Aethelgard Draconis (El Patriarca): Un vampiro de presencia imponente y fría elegancia, con siglos de existencia a sus espaldas. Su mente es una fortaleza inquebrantable.
Nyxandra Draconis (La Matriarca): De una belleza etérea y calculadora. Es la estratega del clan, capaz de leer las intenciones más ocultas antes de que sean pronunciadas.
Kaelen Draconis: El hermano mayor. Protector, de pocas palabras y con un aire de misterio melancólico que oculta una ferocidad implacable.
Vespera Draconis: La hermana menor. Ágil, perspicaz y con una fascinación peligrosa por el mundo efímero de los humanos.
Onyx Draconis (El Protagonista): El miembro más introspectivo de la familia. Vive con el peso de una eternidad que apenas comienza a comprender hasta que un giro del destino cruza su camino.
orden
- Ecos De Cenizas y Ónix
- El Eclipse Del Tiempo: Crónicas Del Valle Eterno
- El Eclipse Del Tiempo: El Despertar Del Abierto Horizonte
- Eclipse Del Tiempo: El Umbral Del Amanecer
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La Gravedad Del Instante
El pasillo del Instituto Oakhaven parecía haberse ensanchado artificialmente, abriendo un abismo silencioso entre el bullicio de los estudiantes y el punto exacto donde Onyx y Lyra se encontraban inmóviles. Las manecillas del reloj de pared parecían haberse congelado, atrapadas en una fracción de segundo que se dilataba de manera infinita. A pocos metros de distancia, Kaelen y Vespera mantenían una postura de extrema alerta; sus cuerpos, aunque relajados en apariencia, estaban preparados para una intervención inmediata si la tensión acumulada amenazaba con fracturar la frágil fachada de normalidad que tanto esfuerzo les había costado mantener en cada pueblo que habitaban.
Onyx sintió que cada uno de sus instintos milenarios se activaba de forma simultánea. No era el hambre visceral que los mitos atribuían a su especie —una distorsión vulgar de lo que realmente significaba su existencia—, sino una fuerza magnética infinitamente más peligrosa y compleja. Era la certeza absoluta de que el equilibrio de su eternidad dependía de un hilo delgado. Cada respiro de Lyra, el sutil golpeteo rítmico de su corazón contra sus costillas, y la forma en que el aire a su alrededor parecía volverse más denso y cálido, conformaban una sinfonía imposible de ignorar.
—Hola —logró decir Lyra finalmente, con la voz apenas un poco más alta que un susurro, rompiendo la densa quietud del pasillo mientras ajustaba los libros contra su pecho como si fueran un escudo protector contra la abrumadora intensidad de la mirada de Onyx.
El simple sonido de su voz resonó en la mente de Onyx con la fuerza de un impacto físico. Durante décadas, había escuchado innumerables voces humanas, la gran mayoría teñidas de banalidad, miedo o indiferencia pasajera. Sin embargo, el timbre de Lyra poseía una cualidad única, una resonancia que parecía conectar directamente con los rincones más profundos y olvidados de su propia humanidad perdida hacía siglos.
—Hola, Lyra —respondió Onyx con voz pausada y controlada, pronunciando su nombre como si se tratara de un conjuro antiguo y prohibido que acabara de aprender a descifrar.
A su espalda, Kaelen dio un paso imperceptible hacia adelante, y su voz cruzó el espacio mediante un susurro mental que solo Onyx pudo percibir con absoluta claridad en las frecuencias internas de su mente. Estás cruzando una línea que no tiene retorno, hermano. Si la administración del instituto o los observadores locales notan esta anomalía prolongada, pondrás en riesgo la seguridad de toda la familia.
Onyx ignoró la advertencia interna de Kaelen con la misma frialdad con la que había desestimado las directivas de Aethelgard. Su mente había tomado una decisión, un impulso que desafiaba toda la lógica de la supervivencia milenaria. Dando un paso al frente, acortó la distancia que los separaba hasta un punto que rozaba la imprudencia social, haciendo que Lyra contuviera la respiración por completo.
—El ambiente hoy está especialmente pesado —comentó Onyx, buscando desesperadamente una coartada banal para justificar su acercamiento, aunque sus ojos oscuros contradecían la frialdad calculada de sus palabras—. Deberías asegurarte de abrigarte mejor cuando salgas del edificio. El clima en Oakhaven no perdona la negligencia.
Lyra parpadeó, visiblemente desconcertada por el consejo inesperado, pero una ligera sonrisa comenzó a formarse en las comisuras de sus labios, disipando la tensión inicial.
—No suelo ser tan descuidada, es solo que esta mañana todo ha estado... fuera de lo habitual —respondió ella, desviando la mirada hacia el suelo por un instante antes de volver a encontrarse con sus ojos oscuros—. Gracias por lo de ayer con las hojas. No tuve la oportunidad de agradecerte como correspondía.
—No hay nada que agradecer —replicó Onyx, sintiendo cómo el pulso de la muchacha se aceleraba ligeramente ante su proximidad, un indicio físico que lo intoxicaba de una manera que desafiaba cualquier lógica evolutiva—. Solo estuve en el lugar correcto en el momento preciso.
—¿El lugar correcto? —repitió Lyra con una nota de escepticismo divertido en la voz—. La mayoría de la gente suele ignorar mis pequeños desastres cotidianos. Para ser alguien que apenas llegó al pueblo hace unos días, pareces notar demasiadas cosas.
—Digamos que tengo una perspectiva distinta de las cosas —respondió Onyx con una media sonrisa que apenas se dibujó en su rostro, un gesto tan sutil que rozaba la melancolía.
En ese preciso instante, la campana de advertencia previa al cambio de clases sonó con fuerza a través de los altavoces del pasillo, rompiendo el hechizo que los había mantenido aislados del resto del mundo. Los estudiantes comenzaron a moverse con prisa hacia sus respectivas aulas, chocando accidentalmente contra los hombros de ambos y devolviendo la caótica realidad al entorno escolar.
Lyra dio un paso atrás, con un rubor evidente pintando sus mejillas.
—Tengo clase de biología en el ala norte. Debo apresurarme o el profesor me dejará fuera —dijo ella, ajustando nuevamente su carga de libros antes de girar sobre sus talones—. Nos vemos luego, Onyx.
—Nos vemos, Lyra —respondió él en un susurro grave, observando cómo su silueta se perdía con elegancia entre la marea de abrigos y mochilas coloridas que inundaban el pasillo.
Cuando Onyx finalmente se dio la vuelta para unirse a Kaelen y Vespera, sus hermanos lo miraban con una mezcla de reproche y resignación absoluta. Sabían que el destino ya no estaba en sus manos. La máquina del tiempo se había puesto en marcha, y la colisión entre dos mundos irreconciliables era ahora completamente inevitable.
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