidad.

Adrián soltó una sonrisa incrédula.

—¿Vas a terminar una relación por un comentario?

Ella negó lentamente.

—No.

La terminaría por la intención que existe detrás de ese comentario.

Porque quien ama no necesita humillar para sentirse grande.

Quien ama celebra los logros de la persona que tiene al lado.

No compite con ella.

No la minimiza.

No intenta apagar su luz.

Adrián guardó silencio.

Por un instante quiso pedir perdón.

Pero el orgullo habló antes que el corazón.

—Estás exagerando.

Valeria no respondió.

Simplemente tomó un vaso de agua y caminó hacia la habitación.

Esa noche durmieron bajo el mismo techo.

Pero por primera vez sintieron que una enorme distancia los separaba.

Y mientras Adrián pensaba que todo estaría olvidado al día siguiente...

Valeria comprendía algo que le dolía aceptar.

Las primeras faltas de respeto nunca son las más graves.

Son las más peligrosas.

Porque son las que ponen a prueba cuánto está dispuesto alguien a tolerar.

Y ella, desde hacía muchos años, había decidido que su dignidad no era negociable.

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Mariana Posternak
hermosa historia, cuenta la realidad que pasa miles de mujeres ,que callan y algunas ni llegan a contar la historia , ♥♥
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